22 enlaces por si te vas a empiltrar a las 00.30 horas en Nochevieja (y un hasta luego)

Siguendo la tradición de años anteriores (I y II), y con vocación de servicio público y gratuito para todos aquellos que os negáis a pasar la primera noche de 2020 sorteando potas y/o aguantando a vuestros familiares, dejo los habituales enlaces de cosas que he leído por ahí en la última parte del año y que me han gustado.

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Pongo una mierdifoto de la bahía de La Concha, que siempre gusta, el día de navidad, para que no parezca que hay tanto texto.

Como no voy a hacer una gira de despedida de tres años como Berri Txarrak, vengo a decir mi escueto hasta luego a este ya casi obsoleto canal de comunicación para 2020, que tiene siete años largos, con sus momentos de apogeo y de declive y también merece descansar un poco. En el año que entra no habrá publicaciones nuevas y, si no he fallecido, DeC regresará ya en 2021. Seguiremos, eso sí, con @enchandal_ activo (pero no mucho) y con nuestra muy breve colaboración mensual en El Salto (suscribirce!).

Y bueno, que yo tengo mi curro de 40 horas semanales con su ordenador de serie y lo que me apetece cuando llego a casa es prácticamente tirar el portátil por la ventana, la verdad. Antes de convertir esa posibilidad en un privilegio -al fin y al cabo no ganamos dinero de aquí, y viendo las idas de olla de algunos personajes que pululan por las redes facturando a 40 euros el artículo y echando extras en Twitter a 0 euros para “mover”, casi habríamos de felicitarnos por ello-, prefiero tomar la decisión de un año sabático de DeC de manera consciente. Lo que veo en los entornos digitales es que no se sabe parar o que, simplemente, no se tienen ganas de hacerlo -sea por precariedad, sea por pura adicción a la marca personal; hay unas zonas muy grises entre ambas- y esto en las iniciativas, o en las personas, que tienen alguna clase de posicionamiento político lo veo como un problema. ¿El resultado? Debates políticos cada vez más absurdos y sobre todo mitóticos: debate para generar debate, debate -y ya es mucho llamarle “debate”- generador de excrecencia pura que carece de toda utilidad más allá de reproducirse a sí mismo y de ver qué ha dicho este y qué ha hecho el otro. Que tengamos nuevas Terelus pseudopolíticas de a 100 pavos la tertulia menos IRPF (algo que, curiosamente, cada vez intenta más gente, a pesar de lo mal pagado que está) no solo no politiza nada, sino que interrumpe la posibilidad de ir más allá de la propia generación de contenidos. Vídeos de 15 segundos con zasca y no sé qué pollas más. Los colectivos feministas y otros relacionados con el cambio climático ya empiezan a hacer ver esta dicotomía entre hablar/actuar y la comentan en sus intervenciones (aquí también habría que ver a qué llamamos “actuar” en cada caso, y quiénes son “los que actúan”. Yo creo que nosotros no actuamos mucho, ocupamos mucho sitio, pero eso no es actuar). Es muy posible que la comunicación, al margen de no ser una solución, se esté convirtiendo en un problema. Y bien gordo. Me gustó cómo lo aborda Gorka Bereziartua en esta intervención de radio (EUS) que plantea que imagines que te quitan Facebook y Twitter y dejes de ser activista.

Habrá que ir a otros sitios, y si no se sabe a dónde, mejor siempre no hacer nada (que no tiene por qué ser complicidad con EL MAL, por cierto).

El pasado viernes 13 presenté en Santander mi librín Al menos tienes trabajo (podéis comprarlo como regalo de Reyes online aquí y físicamente aquí si queréis que vuestro cuñado tenga pesadillas) y a lo largo de toda la exposición dejé claro que me preocupaba bastante cómo algunas cuestiones que versan sobre la imposición o la maquinaria del poder se tratan como meramente divulgativas, como si fueran confrontables con algún tipo de espectáculo, material o programa político para las instituciones. Vengo con un plan y, ¿cómo no les voy a convencer, si lo que digo es absolutamente lógico? Se convocan presentaciones -también las mías, claro-, se hacen actos, eventos, se genera contenido alojado en sitios pertenecientes a multinacionales (como dice una estimada cuenta candado de la red social del pajarito, es relativamente fácil -si vives en ciudad- ser anticochista, pero la suscripción a Netflix –y su consumo casi bulímico- no plantea conflicto) pero no hay ningún tipo de estrategia detrás -en la parte de los tejidos organizativos no me voy a meter- más allá de algo que podríamos englobar dentro del maldito término de la “visibilización”. Cabe recordar que la economía financiera no se visibiliza, simplemente se imponelos currelas sabíamos intervenir en la economía productiva, en la financiera no; ya podían dar un poco de formación para este tema y no hacer cursos like fucking churros sin ton ni son porque tengo que facturar-. Y la respuesta de serie que hemos adoptado de forma muy entusiasta es la de que una serie de acciones que toman forma más o menos artística o discursiva ya van bien y ya estamos haciendo política así. Hablaba hasta de una cierta “nostalgia de la clandestinidad”, o por lo menos, de que si vas a hacerte visible, sea después de haber dado un golpe como dios manda. Los del ISIS te hacían esos vídeos de superproducción hollywoodiense cuando ya se habían cargado a alguno, no se dedicaban a divulgar ni su día a día, ni su labor ni dónde guardaban los arsenales ni nada de esto. El Zutabe de ETA no se colgaba en Issuu (no sé si son los mejores ejemplos, son los que se me ocurren).  Traído esto a nuestro marco “no estamos en guerra”, me flipa, por poner un ejemplo tonto, que se publiciten en canales abiertos las técnicas que se utilizan en los talleres de autodefensa feminista (en los que expresamente se indica que lo que allí se dice o hace, allí se ha de quedar). Es la fantasía del proselitismo comunicativo sin tejido social.

