El master, ¿fase superior del capitalismo?

Como saben los lectores habituales de esta casa, nos gusta hacer las cosas con mucha calma y en esta ocasión vamos a referirnos –para hablar finalmente de otro tema- a aquel famoso piso de Montxo Espinar (que parece que no pero hace ya casi cinco meses de la broma). Cuando se descubrió el pastel, resulta que Montxo tuvo que salir a dar explicaciones porque, tal es el poder de Podemos que al chaval solo le faltó sacar el ticket de la compra del MediaMarkt del portátil que se compró con la diferencia que obtuvo entre que compró el piso aquel y la venta posterior. Que ahora en 2017 a toro pasado es fácil decirlo, pero hasta hace no mucho la propiedad en España significaba Que Te Hacías Mayor, la vivienda en propiedad era el espacio de reconocimiento adulto. Es la mejor herencia que dejó el Atado y Bien Atado de Paco, no ha sido nunca discutida, al revés, ha sido incentivada por lo progre mediante cosas como esas cooperativas de vivienda (que no son para todo el mundo precisamente) que hicieron fortuna en sitios como la Comunidad de Madrid, donde está precisamente empadronado Montxo Espinar. Bibliografía recomendada

Pero es que Montxo, aparte del portátil “que lo tenía hecho una pena” (sic) en Mediamarkt, y una vez truncado el sueño de la emancipación, tuvo la brillante idea de cursar un máster. En DeC no estamos demasiado interesados tanto en las correcciones o incorrecciones desde un punto de vista “ético”, lo dadivoso que es uno o lo que especula a nivel personal o como dinámica sectorial; pero SÍ lo estamos en saber por qué las personas pagamos dinero por gilipolleces. En Román paladino, cómo es posible que una persona humana gaste dinero que le sobra –o dinero que no tiene, ¡que se piden préstamos para esto!-en un máster. ¡¡¡EN UN PUTO MÁSTER!!

montxo

Izq: Montxo sin master/Dch: Montxo con master

Ya hemos hablado muchas veces de las confusas relaciones entre empleo y formación, así que quizá convendría trazar someramente por qué triunfa el tema este de los másteres. Vayámonos una década atrás más o menos. A punto de petar la burbuja de vivienda y con el Estao todavía funcionando a buen ritmo como expendedor de títulos para poder currar (acompañado por un buen número de universidades privadas para que los ricos sin muchas luces puedan heredar la empresa con un título que dé cierto decoro, sin parecer completamente gilipollas), ZP intentó de maneras muy torpes que ese marcador emancipatorio que es la tenencia -en el régimen que fuese- de un hogar propio perviviera entre las nuevas generaciones (el hipotecamiento a 50 años convivió con ese engendro que fueron las kelifinder). Se construyeron casas y casas y se firmaron hipotecas e hipotecas, aunque hubo también quienes no las obtenían o no les convencía lo de comprar, y hubo que tirar de subvenciones de diverso pelaje al alquiler (Barrio Sésamo: las subvenciones al alquiler, niños, son regalar dinero público al propietario por serlo). Parecía que la cosa iba palante (lo que quiera que signifique palante) pero sin tocar demasiado la estructura de propiedad, o intentando, como mucho, que algunos más entraran a ese juego.

Así que todo ese incremento en el recorrido formativo que tenía la doble función de 1) ocultar el altísimo paro estructural del Estado (sí, también Cuando Éramos Ricos, sobre todo Cuando Éramos Ricos) y 2) dar la sensación de ventana de oportunidad para una nueva clase media –más clase media en lo cultural que en lo económico, remember mileurismo, remember plan PIVE-, actuó como pata identitaria en lo laboral (creador de expectativas, modo de imaginar mundos posibles que son más o menos hacer lo que has visto en casa y si puedes un poquito más y esgrimirlo “como derecho”, cuidado) de la chavalada nacida entre mediados de los 70 y mediados de los 80. Ante la imposibilidad de garantizar la propiedad para todos debido al disparatado precio de la vivienda y ya dejado de la mano de dios el mercado laboral desde finales de los 80; se incentivaron los centros universitarios como ascensor/pacificador social/sitio donde dejar aparcaos a los chavale para que no molesten mucho (una guardería de veinteañeros). Con la burbuja estallada, los entre tres y seis años de duración que solían tener las carreras ya no eran suficientes para contener todo ese paro real estancado en las facultades fumando porros ni la FP podía absorber el empleo destruido a modo de “vehículo para la reinserción laboral”. Ni se podía crear más empleo público barra esponja de absorción de lealtades. Los estudios pueden no darte un trabajo, pero te dan un lugar en el que estar, al menos mentalmente y también tienen una función orientativa (hacia dónde deberías ir). Y bajo estas dos últimas premisas –dilatación ad aeternum de la formación para que no parezcas un parao cualquiera y “¿quién soy yo y qué es lo mío?”- se abre paso la hegemonía masterística.

Pero no se acaban aquí las maravillosas propiedades de los másteres. Fue con ZP que conocimos por primera vez el máster como narración de lo posible… Tan posible que fue gracias a ellos que se nos coló la financiarización por la puerta. ¿Cómo conseguir que gente que solo tiene en el banco la cartilla de ahorros y no parece que vaya a hipotecarse contraiga algún tipo de deuda pa tenerlos bajo control? Vamos con la cantinela de “si no complementas tu formación con no sé qué tu título no vale nada” (recordamos a los lectores que per se ni el título de la uni ni tampoco un curso de bikram yoga no tienen ni tienen por qué tener ninguna utilidad) y hagamos que las administraciones públicas establezcan relaciones dudosas con las entidades bancarias. ¿Y cuál fue el resultado? Lo mejor del modelo USA, y no hablamos precisamente de la Ibilí ni de Silicon Valley, sino de un montón de peña endeudada que no podía pagar los préstamos ni siquiera “en condiciones ventajosas”, vamos, una precuela de la publicidad de Cofidis que dan durante la publicidad de El Programa de Ana Rosa pero en vez de aplicada a la emergencia de “necesito pasta porque me cortan la luz” aplicada a la expectativa de “no quedarte atrás en la vida”. En fin, que los chaveas no “consiguieron” empleo y a ver cómo salimos de este marrón de la deuda. Oh sorpresa, conseguir empleo depende de ti en una porción insignificante. Dependería de ti si pudieras elegir cuáles son los sectores estratégicos del país, y eso ni lo has votado en la vida ni lo vas a votar.

Hace poco leía en algún sitio que el doble mortal adelante del mercado laboral ha consistido precisamente en eso, en ir más allá del “pago en narrativas”, en la interpretación -con por supuesto terribles consecuencias materiales- de que si te gusta tu trabajo, ¿por qué deberían pagarte por ello? Así que, si ya hemos visto que esto de los másteres es un sacacuartos, que te endeudas, que no es que no curres de lo tuyo, sino que no curras de nada, ¿por qué no pincha esta burbuja y se siguen ofertando másteres y másteres?