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Objetivo 2020: desmitificar ya por completo la puta pyme de los cojones, sobre todo si sus jefes son “ideológicamente afines” (o sea, más negreros que nadie).

Y desde aquí hemos pasado a una cierta retroalimentación con “los de enfrente” por la famosa irrupción de las tres letras gracias a la impagable colaboración de los medios tradicionales, pero también a la contribución (por muy involuntaria que se pretenda) de algunos de sus detractores, que están queriendo hacerse un nombre a costa de cierta idea de “antifascismo comunicativo”. Desde sus humildes cuatro seguidores y medio, DeC no va a contribuir a esto -versión heroica- y además, y dado el tiempo que me ha tocado vivir en el que todo (desde los orgasmos hasta las reacciones airadas a la última gilipollez que haya dicho la presidenta Ojosdelóker) tiene que ser para ya mismo, tengo la suerte de ser un poco vaga y de saber cuándo es apropiado serlo -versión menos heroica pero mucho más ajustada a la realidad-.

Creo que es hora de parar y pensar en el rumbo de todo esto. Vale que nos han tocado unos años muy malos en los que no se va a ganar demasiado y casi todo va a ser aguantar y gracias, a no ser que entremos en una guerra a gran escala o haya un desastre financiero tocho que incluso toque a la parte de arriba, y súmale aguantar lo que te echen de los delirios geopolíticos yankis, chinos y rusos. Todo ello aderezado con que el intento de confrontar el odio puro que sufren muchos es la “divulgación”, en el peor de los casos el factchecking (aprovecho para saludar al chaval al que Ana Pastor mandó un lunes a las 10 de la noche a comprobar si existía Gales) o reseñar lo malos que son los malos (poniendo las etiquetas de malos oficiales en unas siglas concretas sin ver cuántas de sus características forman parte de los valores de la puritita democracia liberal -saludo también a mi casero, ya que estamos-). Al final aquí lo raro es que esta gente no haya aterrizado antes –aunque estaban muy aterrizados en la casa común de la gaviota, por eso de la democracia liberal que comentábamos-.

Ante el inminente riesgo de que cada uno de nosotros se esté convirtiendo en una micropyme pensando que en realidad es parte de una enorme empresa política, tocaría ir desinvirtiendo, tocaría estar en las empresas tratándolas como lo que son: un problema, y plantearnos si lo que queremos es hacer cosas nosotros o impedir que sean los otros quienes las hagan. Si estamos en un tiempo de construir mayorías o (viendo a algunos familiares, vecinos y compañeros de trabajo que tenemos) a lo mejor no tanto. Decidir si convencer o combatir. Dilucidar si lo que estaba bien en los entornos comunicativos de los años 90 sigue valiendo en los entornos sobresaturados (y digo muy conscientemente sobresaturados, y no simplemente saturados) de los (ya) años 20, que se tiene muy claro que el papel se muere y el online lo peta, pero ay, que resulta que igual nuestro trabajo se pierde en un río de mierda también pero no queremos verlo. Las cosas están pasando fuera, me va dando la impresión de que hay demasiadas personas convirtiendo -como también ocurre con el trabajo– el online en un fin más que en el medio que es (y yo desde luego quiero evitarlo) y lo que en mi humilde opinión se necesita ahora mismo es bastante, pero bastante, menos visibilidad para dar golpes un poco más certeros y no considerar cada difusión masiva de no sé qué mierda que se me acaba de ocurrir como una victoria, porque no ha mejorado las vidas de casi nadie.

Feliz 2020.

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Veranito de narratología del trabajo (y del consumo)

Cuando presenté allá por julio Al menos tienes trabajo en Madrid junto a Jorge Moruno (gracias), expuse, entre otras historias, cómo los fallecidos en los puestos de trabajo estaban convirtiéndose en una suerte de muertos banales, con los que, como con las víctimas de la violencia machista o con los datos del paro, se seguía una dinámica muy concreta. Condolencias (o expresiones de preocupación ante la magnitud del problema), algún tipo de concentración institucional delante de un ayuntamiento o de una fábrica, réplicas y contrarréplicas en medios de comunicación sobre “la culpa”… Parece que lo que importa es que esa estructura de ‘diálogo público’ dentro de una ‘democracia liberal’ -no sé cómo llamar a este teatrillo autorizado- se mantenga. Sobre todo, que se respeten las formas, porque ese respeto a las formas gana tiempo para no tocar lo espinoso, para lo que si puede evitarse trata de no hacerse, que es llegar al fondo de los asuntos. Porque tocar esos fondos, maniobrar para que cesen muchas muertes -en el ámbito laboral y en otros- supone pasar con la rozadora por ámbitos de privilegio muy consolidados.

Muchos exigen que estos muertos, que estos problemas, se solucionen (ni una menos, ni un currela más muerto en el tajo), porque son desagradables de ver, de conocer, pero eso sí, que todo el resto del pack en el que vivimos quede intacto. Pero habrá ni una menos si el nivel retributivo de hombres y mujeres no se equipara ni si ellas siguen dedicando varias horas más a la semana a las tareas domésticas que ellos ni si tienen miedo de ir solas por la calle de noche. Y seguirá habiendo muertos en el trabajo si la ganancia basada en usar la mano de obra de terceros casi de modo discrecional y con amparo de las administraciones continúa existiendo (y a esto le llamamos inserción social, es que manda cojones). Por no hablar del retorcimiento de complementos agentes hasta el ridículo para asignar méritos y deméritos. Los empresarios crean empleo, pero agosto lo destruye, incluso se ceba. Menudo hijo de puta agosto, eh, que quita trabajos, que pone fin a contratos temporales que deberían ser fijos -cosa que todos saben y llevan décadas no consintiendo, sino facilitando-. Entretanto, la cabezonería de tratar como mera falta de información (en cuanto bombardeemos a alguien con la cantidad de contratos temporales que hay, magia, se movilizará contra ello) cuando toda la pedagogía del universo sobre ese problema x del que eres víctima (mira cuántos hay como tú), no soluciona la asimetría de poder. No solo no lo tienes sino que, en el mercado de trabajo, tu función ha de ser, si no quieres movidas, la de seguir facilitando la acumulación de más y más poder para tu empleador.

Un buen ejemplo de esto último es el “plan contra la precariedad” (sí, suena supermanesco) de Pedro Sánchez. Vamos, lo que conocemos como el registro de jornada, o “lo de fichar” para contabilizar las horas extras. Bueno, pues adivinad: se ha implantado tan bien que ahora se hacen más horas extras (pido al lector por favor que recuerde el escenario apocalíptico que pintó la CEOE en el momento de su implantación, para rematarlo después diciendo que se estaban enterando los empresarios de que los curritos LES DEBÍAN HORAS-). Pero vamos, es lo que pasa cuando tratas de arreglar con un dispositivo técnico un conflicto político -por muy numéricas, contantes y sonantes que sean las horas-: hay tantos puntos de fuga en esa asimetría de poder y es tan de mentira el papel conciliador del gobierno, que lo alarmante aquí no es que esto haya acabado pasando, sino que lo realmente extraño habría sido que no hubiera pasado. El empresario tiene mil maneras de chantajear y amenazar para que las hagas, y una máquina no puede solucionar eso, entonces tienes que hacer un doble trabajo para demostrar que sí, que pasa. Si no mueves todo lo demás, son desenlaces esperables, no podemos poner cara de sorprendidos. Los empresarios crean empleo, otra cosa es que lo paguen. Y el gobierno no está por la labor de molestar. Parece que fueran a ir con bazookas a sus casas, por eso con quien se suele cebar la policía es con quienes nunca irían con bazookas a casa de nadie (nótese el agravio comparativo entre el caso Altsasu y el desalojo de la rave de Ibiza, con la benemérita hablándoles con una educación que ya la quisiera un recepcionista de hotel cinco estrellas pero más de una decena pikolos heridos hasta por barra de hierro -al turismo hay que cuidarlo, que deja divisas; al empresario hay que cuidarlo, que crea

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Trabajar gratis siempre encuentra formas innovadoras de llevarse a cabo.

empleo-). Luego viene el intento de arreglar las cosas con ñapas aún más cutres: a la Inspección de Trabajo, en vez de mandar a los inspectores sin avisar, como llevamos pidiendo tanto tiempo (es como si te dejan hacer un examen con libro), o en vez de contratar más inspectores, o en vez de dar órdenes para que efectivamente estas personas puedan hacer su trabajo en vez de parecer el cobrador del frac, no se les ha ocurrido otra cosa que mandar cartas en plan: bueno, señor empresario, mire, que me parece que se le ha olvidado a usté poner lo de fichar para los trabajadores… Nada, era solo para recordárselo, atentamente, un saludo, no se vaya usté a enfadar que solo se lo decimos por si se le había olvidado. Y el gobierno lo llama plan de choque, dirá que tiene “sospechas”, como para que parezca muy serio -puro PSOE esto-. Hay que ser muy crédulo o tenerles mucho miedo para pensar que si no hay sanciones, unas personas que viven del curro ajeno van a acceder a esto (¡a lo mejor ahora sí, que saben que pueden sacarles un 19% más de media!). Pero, como decíamos arriba, se trata de que se cumpla la narración, la secuencia, de que parezca que se hace algo pero sin amenazar los pilares básicos porque esos pilares básicos, rebotados, dan pavor.


Bromeaba hace unos días afirmando que si en DeC hubiéramos hecho una especie de trabajo fin de máster poniendo en práctica la empresa que tenemos en la cabeza nos saldría un Magrudis. Y ya no tanto por las anécdotas jocosas como tener al

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Baia por dios

niño de testaferro y que el niño fue míster Erasmus y que dice que es libertarian y que mira cotizaciones desde chequetito; como por las dinámicas, la necedad, el hecho de que esa necedad que antes solo se mostraba ante las personas de confianza sea ahora absolutamente pública. ¿Por qué es pública? Porque lejos de la sanción social, que no la hay, las declaraciones, que no se hacen para provocar, sino que esta gente es genuinamente así, no es que no tengan ninguna consecuencia, es que son signo de prestigio. Y te va a contestar con lo lógico, ¿qué me vas a hacer? ¿Qué me va a pasar? Si llevamos tres muertos y no sé cuántos abortos y no me ha pasado nada qué coño me va a pasar. Pues nada. Entonces, ¿por qué iba a cambiar mi forma de decir las cosas?