Mi respuesta a esto pasa por un sendero que transita en paralelo al capitalismo, esto es, que si el capitalismo cuando ya no tiene nada más que devorar se devora a sí mismo, nosotros hacemos algo parecido: el máster es un modo tangencialmente de “inserción laboral” (me descojono) pero centralmente de consumo de uno mismo y de proyección en el futuro.  No es que solo seas prosumidor de videos de YouTube, es que eres prosumidor de tu experiencia vital.  Juegan a la bolita por un lado con un pasado reciente que se considera “lo normal”, por otro con las expectativas del mañana y por último con lo que te cuelan en los titulares de clickbait (“las 100 mejores universidades”, “las diez profesiones más buscadas en 2017” –luego en 2018 saldrá alguna profesión totalmente contraria a la lista de 2017 Y ADEMÁS el redactor que ha titulado así probablemente haya sido despedido ya, así que NO HAGÁIS CASO A LAS LISTAS que solo sirven para colar en medios intereses espurios de algunas empresas como las ETTs) ; a todo lo cual se añade un miedo irredento a quedarse descolgado –de no sé dónde-  y que si un robot me quita el trabajo y no sé qué –alma de cántaro, si tu empresa no invierte en domótica de parvulitos para ahorrar en luz, ¿qué robot se van a comprar?-. Ante este negro panorama, el máster se reproduce de modo mitótico, hasta tal punto (y no hace falta ni que demos nombres)  que tenemos antiguos alumnos de másteres montando másteres. Antes te dabas de hostias con otro grupo (como los punks y los mods) y ya eras “un grupo social”. Ahora hay que hacer talleres, presentar libros, montar un máster y montar un partido si me apuras, rollo marca personal colectiva. Y un podcast. O te inventas (esto lo tenía que meter en el post como sea) un eslogan como “los datos son el petróleo del futuro” para vender un posgrado en Big Data –os juro que esto lo he oído en la radio-. Extractivismo del mejor. Pensamos que si ponemos pasta, panoja, parné (leánse estas tres últimas como lo hace Jorge Javier cuando se dirige a Isabel Pantoja para decirle “usted viene de la cárcel, del trullo, del talego” estamos, a ojos de los demás, ganándonos un reconocimiento, un lugar, un networking en lo posible, en lo que es lo mío. Que te estás comprando a ti mismo, como si hiciera falta.

Otra buena respuesta está en el último párrafo de aquí y que se resume en ese sentido del yo del que habla Esteban Hernández. Como explica el propio artículo, ya hay muchos campos en los que no solo no es que no se exige más formación, es que te piden que ni acabes la formación mínima para poder seguir acogiéndose a convenios y pagar ellos poco. Tú buscas identidad y ellos buscan sacarte pasta como sea: unos caminos que nunca se cruzarían si no fuera porque trabajar es obligatorio.

Están tocando algo muy íntimo -combinado con miedo, se parece un poco a los anuncios de las alarmas de Securitas Direct, en mi opinión- que desde lo puramente material es difícil de analizar y que está en relación con estas “políticas de identidad” (que llevan aparejados unos consumos, evidentemente), que tan en boga están ahora. Se entremezcla con intentar ver cuánta pasta se puede sacar de un acojone difuso.

Así que decretamos que sí, que el master, por muy público y oficial que sea, es la fase superior del capitalismo; el imperialismo mental en el que pagas dinero y tiempo por ser tú y para seguir siendo tú o una versión mejorada de ti en el lugar que crees que te corresponde, el lugar en el que calmar incertidumbres haciendo networking con otros pringaos como tú y como yo. Esa, y no la “formación” –que ya no sé ni lo que significa esta palabra-, amén de todas las “intervenciones intermedias e interpretaciones variadas” a modo de ansiolítico cultural; es su función primordial. Lo que os digo yo poniendo voz de Esperanza Gracia es que la identidad ya la tienes, no hay que pagar dinero a nadie para que os ponga un sello como si fuerais astados de una ganadería en sanfermines. Mi consejo, tras perder entre matrículas y alquileres seismil pavos en un año -al menos no me endeudé-, es el que doy siempre por estos lares: si no sabes lo que hacer, no hagas nada. No les demos más razones para convertir el miedo en nicho de mercado.

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De nombres inventados y fetiches: el empleo como estructura narrativa

Este blog ya ha cumplido cuatro años largos y la sensación de quien esto escribe es que el empleo se está metiendo en los medios (sí, ya se habla de las condiciones en Mercadona y van a hacer un Carne Cruda de accidentes laborales) pero por las razones equivocadas, y con el discurso –como ya comentamos aquí-, o los medios/artes, como último bastión a conquistar. Y ahí –con excepciones como la sentencia de los interinos, de la que no tenemos noticias de su implementación- se frena todo. Ya ha salido en la tele, ya hemos montao un lipdub, pues ya está. Ea.

El otro día pasaba por la calle y había un letrero de un curso de coaching (que se han normalizado totalmente sin que, hasta la fecha, sepamos de nadie que haya reventado un acto excepto los chavales de la Universidad de Valencia que le montaron el taco a un directivo de McDonald’s, o sea, no exactamente a un coach), y hablaba del ‘viaje del héroe’, por lo visto una subtécnica del coaching. Como nos indican aquí, “el héroe acude a la aventura e inicia su viaje. Durante el mismo supera una serie de retos y desafíos en el que aprende valiosas lecciones. Finalmente, regresa al lugar de inicio transformado”. Vamos, que el gancho del viaje del héroe es que puedes darle a tu vida una estructura narrativa, y es de eso de lo que vamos a hablar hoy, de cómo ciertas premisas laborales acaban haciéndose tolerables porque se presentan de un modo narrativo que nos suena muy familiar.

Empecemos por lo más reconocible por el españolito medio: comienza un mes cualquiera y salen los datos del paro. Ahí vivimos nuestra primera estructura narrativa, lo que en un libro saldría como diálogo con rayitas delante de cada nueva frase de un actor implicado. Una serie de réplicas y contrarréplicas entre expertos, sindicalistas, empresarios, periodistas y básicamente todo pichifú que se haya apuntado a esta nueva submodalidad de industria del desempleo. Está la ya conocida predación de la búsqueda de empleo (cuyo actor más reconocible es la ETT y últimamente la empresa auxiliar) en la parte “material” y este teatrillo en la parte llamémosle “discursiva”. Al gobierno le toca decir que son datos “muy positivos”, a los sindicatos que hay “mucha temporalidad” y a José Carlos Díez le toca ir a LaSecstaNotxe con la pizarra de los cojones y de paso a explicarle no sé qué a una señora del público que es de Albacete. Un mes tras otro hasta que todo esto siga dando dinero. Hablamos de una serie de actores que han encontrado acomodo en las industrias del desempleo comentando… el propio desempleo. Y es que el binomio paro/trabajo es un tema clickable/vendible precisamente porque puede disponerse a modo de estructuras narrativas metidas de manera sinuosa en nuestro día a día como la cosa más normal. Tú escuchas el dato del paro en lo de Pepa de la Cadena Ser patrocinado por Randstad mientras te duchas por la mañana y ni te inmutas. Y no, en frío es MUY FUERTE que una ETT patrocine los datos del paro. Que patrocine los datos del paro en la empresa famosa por su ERE de becarios, por cierto.