Y aquí entra en juego otra vez un juego narratológico similar al que comentábamos

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El niño mister erasmus.

arriba, pero con una diferencia: si en lo que decíamos antes importaba que se cumpliera la secuencia, aquí la clave pasa a ser la reacción del espectador. Y en el tema que nos ocupa, casi son peores las declaraciones del Ejecutivo (que parece que la empresa fuera suya), que de la propia empresa (que hace declaraciones tan malas como nos podríamos esperar). Es lo que viene a ocurrir con Vox: lo que genera ese pretendido shock no es la brocha gorda de lo que se dice (sentencias tan viralizables mientras nos llevamos las manos de la cabeza y decimos qué horror, y volvemos a viralizar la siguiente, y la siguiente, y la siguiente). Conozco de primera mano, y seguro que tú también, gente que te dice que le da miedo Vox y luego en conversación informal es tan misógina y racista

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Ha dormido tan tranquilo en su casa, sí. Increíble.

como ellos. Para estas personas lo grave no es el mensaje -que comparten-, sino que ese mensaje sea demasiado público. Lo grave no es que el consejero de Salud andaluz les diga a unos padres que cuando tengan un nuevo embarazo, tras haber abortado por listeria, ya se harán una foto todos juntos con el recién nacido -porque cuñadeces de este palo las hemos tolerado todos en cenas de navidad por la armonía familiar-: el problema es que lo diga en pleno Espejo Público, con todo lo que eso nos lleva a pensar sobre el arrastramiento de los asesores de este tipo y sobre su idea cortijil de la entente empresa-gobierno, en la que nada de lo que hagas tiene consecuencias de ningún tipo (el propietario de Magrudis, que yo sepa, a estas horas estará ya preparándose para comer tranquilamente en su casa).

Habría que empezar a pensar en las Magrudis de la vida como la norma, no como la excepción. Los que no matan currelas matan al consumidor. Y no, no voy a hacer la postilla de los “empresarios honrados” y las “manzanas podridas”, lo siento. Ya hemos puesto la otra mejilla muchas veces.

He perdido la cuenta de las ocasiones en que he escrito esto pero hasta que no se considere a las empresas y a los empresarios como un problema aquí vamos a estar viviendo de relato y se va a morir gente igual, comiendo o haciendo comida. Los muertos de la carne mechá no eran nadie, igual que los muertos de los desahucios no eran nadie hasta que una exconcejala del PSOE se tiró por la ventana (y meses después, dejados los diez minutillos de alarma social, siguieron siendo nadie). Esos que se llaman provida no fueron a casa del de Magrudis con antorchas para denunciar los asesinatos de fetos de 32 semanas, pero claro, quién quiere molestar a un creador de empleo y riqueza…

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Por qué tu medio de comunicación se está convirtiendo en una empresa de eventos

Hace unas semanas sorprendió a propios y a extraños este viaje a Roma que publicitaba El Mundo como si se en vez de un periódico se tratara de una agencia de viajes. Lo hacía con una página a tamaño completo, pero la cosa no se queda aquí: salseando en la web del periódico vi que este eventillo no era una cosa puntual, sino que, en efecto, hay toda una sección en la web que se llama La Vuelta a El Mundo, y que hay muuuchos viajes más para elegir. Vamos, que sí, que El Mundo, bajo la apariencia de periódico, SÍ se ha convertido en una agencia de viajes. Ahora el quid de la cuestión es saber en qué se han convertido o se van a convertir sus periodistas (y no solo los de El Mundo, ojo). Puede que a dicho viaje se le quiera dar mucha bola como para meter una pedazo plancha de publi, pero la explicación suele ser más mundana: cuando metes publi propia, y a semejante tamaño, es porque no te la han metido los demás.

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Si yo me fuera de viaje con el de la derecha, también pondría la cara del de la izquierda.

La verdad es que el producto este de los viajes está muy bien acabado: une las filias de la línea editorial del periódico (la colonización española, caso de Landaluce, con la que también puedes hacer un viaje de DOCE días), con la deriva de clase de los propios periodistas (no puedes haberte ido a “dar clases a niños” a Latinoamérica, como comenta la interfecta, sin un colchón económico bastante holgado, cualquier currito tiene que ahorrar durante un tiempo majo solo para poder comprarse un pasaje de avión). Vamos, una fusión entre las dos formas de neocolonialismo más “dignificadas”: la cooperación internacional y, ahora, el sector pujante llamado turismo. Una reproducción posmoderna de lo ocurrido hace cinco siglos, pero en el campo del ocio.

La prensa anda mal de dinero (para sueldos, los directivos viven bien)

Y más o menos en esa premisa se sustenta esta transición mierder de los medios a empresa de eventos. Andan endeudados (pero los directivos y los periodistas estrellas -ojo, un redactor que se ha hecho tuitstar NO es un periodista estrella, es un enterao que se ha alargado la jornada laboral sin aumentar el salario- no se han rebajado ningún sueldo), y ven que 1) sus lectores tradicionales de clase media y mediana edad ya pasan de gastarse dinero en información existiendo internet 2) lo de la cartilla y siete millones de cupones para conseguir el albornoz del Real Madrid ha dejado de funcionar en la era Amazon y 3) pueden tirar de los esfuerzos de la plantilla de una manera “distinta”, llamémosle “creativa”: con el arma de doble filo de la, ¡ay! (la verdad es que le íbamos a dedicar un “Brasas del siglo XXI” a este apartado)… MARCA PERSONAL.