Y aparte de estas dinámicas predatorias, y de tener que informar sobre empleo como si no pasara nada dentro de sus propias compañías, ¿con qué se han encontrado los medios de comunicación últimamente? Con la dicotomía datos/narración. El recuerdo absolutamente CANSINO que tengo de mi paso por la facultad de comunicación de una prestigiosa universidad del Estado español era la perorata romántica de que el periodista tiene que “buscar historias”, ser profesional pero un poco Salinger pero un poco Jabois y un poco alcohólico e hincharse a follar. En prensa escrita esto se deja para los ejemplares de domingo (las historias con rostro humano) y tenemos, especialmente desde 2008, una variedad amplia de dramas para elegir y ser pertinentemente diseccionados, dando lugar en el caso de la televisión a programas que son un género en sí mismos (más industria del desempleo, of course). Esto fue antes de que en 2011 alguien viera otro nicho industrial: tenemos en la TV una serie de expertos de tipo guerracivilista y necesitamos el rigor de los #datos para el debate sensato. ¿Resultado? Pues cuatrocientos millones de másteres de #datos y no una sustitución del antiguo tertuliano guerracivilista por el de los #datos, sino una coexistencia pacífica entre ambas modalidades a lo “entre bomberos no nos pisemos la manguera”. Había un mero tapón generacional y las industrias del desempleo (a modo de formación, a modo de programas, a modo de procesos) han logrado la entrada de nuevos actores. ¿Cómo ha afectado esto a nuestra vida? Haciendo que ver la tele sea un ejercicio absolutamente cansino. ¿A nuestro trabajo? Pues de ninguna manera, porque el truco es ese: la inflación discursiva sirve para que parezca que todo cambia sin que nada lo haga realmente. Sigue habiendo sentencias contra afectados del amianto, sigue habiendo despidos a camareras de piso que se quejan… Y “el paro” simplemente es un “terreno numérico” que “se comenta”. Y quienes son ungidos como comentaristas tienen, por supuesto, muchas esperanzas laborales puestas en ello. Se empeñan porque saben que hay otros mil esperando en la puerta. Todo esto, por supuesto, por no hablar de la cadena fordista librera, en la que se hacen libros igual que se fabricaban coches en los años 20 y el significante “cultura” que parecía alejado de la producción industrial es ahora, exactamente, una producción industrial masiva igual que tu camiseta Made In Bangladesh. En los sesenta hicieron falta manos para los Altos Hornos, ahora para vender libros. Sobre todo, que no tengan los chavales la sensación de que están en el paro.

Caso práctico: los sísí (os están tangando)

¿Qué medio está aprovechando divinamente el culo de saco discursivo, y combinando como dios un poquito de datos, un poquito de historias y por supuesto, la industria del desempleo de tener su propio master? El Mundo. Gracias a El Mundo conocimos la retribución flexible, conocimos las trabajaciones y hace unos días conocimos los sísí, el reverso tenebroso de los nini (sí, en serio, esto es como en el atraco de José Luis Moreno, que los albanokosovares eran los buenos. Los buenos son los nini, no los sí sí). Puestos de trabajo igual no -aunque al día siguente de que saliera Pokemon Go ya teníamos ofertas de Pokemon instructors,-, pero vocabulario desde 2008 sobre trabajo y sus contornos y lo que se supone que debe hacer un persona si DE BERDÁ quiere trabajar hemos creado un huevo, y sobre cómo ridiculizar a quienes ni estudian ni trabajan (que, por cierto, es la opción racional, igual que lo es quedarte a vivir con tus viejos para no regalar pasta al banco o a un casero avaro), pues también. Nuestro diario predilecto (quizá solo detrás de EL ESPAÑOLAZO), nos acercó esta realidad, aunque este acrónimo de sí sí no es nuevo.

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A ver cuándo tenemos por fin el reportaje con alguien que no dé golpe, que me interesan mucho sus trucos de lifestyle.

Lo de ser un sísí es como lo de de @jack contándote que el 11% de los sirios en USA son business owners (lo que conocemos en España como emprendedor), vamos, básicamente que eres más pobre que las ratas, y por ende más vulnerable a que hagan negocio contigo, no hay mérito aquí aunque en elmundo.es te pongan en la portada. Por un lado, vas a pagar para estudiar -ya conocemos de sobra la inflación formativa a falta de algo mejor que hacer-, por otro, vas a tener una jornada laboral doblemente mala, tanto en horas (porque trabajarás a tiempo parcial) como en el tipo de contrato (99,9% de posibilidades de que no sea indefinido). No es guay, no es nada de lo que enorgullecerse. Se están aprovechando del ambiente antijóvenes reinante -cuándo no es fiesta- y se están aprovechando los mismos que han dejado el país hecho un erial. Nada más. Lo de que los sísí vayan aumentando en número mientras que los nini bajan es como mínimo tan tan tan buena noticia como las cifras récord de turismo (ESPOILER: NO son una buena noticia. Luego no vale llorar porque no puedo pagar el alquiler).

Empiezas diciendo que eres sísí y acabas tuiteando que cómo va Trump a echarme de Estados Unidos A MÍ, que llevo diez años aquí y aquí han nacido mis hijos y yo he trabajao como un cabrón y -mi favorita siempre- pagado religiosamente mis impuestos. Los discursos nini vs. sísí no tienen otra finalidad que establecer divisorias de supuesto mérito entre personas que, descontando el factor familia -índice Gini in crescendo-, van a encontrarse con el mismo tipo de mercado laboral. Recuerdo que hace algunos años la prensa británica hablaba del “sense of entitlement” que los desempleados tenían respecto de sus prestaciones por desempleo. Luego cuando Ken Loach hace una película y encontramos que hay colas delante de los bancos de alimentos y en esas colas hay algún conocido nuestro, las manos a la cabeza. Y cuando la clase media credencializada (porque somos excelentes rellenando formularios) tiene que cobrar el paro, o se le acaba el paro, sale en los medios contándonos que “yo sí quiero trabajar”. Y, como siempre, a las empresas que malemplean a los sísí ni tocarlas. Lo importante es la voluntad del chaval, no lo otro. ¿Conflicto capital trabajo? De qué, si yo sé idiomas. Pues no: un mercado laboral no se configura a base de voluntades victoriosas (los sísí) que, en la pugna por empleos escasos se imponen a las voluntades débiles y jetas (los nini). Hay mucho empeño en que se vea así -porque en que se vea así muchas instancias se juegan mucha pasta- pero nada que ver. Quien decide en última instancia es el empleador y tú poco puedes hacer ante eso, porque si quiere te puede decir que prima x título y luego coger a otra persona por otras razones mucho menos “formativas”, y creo que todos sabemos a lo que me refiero.