¿Y en qué no quiere recortar presupuesto la Españaza wannabe? Pues en ocio y esparcimiento, particularmente en viajes. La sensación que da es que irte cuatro días de turismo cultural con Jorge Bustos no es como ese turismo de borrachera inglés en Benidorm, esos balconings y esas cosas no hispanas. Irse de “turismo cultural” está bien, es respetuoso, no es dañino. Los medios no están haciendo nada que no vaya en la línea que marcan las instituciones con el “turismo digno, sostenible”: llenarnos los sitios de congresistas y académicos que se creen que una señora que gana dos euros por hacerles la habitación cobra más por limpiarles el váter a ellos y que piensan que ellos borrachos y puestos en algún congreso de mierda no son como los ingleses en Dénia (no lo son, son casi peores). Pero vamos, que les pregunten a los venecianos si el “turismo cultural” no es dañino. Ahí, en ese afán de ostentación tan cutrorro es donde entran nuestras propuestas viajeras y congresuales. La SER lleva ya no sé cuántas ediciones de los Congresos del Bienestar, que comparten esta misma estructura: colaboración institucional con Diputaciones, mesas redondas que entremezclan periodistas, colaboradores y algún famoso venido a menos, y por supuesto un paquete turístico a una ciudad mediana (la que te diga la diputación), todo ello aderezado con su poco de coaching -ediciones anteriores de estos congresos han tenido por título que si la vida buena, que si la felicidad…-. Vamos, todo lo que sería el pseudoestablishment unido en un evento con valores 100% siglo XXI. Pero la colaboración público-privada te la explican mejor ellos.

La empresa privada se mete encantada también, claro. El Santander organiza un congreso “””””””feminista”””””””” encantado de la vida y Manuela Carmena va al mismo vestida de rojo también de mil amores, para luego tener una amplia cobertura en las cabeceras de Vocento y Toni Garrido (aka El que va después de mi amiga Pepaweno) presenta un espacio llamado ‘Conduce como piensas’ patrocinado por Toyota mientras que en la SER te hablan del cambio climático pero luego también te hablan de qué bien el plan PIVE y que si el protocolo anticontaminación. Vamos, lo mismo que hacen con las casas de apuestas: anuncios cada tres segundos en Carrusel Deportivo y luego un reportajito sobre la adicción en plan ALARMA MÁXIMA en Hora 25. Para compensar, supongo.

 

No quería olvidarme de los medios con pocos recursos cuyos “eventos” más que a la

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Sobre todo, gente normal, como tú y como yo. Gente “que inspira”.

autopromoción se orientan a la recaudación, porque no tienen a Iberdrola y demás de su parte. Recompensas como cenar con Antonio Maestre si pones una cantidad de pasta “importante” en un crowdfunding. La verdad es que hay que tener mucho amor propio para ponerse a uno mismo como recompensa, pero sí que es verdad que los medios pobretones -por ser eso, pobretones-, no tienen mucho más que dar. Así que te tienes que dar tú entero. Lo que toca decidir es si eso es bueno o malo (sí, es malo, Antonio, es malo).

¿Con qué están jugando los propietarios?

Los procesos de concentración de la propiedad de los medios no están jugando con nada que no hayamos comentado ya aquí. Tranquilidad que no vamos a ponernos filosóficos con la incertidumbre de los tiempos líquidos ni la falta de seguridades, que el cupo de artículos al respecto en Internet creo que colapsó algo así como en 2017. Sin embargo, esos servicios que se prestaban gratis (y a veces et amore, era “lógico”) en los tiempos de becario meritorio “pa que vean que tengo la actitú” se han ido extendiendo como una mancha a lo largo de la vida laboral. Tampoco es un juego nuevo en los trabajos: está el convenio colectivo (si has tenido suerte de renovarlo), pero todos sabemos que hay una zona difusa, no cuantificable, en la que hay que hacer algunas cosas que no te apetecen mucho pero tu instinto te dice que mejor que las hagas porque mañana a saber qué pasa. Pero ojo, no todo es tan coercitivo. Esta pasada semana un reportaje sobre el nuevo libro del exdirector de El Mundo David Jiménez extractaba curiosidades como que algunos periodistas económicos obtenían ventajas en sus hipotecas en los buenos tiempos y a una columnista del medio (y de Pepa Daily) no se le ocurre otra cosa que decir que dicha redacción “abnegada” ha sufrido cuatro EREs en cuatro años y que no hay que remover la mierda. Ok. Pero claro, luego “sin periodismo no hay democracia”. Cuando pocas cosas más antidemocráticas hay que las redacciones (quizá los partidos del Real Madrid…). Ni siquiera esas ventajillas más epatantes, más de decir “qué fuerte todo”, más de cabecera de Madrí, son las que más me preocupan. Son mucho peores las interiorizadas. ¿Que te dice la diputación que hay que hacer un suplemento publicitario? Se hace. ¿Que te llaman del gobierno regional para presentar una cosa en rueda de prensa que sabes que es marketing puro y tú tienes un tema propio mucho más interesante entre manos? Se deja todo y se va. En esos casos es que no hay ni margen para la duda. Se hace by default. Y ya está.