De la historia que nos cuentan en El Mundo “Llegó la hora de los sísí” (ESPOILER: esto es como la precariedad, que no es algo pasajero, sino un efecto buscado. ¡Surpráis!, así que la hora ha llegado para quedarse) lo primero que me sorprende es la sonrisa de oreja a oreja de la primera de las chavalas. Y luego que no me salen las cuentas: si trabaja 5,5 horas día x 5 días/semana me salen 27,5 horas semana, que son 110 horas al mes, a 500 euros… No sé, Dayana, te están tangando. Suerte que tenemos el nombre de la empresa para la que trabajas en la noticia, pero claro, es que nunca nadie pregunta por ellas…

La conversión

Pero hablábamos de estructuras narrativas, y claro, nuestra protagonista tiene que recorrer el “camino de la heroína” (femenino de héroe, no la otra, aunque yo si tuviera esta vida me daría a la otra, pero esto ya es algo muy personal) desde el lado del mal, el del ninismo, al lado del bien, el del sisismo. Nos cuenta: “estudiaba, pero hacía lo mínimo para aprobar”. Bien: como dice mi querido Víctor, esto de tratar de nini a alguien que estudia debe de ser alternative facts también. Pero claro, es que si no tratamos la trama partiendo de una base de chunguez extrema, la historia no tiene su puntito catchy. Entonces, como cuando Chicote llega a un restaurante, hace una reforma de la hostia y de repente se soluciona todo, llega un momento revelador, en el que nuestra heroína cambia interiormente (y lo de heroína no lo digo yo de risas, que lo dice el cuerpo del repor) que es cuando su madre le coge el móvil y de repente ella TIENE UNA IDEA.

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Y el segundo caso es casi peor… Belén, que trabaja en el instituto Cervantes por la mañana y luego va por la tarde a hacer un master en investigación (sospecho que el master del propio El Mundo). La misma empresa que te saca los cuartos es la que luego te va a dar unas prácticas de esas de las que querías escapar. Rueda de hámster del desempleo full equipe, vamos. No contenta con no ser (potencial) trabajadora de dicho medio de comunicación tiene que servir para hacer de fuente de los reportajes. Si es que ya ni somos trabajadores, somos materia prima.

Epílogo: la autonomía del relato (y la incapacidad para la acción)

Estableciendo una analogía similar a la que este artículo efectúa con el procés catalán, los relatos sobre empleo –sea sobre los sísí, sea sobre un mayor de 45 años que tras ocho años en paro va y consigue un trabajo porque no sé quién le vio en el programa de Toñi de Canal Sur (sociedad del espectáculo)- funcionan de una manera autónoma, como un fetiche, como una pauta, pero –explica también el artículo-, no son más que un reflejo de un sistema social total: por mucho que lo que veamos sean casos particulares, la prescripción es tan poderosa que marca el camino. El relato tiene una vida propia que atraviesa las nuestras. Estos reportajes no son diagnósticos ni informaciones inocentes, descriptivas… Su función es, más bien,  prescribir esos “caminos del héroe”, en los que no hace falta rascar demasiado para darse cuenta de las condiciones reales, pero que en este caso emergen como una oportunidad, un modo de lograr cierto fortalecimiento interior salvando obstáculos sin preguntarse demasiado quién los pone ahí ni para qué, sin reconocer que dentro del relato hay gente (la que no sale, no sé, el propietario de la academia, por ejemplo), en posiciones de poder.

El relato –que es mercancía de la sociedad del espectáculo- ofrece unas directrices que si se cumplen estrictamente (bases ante notario) ofrecen “un premio” (un “buen” trabajo -¿qué cojones es eso?-) que prácticamente nadie consigue pero, ¿por qué yo no? Se trata de algo poderoso porque podemos ver el mundo derrumbarse a nuestro alrededor pero, por alguna razón que desconozco, pensamos que nuestro caso va a ser diferente. Se hace un giro que te cagas aquí: si el fetiche antes era el dinero (era lo que te daban por trabajar, ¿os acordáis?), ahora es el relato. Nos pagan y nos encaminamos a potenciales trabajos (“el día en el que tenga un buen curro todo esto habrá valido la pena”) gracias a una narrativa (lo explicamos aquí), que funciona dentro de nosotras pero de modo independiente a nosotras: es un fetiche. Una mercancía, el relato, que por supuesto genera plusvalor: un montón de matriculados en el master de investigación de El Mundo todos los años (y en otros muchos másteres). Un montón de audiencia para LaSecstaNoche.

“Es lo que me habían contado”. “Cuando tenga un buen trabajo, habrá valido la pena”. O no, y cuando vuelvas de la hora de la comida dirás, ¿otros treintaypico años de esto? Luego casi es más decepcionante que te sientas de un modo muy distinto del que pensabas que te ibas a sentir. Casi peor que el sueldo. La “estructura narrativa” que además ni la dibujas tú, que “te la habían contado”. No está guay ser su materia prima, su mercancía, sus trabajadores y su relato. No vale todo. No debería

 

 

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26 enlaces por si en Nochevieja piensas empiltrarte a las 00.30 (como mucho)

Amiga, amiga, amiga que pasas de sortear vómitos y de gastarte sesenta lereles en un cotillón. Ante el éxito de crítica y público que ha sido en ediciones anteriores la Lumpenpedia, para que esta noche sea tu noche, si eres de las que como servidora se va a comer las uvas, felicitará el año y dirá hastaluegomaricarmen para estar convenientemente empiltrada a las 00.30, hago aquí una selección de enlaces que me han gustado este 2016.

(1) Siempre que se ha hablado de populismo todo este año he echado mucho de menos una mención al PSOE-A (Susanyahu) y al Eajotapeneuve. ‘La PESOE vs. el pueblo, populismo y hegemonía (cuándo serás mía) en Andalucía’.

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Eajotapeneuve. Señores qué

(2,3) También este año ha terminado con una traca final cochista en la Villa y Corte. En esta casa ya hemos tratado el cochismo a ciento cien. Médico crítico nos habla de cómo se incardina en el debate del yo frente al nosotros. ‘Prevención primaria de tu tubo de escape’.

(4,5,6) Un genero propio dentro de la sección de economía que cada vez me gusta más: start ups que se van a la mierda o que tienen malísima pinta aunque sigan existiendo. Me imagino a gente gritando por los pasillos”¡El algoritmo funciona!” y diciendo “¡Ronda de financiación!” como cuando dicen “La rrrronda informativa” en Carrusel o como cuando tú pides chupitos para todo el bar. Me han gustado mucho los casos de Jobandtalent, la Amazon Española y la gente esta de Gijón.