Y en estas navega el periodismo patrio de palo y zanahoria (orgulloso de recibir ambos y defendiéndolo como si la prensa no fuera una profesión hipersubvencionada -que tú, amigo becario, curres con un convenio mierder no quiere decir que no lo esté, sino que a ti no te llega el flujo de pasta porque en principio ahora mismo no hace falta comprar a más gente-): es capaz de reconocer sus factores tóxicos en los pasillos mientras se toma un café en un descanso, pero, de cara al exterior, aprieta filas como si no pasara nada y como si no fueran precisamente los redactores de a pie algunos de los perjudicados (por no llamarlos los tontos útiles) de las prácticas cloaquiles que sus jefes deciden. Lo resume mejor Raúl Solís aquí. En fin, la pocilga solo puede confesarse entre compañeros, pero al externo, pase lo que pase, hay que seguir diciéndole que aquí lo que se presta es un servicio social. Supongo que, ante la sangría del paro, autoconvencerse y convencer, no solo de la utilidad, sino de la bondad intrínseca del trabajo de uno es una especie de mecanismo de defensa psicológica (¿pero cómo voy a ser yo malo, si meto más horas que un reloj?).

Y, por volver un poco a los eventos que decíamos arriba, todo esto se da en la época del evento, la tertulia y el periodista orquesta. Por lo menos antes se llamaba periodista orquesta al que te hacía una conexión en directo, te editaba el vídeo, te hacía fotos y era un crack con Photoshop. Ahora es otra cosa: es el que te OPINA en La Sexta Noche, te OPINA en lo de Ferreras farloperas, te escribe un libro y te OPINA en la presentación, te OPINA en Twitter y te OPINA en su podcast. Haciendo carrera por poner cuantos más @loquesea en la bio de Twitter. Podemos llamarlo demanda de marca personal o como queráis. Pero no sé si se ha analizado lo suficiente cómo este giro mercantil captura la subjetividad de esos periodistas, que lo esgrimen como su derecho al trabajo (derecho al trabajo=deber de trabajar). Veo todos los días a periodistas y tertulianos muy “anticapitalistas” cuya ventaja ante otros colegas es su disposición a estar en todos los saraos, cosa que ahora mismo no solo no es anticapitalista, sino que es capitalismo que te corre por las venas. Que a ver, intuitivamente es lo “racional”, si te echan de un lado, tu sobreexposición hace “destacar tu CV sobre el resto”, así, a lo Infojobs premium, pero es que no es bueno ni para el periodismo, ni para la democracia (por seguir con los valores del cacareado eslógan), ni por supuesto para el periodista, que, como los mineros aunque se estuvieran muriendo de silicosis, defenderán la dignidad de su trabajo, porque el trabajo nos hace hacer eso, y cuando en el trabajo no pones solo tus brazos o tus piernas, sino tu persona entera, hay un giro la hostia de jodido. El futuro de la conflictividad laboral serán los juicios por sordera de las dependientas de Bershka y los periodistas damnificados por la marca personal -si se echa un ojo a las redes sociales, algún nombre ya se puede ir dando-, que además, me dice mi intuición cuñada, no están ganando tantísimo dinero ni mucho menos. Y claro, ahí habrá que dilucidar dónde está la responsabilidad empresarial y dónde la individual, y habrá que ver qué se hizo “porque se quiso” y qué era “obligatorio” y “todos lo hacían”. Ay. Al ser algo tan resbaladizo, a lo mejor hay que pensar en ir legislándolo (poner un cupo de horas, o yo qué sé). Pero si yo fuera un sindicato, me andaría alerta.

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Not beautiful: impresiones de una castellanoparlante

Puede ser un plan excelente para finales de septiembre. Toma un autobús fabricado en Goierri Valley y ve a Bermeo Tuna World Capital. Compra un par de cervezas en Izaro Irish Pub y disfruta de las regatas sentado en el muelle. Seguro que en alguna de las traineras hay remeros pertenecientes a BAT Basque Team, y a lo mejor Go Fit Hondarribia gana la regata. Si no te gusta el deporte, cerca está Urdaibai Bird Center. Al caer la tarde puedes ir a Gipuzkoa y, tras cenar en el Basque Culinary Center, puedes darte una vuelta por Donostia, a ver qué encuentras en San Sebastian Region.

Jon Ander de la Hoz, Euskarazko hazia lore erdaretan. Berria, 25 de mayo de 2018 (la traducción es mía).

Como persona hija de emigrantes castellanos, que ha estudiado en castellano y cuyas relaciones personales se desarrollan mayoritariamente en castellano, mi aproximación al euskera, y esto a pesar de haber ido a la guardería en ese idioma, se ha dado de una manera algo casual, impulsada por los acontecimientos, aunque también tengo que decir que vivo en un barrio bastante euskaldun y todo ayuda. Ergo, mi acercamiento al idioma no ha sido una necesidad práctica (tengo que  sacarme el perfil no sé qué para la oposición no sé cuántos), sino casi casi una decisión política con un entorno que me ha llevado en volandas. Mi consumo mediático en castellano ha descendido en picado especialmente tras el 1-O, y ahí estaban los medios en euskera para tener la posibilidad de acercarme al mundo de otra manera. Ya los consumía antes pero ni por asomo en la proporción actual. Una cosa lleva a la otra y sin proponértelo empiezas a moverte en otros parámetros. Tu mundo ya no es ese en el que el programa de Cachitos pone una canción en euskera en señal progre de respeto y diversidad, sino que simplemente la centralidad está en otro sitio. ¿Va a hacer Cachitos un programa con todas las canciones en euskera? ¿Va a formar parte de la normalidad que alguna canción de las galas de OT se cante en euskera? En el caso de RTVE, en vez de aumentar la presencia de “lenguas regionales” a base de desconexiones territoriales como se propone, ¿va a comenzarse a tratar con naturalidad que se hagan declaraciones en gallego, euskera, castellano, valenciano, asturiano… en programas de ámbito estatal? La mayoría sabemos que la respuesta a estas preguntas es que no, es el elefante en la habitación, y por eso vamos caminando hacia otras partes. Así que una ya no está en el centro, está en lo que era la zona complementaria, que tú misma conviertes en cuasi central, al menos en algunos ámbitos.

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¿Os acordáis de las conchas de oro y plata, lo bonitas que eran? Ahora les dan lo que sujeta arriba esta mujer, que parece una manualidad de 3º de Primaria para regalar el día de la madre.

De un tiempo a esta parte y en aras de una supuesta difusión/internacionalización, veo dos tipos de iniciativa que tienen al euskera como protagonista: por un lado, el juego que Jon Ander de la Hoz comenta en el párrafo superior, y que consiste en una difusión de “lo vasco” que se salta el castellano y pasa directamente al inglés (dándose la paradoja de que el euskera se borra en vez de difundirse, véase Donostiako Zinemaldia transformado en SSIFF), y por otro, el uso de las redes sociales para la difusión de curiosidades, no tanto para que se aprenda el idioma (quienes se encargan de estos contenidos no son filólogos ni profesores), sino para que se simpatice con él. Hay quien ha optado por hacer canales para ello y quien se ha apuntado a la viralidad con vídeos e hilos de Twitter.

Empiezo, desde el castellanoparlantismo general, con algunas de mis objeciones. Cualquier idioma está formado por raíces y desinencias, mezcolanzas varias, contagios, adaptaciones, todo tipo de vueltas de tuerca. Con cada idioma se podría hacer un hilo o un vídeo y denominar al idioma bello, bonito, exótico or whatever. La periodista Karmele Jaio nos recuerda que, si en euskera bombero se dice suhiltzaile, o sea, asesino de fuego; en inglés se dice firefighter, esto es, luchador contra el fuego. “¿Y no es esto bonito también?”, se pregunta la escritora. Pues claro. Siempre que el parámetro de validez de un idioma lo quieras poner en la bonitez, por llamarlo de algún modo. Bajo el manto de la divulgación se establece una suerte de competición de poca monta con unos mimbres bastante anglófilos (sí, la coletilla de “and I think that’s beautiful” me da para atrás). Me ha tranquilizado un poco saber que personas de entorno y actividad 100% euskaldun lo ven de la misma manera.

Sin embargo, la normalización, si se quiere la valorización de un idioma, no viene dada por su belleza, por la realización de contenidos que interpelen a quienes no hablen esta lengua, tratando de hacerla deseable en clave de cierta exotización de la misma. No trato de criticar dichos contenidos, solo quiero ponerlos en contexto. La presunta belleza no debería ser causa de legitimidad, mucho menos en el caso de los idiomas. Otra cosa que no estaría de más aclarar es que quienes rechazan las lenguas minorizadas no lo hacen por ignorancia: si les damos un dato nuevo sobre x, no va a servir para acercarse o al menos respetar el idioma. Lo odian porque se puede odiar, porque no tiene consecuencias, porque han doblado muy bien la cuchara de sentirse agredidos cuando se habla otra cosa distinta del castellano (aunque a veces cambien de opinión y no les importe minorizar su castellano porque el inglés es una cosa importantísima para tener mundo. Como dice Griseo, el problema no es El Inglés, el problema son los españoles hablando inglés). Los virales no vienen a llenar un hueco que trate de paliar un desconocimiento y una vez “hecha la luz” llegaría la normalización (o al menos el respeto) idiomática, qué va. Como en el caso de las fake news a cuyos destinatarios les importa tres pares de cojones que sean mentira (y para esos destinatarios se hacen), el permitirse conocer o desconocer una lengua; el permitirse tomar o no como cierto un bulo, viene de una posición propia de poder, de saber que se puede estar por encima de algo o de alguien. (offtopic: ¿para cuándo un Maldito Bulo de los empleos directos e indirectos que se crean -jeje- en España? ¿Para cuándo otro sobre el dinero público que nos cuestan las empresas?).

(no ha sido en Girona)

Y mientras todo esto ocurre, ¿dónde estamos cada uno?

Pues el Ayuntamiento de Donostia, mi ciudad, ha decidido que es una buena idea hacer rutas y un manual con vocabulario para que los turistas “jueguen” (literal) con

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Qué tiempos aquellos cuando éramos turismófobos.

el idioma. Repasemos cronología de Ayuntamiento de Donostia con el turismo: 2017: nos llamaban turismófobos. 2018: lanzan una campaña en inglés y francés bajo el título ‘Love San Sebastian, Live Donostia’, en la que se pide respetar a los vecinos (vamos, que reconocen implícitamente que algo de razon teníamos). 2019: como un intento conciliatorio cutre, utilizan el idioma autóctono (indigenizándolo una vez más) para tratar de que nos parezca mejor que nos meen en la calle si saben decir eskerrik asko. Ok. No lo digo yo, no lo dice el Gara, lo dice El Confidencial. Un aditamento como la puta noria de 50 metros que nos han plantado en Alderdi Eder, y que junto con las luces de navidad ha hecho que muchos pasemos de ir al centro para evitar un ataque de epilepsia. Aunque al concejal del ramo le parecía que estábamos salvando vidas.