(7,8,9, 10) Renta básica y fin del trabajocentrismo: El famoso artículo de James Livingston ‘A la mierda el trabajo’ y una contestación que todavía plantea más preguntas. Cive Pérez nos plantea por qué “más y mejor empleo” no son una solución. Problemas de la RB si no se plantea desde la perspectiva del trabajador.

(11, 12) Complemento salarial: el señor Incómodo se hace un artículo para enmarcar en el que sale la figura de “Toni Roldán con una riñonera”. Cualquier trabajo es mejor que ninguno: así hunden tu sueldo las empresas auxiliares (la subcontrata de la subcontrata).

(13, 14) Emprendedores murcianos: El señor del Edificio España (que también le condenaron a un año de cárcel) y un chaval que vendió chaleces sobre plano en Brasil y luego al final no por “circunstancias sobrevenidas por la crisis mundial” . Este repor además tiene una de las que, para mí, es de las frases del año.

Hoy cuesta creer que gente de clase media pueda dar un anticipo para comprarse una casa en Brasil, pero entonces tenía sentido. “Te explicaba que en avión tardabas cinco horas, que iba a ser igual volar desde Alicante que ir en coche a Segovia”.

(15, 16, 17, 18, 19) (Auto)explotación: Cómo nos mata el sueño americano, refeudalización de las condiciones laborales según Harvey, otro artículo en la línea de la lógica perversa del haz lo que amas, con una frase bastante sintética: “Es imposible cumplir el sueño de convertirte en dueño de tu destino, porque para hacerlo debes encajar en lo que buscan las empresas”. Por qué el trabajo creativo explota más y mejor (porque juega con la construcción de nuestra identidad, básicamente). Por qué urge no solo una reivindicación económica sino también de tiempo -sobre todo de tiempo- en el mundo postempleo

(20,21) Apps: JobToday, la tinderización del trabajo -No se podía saber- y una muchacha que se descargó una App para ser feliz y, salta la sorpresa en La Condomina, no fue feliz.

(22, 23, 24, 25, 26) Interrelación formación/empleo: No entiendo cómo pueden seguir existiendo las au pairs, la dicotomía no era temporal-indefinido sino becario-lo demás, elitismo educativo, escuelas concertadas y bilingüismo, los padres que hablan inglés a sus hijos.

Feliz 2017 masimamente empiltrado.

 

 

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880.000 héroes sin capa entre nosotros: un recorrido histórico por el absentismo laboral

Es desconocida para nuestras autoridades médicas, aunque nuestros hacendados y capataces conocen bien su síntoma diagnóstico, el absentismo del trabajo […]. Para observar esta enfermedad, que hasta hoy en día no ha sido clasificada en la larga lista de males a los que está sometido el hombre, se hace necesario un nuevo término que la describa. En la mayoría de los casos, la causa que induce al negro a evadirse del servicio es tanto una enfermedad de la mente como otras especies de alienación mental, y mucho más curable por regla general. Con las ventajas de un consejo médico adecuado, si se sigue estrictamente, este comportamiento problemático de escaparse que presentan muchos negros puede prevenirse por completo, aunque los esclavos se hallen en las fronteras de un estado libre, a un tiro de piedra de los abolicionistas…

Este párrafo corresponde a un maravilloso PÉIPER (Diseases and Peculiarities of the Negro Race) publicado en un JOURNAL DE PRESTIGIO (The New Orleans Medical and Surgical Journal 1851: 691–715) por el psicólogo (cuidado con ellos) estadounidense Samuel A. Cartwright, que en el siglo XIX se sacó de la manga una enfermedad mental llamada drapetomanía, descrita como unas injustificadas ansias de libertad y tendencia a darse a la fuga de ciertos esclavos negros.

Quien lea asiduamente DeC sabe que uno de los dogmas con los que se trabajan en esta casa es que el “mercado de trabajo” ™ ha podido variar en: la deslocalización industrial, lo que le corresponde a cada país producir, la envergadura de ese mercado, los tipos de contratación, la formación requerida, el grado de redistribución de la riqueza (por parte además de quien no la crea, pero que simplemente reparte) que procura, la automatización y cualquier otra cosa que se te ocurra; pero como demuestra el párrafo anterior, las bases “antropológicas” del tema currar no se han modificado demasiado: vas cambiando los envoltorios y suele ser suficiente. Y con los envoltorios también me refiero a las disposiciones legales en las que encajas dichas labores. Veamos otro párrafo del chavea –el párrafo de remedios para curar la drapetomanía-:

Si son tratados con amabilidad, bien alimentados y vestidos, con suficiente leña para mantener ardiendo toda la noche un pequeño fuego -separados por familias, cada familia teniendo su propia casa -no permitiéndoles correr de noche para visitar a sus vecinos, recibir visitas o beber licores embriagantes, sin hacerlos trabajar en exceso ni exponerlos demasiado a la intemperie, ellos son fácilmente controlados-más que otros pueblos en el mundo. Si cualquiera o varios de ellos, en cualquier momento, están inclinados a levantar sus cabezas al mismo nivel que su dueño, o capataz, la humanidad y su propio bien precisan que sean castigados hasta que caigan en el estado de sumisión que les fue destinado ocupar -y a “pelear por tus derechos”, makina (esto es mío)-. Ellos solamente deben ser mantenidos en ese estado, y tratados como niños para prevenir y curarlos de la fuga.

Oh, vaya, las primeras líneas parecen incluso un protoestado del Bienestar, como cuando Franco “hizo la Seguridad Social” ™ y casas en antiguos barrios chabolistas, no porque creyera mucho en los derechos de nadie, sino para comprar paz social y, de paso, animar un poquillo al sector inmobiliario: la misma razón por la que te sacas de la manga unos Juegos Olímpicos, para asear un poco la cosa. Vamos, lo de siempre: tú crees que te dan “derechos” y “dignidad” y ellos simplemente reconvierten las formas de usar el palo y la zanahoria. Porque siguen teniendo el palo y la zanahoria, que es LA MOBIDA. Y lo peor es que nadie tiene demasiada intención de quitárselos.

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Oficina joven, dinámica y con ambiente internacional. ¿Tú que harías? Yo me ausentaría

Pero vayamos un poquito más atrás todavía. Marco Sidonio Falco (un personaje creado por por el profesor de Estudios Clásicos Jerry Toner, como modo de traernos a la actualidad el romano medio) nos enseña en la obra Cómo manejar a tus esclavos (aquí un señor que trabaja en temas de liderazgo diciendo lo útil que es el libro) que también en esta época se manejaba el palo y la zanahoria. Igual que en el XIX estadounidense, igual que ahora. Pueden cambiar la sociedad y el envoltorio, o el lenguaje. Pero un manual actual de RRHH, con un léxico quizá más acaramelado, no dice algo muy distinto de esto:

El palo:

En el campo, los esclavos te dirán que han sembrado más semillas de las que en realidad han utilizado. Te robarán las reservas del granero para suplementar sus raciones; amañarán los libros de cuentas para demostrarte que la cosecha no ha sido tan abundante como te imaginabas y venderán el exceso en el mercado del pueblo. O se tomarán su tiempo para hacer cualquier cosa, irán tan tranquilos que el trabajo que debería llevarse a cabo en un par de horas se prolongará el día entero. Y cuando tú te quejes, te jurarán por todos los dioses que era un trabajo mucho más complicado de lo que te imaginabas y que han hecho todo lo que han podido. Y si no te andas con cuidado, te creerás sus mentiras y, sin que te des ni cuenta, todas las tareas de la granja consumirán el doble de tiempo de lo que debían consumir. Los esclavos funcionan así. Fuerzan constantemente los límites para ver si se pueden salir con la suya.

Y la zanahoria:

Creo que tratar a los esclavos con cierta generosidad de espíritu es beneficioso. Muéstrate siempre educado con ellos si te trabajan bien. Evidentemente, nunca les permitas insolencias ni les concedas rienda suelta para expresar su libre opinión. Pero cuando ocupen puestos de autoridad, trátalos con respeto. Como ya te he mencionado, yo los consulto, solicito su opinión e incluso su consejo en asuntos que puedan conocer mejor que yo. Los esclavos responden bien si se los trata de esta manera y desempeñan su trabajo con mayor entusiasmo. Aplico incluso esta estrategia a aquellos que han recibido el castigo de pasar una temporada atados con cadenas en el calabozo. Los visito y verifico que estén encadenados, pero también les pregunto si consideran que han sido tratados de forma injusta.

Y ahora, al revés, un flashforward para volver a la historia relativamente reciente. En Los obreros contra el trabajo, una obra de Michael Seidman que dirime las diferencias entre la actividad obrera en Francia y España en el período 1936-1939, hace hincapié en cómo abordaban hombres y mujeres el boicot al trabajo en el caso español: mientras se mostraban más reacias a las huelgas por la necesidad de ingresos, lo que hacían las mujeres era boicotear la producción desde el interior empezando por identificarse cero con lo que hacían:

Algunos de sus métodos, como el absentismo y la disminución del rendimiento, eran semejantes a las de sus colegas masculinos. Otros, como el cotilleo y las reivindicaciones de baja biológicamente determinadas, constituían formas propias y particulares de lucha. Las mujeres se identificaban menos con su lugar de trabajo debido al carácter temporal y no cualificado de sus empleos, a unos salarios más bajos y a sus responsabilidades familiares. Su relativo rechazo de la participación organizativa e ideológica (tradicionales varas de medir de la conflictividad), no significa en modo alguno que fuesen menos conscientes que los varones. Si se considera como vara de medir de la conciencia de clase la huida del lugar de trabajo en lugar de la militancia partidista o sindical, entonces la exigua identificación de muchas mujeres con su papel de productoras podría llevarnos a la conclusión de que las mujeres formaron parte de la auténtica vanguardia y representaron la verdadera conciencia de la clase trabajadora.

Pero vengámonos al día de hoy. Como muchos fieles de este observatorio punki del (des)empleo sabréis, el pasado lunes El Mundo estimó, currela arriba, currela abajo con una infografía muy cuidada #datos, que 880.000 héroes de la clase obrera no van a trabajar ni un día al año. Nos da mucha pena que la perspectiva de contestación izquierdista a este tipo de titulares sea siempre la misma: intentar hacer ver que no somos unos putos vagos, que nos echamos el país a la espalda, que “esto lo arreglamos entre todos” (os acordáis), etc. qué más quieren las patronales que que les hagamos ver que tenemos ganas de trabajar. Pues no: el que esté enfermo que se coja la baja, y el que esté harto, que se coja la baja también. En la Fiat de Nanni Ballestrini, cogerse la baja era un agregado de acciones individuales que terminaba en acción colectiva.

Hay una parte muy tierna en la información gráfica de la propia pieza, cuando dice “(Del) 17,49% de los trabajadores que cogen alguna baja por contingencia común a lo largo del año, (el) 5,59% reincide con más procesos anuales, ACAPARANDO el 15,79% de las bajas”. A ver. ACAPARANDO. No es ni la quinta parte del total. Se acapara un 70 o un 80%, un 15,59% COMO MUCHO “supone” o algo así.

Los 880.000 drapetomaníacos del Estado español tienen también su Cartwright, que son precisamente la fuente del pestiño este de El Mundo: LAS MUTUAS. Mientras se infiltran en la 100CIA subvencionando estudios sobre absentismo laboral (que luego sirven para dar titulares de prensa), como bien explican los amigos de CGT Bizkaia en su Guía de Defensa frente a las Mutuas, básicamente asumen una transferencia de rentas por parte del sector público hacia el sector privado (lo que hace que el primero -su sistema de salud- asuma sobrecostes, y no pequeños, derivados de que las segundas determinen que son enfermedades comunes cosas que en realidad son enfermedad laboral. Hasta un 70% de las enfermedades laborales son tipificadas como contingencias comunes). Ya hablamos también en su día de la muerte como signo de recuperación económica (se muere más gente de camino a currar, la economía tira, yujú), o de qué demonios estamos pidiendo cuando decimos que una empresa no se vaya de Euskadi y estamos dispuestos a meter las horas que haga falta para que no lo haga, sabiendo que esa empresa es foco de muertes en el territorio; y no solo de muertes directas de los empleados. Es noticia de esta semana también que solo la mitad de personas que litigan para que se les reconozca la asbestosis como enfermedad laboral sobrevive al fallo.

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Así que dado que el trabajo de las mutuas es más bien decir que gente que está enferma en realidad no lo está, o al menos que no lo está por causa laboral;  no es que tengamos 880.000 héroes sin capa no yendo a currar ni un día al año, es que deberíamos tener muchos más. Y, en todo caso hagamos un par de operaciones más. ¿A cuántos “empleados ausentados” equivaldría lo siguiente?

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Y luego, esto otro, ¿cómo nos lo cobramos? Porque no vamos a quedarnos de brazos cruzados…

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Lo de siempre: no es que sea injusto, es que es irracional. No es solo que los 880.000 héroes sin capa no son unos jetas (o algunos sí, y brindamos por ello); sino que la que fuerza los límites siempre es la empresa, porque su figura legal está exactamente pensada para ello. La narrativa patronal sobre las bajas es exactamente la misma a lo largo de la historia, la que vemos en entes ‘científicos’ como las mutuas pero desplegada por psicólogos o por las clases altas, como en los textos arriba indicados: si ahora hay más absentismo es porque estos cabrones están más confiados en el puesto de trabajo, así que hay que jugar con que no estén muy cómodos, pero tampoco hacer que estén desesperados y se te rebelen. No estás allí para ‘desplegar tus habilidades’: estás allí para que ellos ganen dinero. Te necesitan ellos a ti más que a la inversa.

Pues parece que sí, que la patronal  -y sus entes @cienteficos asociados- entienden muy bien que la nuestra es una relación de tensión, no de colaboración (ni debería serlo) mientras en toda la formación laboral se nos enseña que “les tenemos que gustar”. A mí se me caía el alma cuando se dice que ‘el astillero x es productivo’ y lo dicen los trabajadores, asumiendo un relato patronal porque en 30 años no hemos dibujado nada para salir de ese callejón. Ya sé que el absentismo no es ninguna muestra de organización, pero sí que es un síntoma. Si Marco Sidonio Falco tenía claro que los esclavos forzaban los límites -y hacían bien-, ¿qué impide que los forcemos nosotros sin ningún tipo de apuro? Además, ¿y si el agregado de ausencias, dan igual las razones, nos es útil al fin y al cabo? ¿Qué hacer para que lo sea? No vivimos en una época en la que la presión sindical pase por su mejor momento, así que plantear este tipo de iniciativas se esté o no enfermo (recordemos, lo que dictamine la mutua da lo mismo) es absolutamente loable. Volviendo al tema muertes y enfermedades, antes de que venga el típico gracioso a decirnos que Marijose de RRHH que se va a las 10.30 a tomar un café y no vuelve a las 11.30 -quédate hasta las 12, Marijose- con una bolsa de Zara y que qué jeta, que cómo puede compararse esto con un señor que se cae del andamio si le pasa algo, recordamos que como buen país de sector terciario, van repuntando el número de muertes por infarto -y eso los infartos que se consideran accidente laboral, porque ahí están las mutuas para deslaboralizarlos, claro- para bajar la tradicional “muerte gloriosa, digna, heróica” del gas grisú y el tajo monumental con una máquina. El sol y playa, amigas.

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Y bueno, que el absentismo laboral también sirve para otra cosa muy sencilla: mantenernos con vida. 509 también es el número de asesinados en USA por la Policía en la primera mitad de 2016 (un país con 300 millones de habitantes). Vamos, que es una causa que da para hacer un telemaratón.

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Es que es lo que faltaba: que aparte de que haya que ir a trabajar haya que hacerlo de buena gana o al menos demostrar que así es. El lenguaje de la mutua resultará a nuestros nietos tan extravagante y pernicioso como nos resulta ahora el de Cartwright con respecto a la drapetomanía de los negros. Básicamente porque el mercado laboral ha fracasado y, si no asumimos su lenguaje, estamos condenados a ganar.

Bonus: Post sobre absentismo desde un punto de vista médico (y como subyace la centralidad -vamos, el chantaje- del trabajo para el acceso a prestaciones sanitarias).

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¿Y si Daniel Blake hubiera votado a Donald Trump?

(No leáis si la vais a ver)

No tenemos término medio: nos pasamos décadas sin que salga un carnicero en una película y de repente el mundo del curro pasa a ser importantísmo en las artes -que no en otros lugares, ya lo comentaremos después-. De este torrente de preocupación por qué pasa en el trabajo -más bien qué pasa cuando estás fuera de él- nace la última película de Ken Loach: Yo, Daniel Blake. La cinta en cuestión da cuenta de los mecanismos predatorios de los que tanto nos gusta hablar en esta casa y de la penalización por ser pobre en general, que es particularmente alta en países como Gran Bretaña o Alemania. Esto ya lo sabíamos. Lo que hace Ken Loach en esta película es hacer cierta -en mi opinión siempre- pornografía del tema, tratar de vislumbrar qué pasa si seguimos bajando esa calle de buscar algo que no existe e ir poniendo todas las barreras posibles para que se den vueltas en círculos en un mundo -el del trabajo- en el que mucho de lo que ocurre en los países del norte en estos últimos años lo hace porque su función principal ya no es la de proveer productos o servicios, sino la de actuar como auténtico categorizador y ordenador social mediante la colaboración público-privada. Si no hay límite aparecen, claro, el hambre, la enfermedad o la muerte. No hay más historia. El problema es que si el análisis es solo ese (dónde poner el límite y qué pasa si ese límite se traspasa), nos olvidamos de una pregunta más importante (quiénes tienen la potestad de determinar los caminos a transitar y, con ellos, los límites, y qué es eso que hay que limitar). Alguien de la PAH hacía referencia a esto mismo cuando los medios de comunicación se preocupan -guadianamente, como hacen con todo- por los desahucios. Hasta que llega el lanzamiento hay decenas de escollos en el proceso que casi nadie conoce y que unos pocos determinan. Y lo que el potencial desahuciado tiene que hacer es cumplir con lo que le pidan en cada escollo, sin que prácticamente nadie se pregunte qué pasa en toda la parte intermedia, hasta que llega la parte espectacular -y digo espectacular con toda la intención-: la de los coches de policía rodeando tu casa y los críos llorando. Aquí ocurre un poco lo mismo, vemos intermedios pero lo que nos impactan son los desenlaces. Mal.

Mientras la película trata de criticar que las prestaciones sociales británicas hayan virado del derecho al merecimiento, a la demostración de que se están dando tantas vueltas como la funcionaria tras la mesa te exija –y luego me lo cuentas todo por escrito-; incurre precisamente en otro error orientado a lo “meritocrático” pero en vez de en un apartado instrumental -vamos, hacer todos los papelitos y los cursos y presentarse en el día y en la hora tal en cualquier sitio-, en un apartado moral: Daniel Blake se merece las ayudas porque es una bellísima persona: le recoge los paquetes de Amazon a los vecinos, le hace una estantería a Katie -la otra protagonista, que tiene dos hijos; y con la que forma una especie de microcomunidad de apoyo mutuo- (o sea que sí, que aunque no sea capturado por una empresa, Daniel Blake trabaja, lo que muestra la propia irracionalidad de que sean estas -las empresas- quienes determinan, junto al Estado, quiénes son los ‘trabajadores’), renuncia al alcohol para no agravar sus problemas coronarios, cuidó a su mujer hasta el último día y la quiso mucho, etc. El único momento de “no subalternidad” y de no parecer un santo en vida que muestra Daniel Blake es cuando, tras hacer reparto de currículums –obligado el paseíto por el Jobcentre- en distintas carpinterías, finalmente le llaman de una para trabajar, pero antepone su salud ya que su médico le ha dicho que no puede hacerlo: es el único instante en el que no hace lo que como buenísima persona trabajadora se presupone que debe hacer.

Pero entonces se plantea otro interrogante. Supongamos lo contrario, que Daniel Blake es una persona más bien vaga, que encima que tiene un problema coronario va el tío y un día decide que sí, que se va de pintas con sus amigos. Que no era tan bueno con su mujer. Por ponerle nombres y apellidos a ese “no ser tan buenos”, supongamos que Daniel Blake fuera el Liam Gallagher pre-Oasis cuya vida, como narra el documental Supersonic, consistía en cobrar el paro los viernes y gastárselo en porros. De hecho, como señala David Graeber, los benefits tuvieron un papel crucial en el desarrollo de grupos musicales en los 70 británicos por lo que suponen de dinero por no hacer nada, que cuando tienes eso sale tu mejor versión (y aunque no salga). Jobs no hacía cosas en el garaje o donde fuera después de tirarse ocho horas poniendo cafés. Pero volvamos a “la bondad”. ¿Qué pasaría si Daniel Blake hubiera votado a Trump, si soñara con un retorno industrial a pesar de estar muriendo de silicosis, si fuera de los malos

¿Acaso el problema que retrata la película, y dado que es importantísima la bondad del parado y el hacer todo lo posible para salir de su situación, sería distinto? ¿Es correcto -o es un poco hastiante ya- que manifestemos todo esto en meros términos, como aquí se hace, de humanidad o inhumanidad; en el mismo ámbito -el del trabajo- en el que todo lo que se puede conseguir es que la explotación pase por digna y encima tengamos que aplaudir a un tío porque dice que no se puede pagar a las camareras de hotel dos euros por habitación -que sabemos además que no lo dice por una cuestión humanitaria sino por imagen de la cadena-? ¡Venga ya, hombre! ¿Dejaría de ser el papel de la administración cruel si las personas que tienen que rendir cuentas constantemente ante ellas no fueran suficientemente virtuosas? ¿Deberíamos hablar de las administraciones en meros términos de crueldad? Siempre hemos defendido en DeC que aquí nos preocupa más de todo esto la irracionalidad que la injusticia, porque la injusticia genera escenas plañidera que a los opresores les refuerzan en su poder. Por eso es mucho mejor -siendo plenamente consciente de que siglos de centralidad del trabajo operan de manera que es muy difícil imaginar otras maneras de vivir, hasta el punto de llamar victorias a cosas que son pactos– no pedir trabajo que pedir trabajo digno.

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Así que no, no tenemos termino medio. Si en 2013 todo lo que había que decir sobre la clase trabajadora, bebiendo del archiconocido Chavs, era que se la ridiculizaba culturalmente, con malos ejemplos además (Core de Gandía Shore es hija de un prestigioso médico; la familia de Ylenia Padilla tiene negocios inmobiliarios), ahora en 2016 nos vamos al otro extremo: somos, desde un punto de vista cristiano, inmaculados, y por eso toda esta historia es cruel, personas dignas de lástima. Observar con más aumento en la lupa al que padece que al que inflige. Más preocupante es que este tipo de enunciaciones vengan de directores que se suponen de parte. Se quejaba Arantxa Tirado en la presentación de La clase obrera no va al paraíso de que a los jóvenes les llamaban ni-nis cuando la realidad es que “ni les dejan estudiar, ni les dejan trabajar”. Pues yo reivindico al ni-ni, y que me lo llamen todo lo que quieran. Hay una obsesión enfermiza con la representación cuando en la frase de Tirado la parte central es que una gente “deja o no deja hacer cosas” a otra gente, y sin embargo no existe la discusión sobre no ya lo que nos dejen hacer, sino sobre cómo impedir que sean estos los que determinen qué se puede o no se puede hacer, y perdón por el trabalenguas. NO QUIERO SER IGUAL QUE LOS HIJOS DE MI JEFE. PUNTO.

Por estas mismas razones en la película también hay un solo conato de rebelión controlada, que es cuando Daniel Blake hace una pintada en la fachada de la oficina de empleo pidiendo que se resuelva su expediente antes de morir y mucha gente le jalea y le dice que qué par de huevos tiene, que ya está bien. Y ya está. Un héroe cinco minutillos y lo mismo sales en la tele y todo, enhorabuena. La rabia de un señor bueno que ya no puede más concentrada en un par de minutos y convertida en espectáculo que permite cierto desahogo personal y la creencia de cierta implicación con el tema porque mientras lo ves puedes soltar un ¡qué vergüenza! -porque ahora todo va de eso de personificar, de esta señora que se muere porque le cortaron la luz; de este que se quema a lo bonzo, y uno más uno más uno más uno para que al final no pase nada-, reacción airada del público general, aplausos y cierre. Y uno de estos todos los días con tus cinco minutos de cagarse en sus muertos y a las nueve a fichar. Volviendo a la peli, después del momento de la pintada, va todo rodado: lo detienen, lo sueltan, tiene una especie de vista para resolver su caso pero ni llega a ella: le da un infarto en el baño y al hoyo. Y luego, ya en el colmo de la aberración de seguir siendo suplicantes, la llorosa Katie lee en el funeral el alegato que iba a leer él en el juicio en el que dice que “ha pagado todas sus deudas” (y si no las hubiera pagado, qué) y que quiere ser tratado como “un ciudadano”. Pues no, dejemos de ser ciudadanos, por favor.

Epílogo: las “artes” como refugio (o sustituto)

Al final termino por reflexionar sobre algo que me preocupa desde hace tiempo (y de lo que creo que este blog forma parte también): las palabras, las artes, mi corto, esta obra teatral, este medio de comunicación como refugio ante todo esto, más que como inicio o reversión de nada, o victoria, que parece que da miedo la palabra. Como final de la calle y como culo de saco, yo he hecho mi obra y ya he hecho mi parte y te emerjo aquí todita esta mierda oculta. La precariedad la condena IU en un “festival”, como síntoma de incapacidad. Se suele pensar que las cosas se nombran y una vez nos hacemos una composición de lugar, aflora la acción y la posibilidad de ganar, de revertir situaciones. He dejado hace tiempo de pensar que esto es así. Otro libro más, otra peli más, otro documental más, otro NUEVO MEDIO más que añade casos n=1 como gotas -a veces aportando cierto contexto, sí-, como si se tratara de añadir un número significativo de testimonios para determinar que sí, que menuda puta mierda es todo lo del trabajo, que mira el Salvados de Mercadona, madremíaMariCarmen. Han encontrado el talón de Aquiles de la disidencia, y es que la disidencia piensa que con aflorar situaciones aberrantes está todo medio hecho, como si no supiéramos que ellos saben que sabemos que tanto los casos extremos como los intermedios están lo suficientemente engranados en la cadena como para que sea imposible que un mero retrato rompa esa cadena, ni siquiera una añadidura de un montón de retratos. Un retrato fidedigno, moderado o extremo, da igual. Está claro que el incremento de la representación de los oprimidos no ha hecho mella en la capacidad ni en el poder de los opresores, sino que lo han encajado divinamente. Juan Roig prefirió ponerse una vez rojo que ciento verde porque todo está lo suficientemente engrasado para que parezca que pasa algo importante pero en realidad no pase nada.

 

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