Por otra parte, Aitzol Elizaran se planteaba en un artículo de opinión: “¿se imagina alguien entrar en un establecimiento y encontrarse un cartelito que dijera “sabemos castellano”? No, ¿verdad?”. No sé si podemos permitirnos dejar algo para “jugar” a nadie cuando nuestra situación real es esa.

¿Y qué pasa cuando, por el contrario, alguien consigue, “mayorizar” la lengua minorizada? Que nos encontramos con un problema análogo al que plantea el turismo, pero por distintos motivos. MTV se trajo sus premios a Bilbao y uno de los grupos que actuaron durante aquel fin de semana en el que muchos movimientos sociales se manifestaban contra este tipo de eventos que redundan en una idea de ciudad-marca era… Berri Txarrak. El grupo explicaba sus razones para actuar en dicho evento de manera sucinta, y su argumento no pecaba de extravagante ni contribuía a la indigenización. Preguntaban directamente qué hacíamos cada uno por el euskera. Si había oportunidades como la de ese fin de semana para decir a nivel mundial “eh, hola, aquí no hablamos, ni creamos, ni vivimos todos en castellano”. La cuestión, en resumidas cuentas, es si se puede asegurar una difusión masiva no exotizante sin hacer uso del engranaje del capitalismo financiarizado en el que vivimos en este minuto, en el caso que nos ocupa, asociado a los macroeventos. El problema, o la bendición si se quiere, de Berri Txarrak, viene derivado del crecimiento inconmensurable que han tenido como banda, y ya sabemos los problemas que puede plantear eso (ya solo puedes crecer por ahí, y decrecer no es una opción). Pocos como ellos están en condiciones de internacionalizar la lengua. Ha sido un debate desde una posición extraña, porque por primera vez parecía que el euskera se situaba en una palestra ganadora. Además, todo esto fue antes de saber que el grupo más internacional que hemos tenido jamás anunciaba un “parón indefinido”. No creo que todo esto haya sido clave para la decisión, pero sí que Urbizu y cía han podido vislumbrar los puntos ciegos de las trayectorias ascendentes con respecto a lo idiomático.

Siempre se habla de la ligazón de uno con la lengua por esos momentos bellos, inolvidables, “lo que nos enseña nuestra madre en el regazo”, con la que dices tu primer te quiero. Para mí es todo lo contrario. El euskera (u otras lenguas minorizadas) no tiene que ser un idioma bonito: tiene que ser un idioma de uso cotidiano que sirva, más que para esos momentos que decíamos arriba, para la banalidad del día a día, diría incluso para lo tedioso. Lo mantendrá vivo esa banalidad: pedir un café, pedir cita para hacerte una histeroscopia, ir al notario, preguntar en el supermercado dónde está la leche, poder hablar con el de la grúa para decirle en qué punto kilométrico se te ha pinchado la rueda del coche… Y sí, venga, también decir te quiero. Puedo hablar más idiomas aparte del castellano, el euskera también es mi idioma no por transmisión familiar, sino porque es el idioma en el que hablo con una parte de la gente a la que quiero; sin embargo, y por mucha fluidez que tenga en otra lengua me resulta imposible enfadarme y jurar en un idioma que no sea el castellano. He ahí lo banal.

Que lo normal sea usarlo, que no nos parezca bien (es más, que parezca pelín insultante) que el premio para el ganador de un reality de supervivencia en el canal autonómico en euskera sea… participar en un reality de supervivencia en el canal autonómico en castellano. Ponernos en el centro en vez de buscar la complicidad de quien quizá no participaría de ello pero sí miraría a otro lado si nos aniquilan. Abrir espacios nuevos. Usarlo, no como hago yo aquí (razón práctica, que no es excusa, tardo cuatro veces más en escribir en un idioma que no es mi lengua materna). No hagáis lo que yo.

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17 enlaces por si en Nochevieja piensas empiltrarte a las 00.30 (como mucho) (II)

Ante la buena acogida de la edición 2016 de este mismo post, ese servicio público que es DeC se ha decidido a hacer una recopilación de algunas cositas leídas por su administradora a finales de este convulso 2018 por si a alguien le interesaren. He de decir que ante la inflación de artículos (que al final la periodistada padre tiene que comer) que el imperativo de la inmediatez nos trae -que vuelva la economía productiva, plz-, mi morro se ha vuelto bastante fino y paso más tiempo descartando artículos que leyéndolos en sí, por no decir que he leído más papel y libros que nunca, así que los enlaces deberían de ser algo mejores que otros años (puede que también más largos, así que si habéis bebido muchos gintonics a cara de perro -expresión de @srdaine-, igual no es el mejor momento para su lectura). Al final se trata de leerte o escribir cosas tres o cuatro meses después de ese momento de histeria colectiva porque ha pasado X y tengo que “entenderlo” como sea. Siempre ha sido ese y no otro el espíritu de esta vuestra casa. La inmediatez la dejamos para las urgencias del hospital, todo lo contrario es inútil y contraproducente. Lo siento, pero servidora ya no se traga un análisis de “el ascenso de Vox” (por poner algo muy contemporáneo), al día siguiente de unas elecciones. No pulso ahí, give that bone to another dog.

Ok, al lío.

1) Sectores ¿productivos?

*Un reportajillo en Vanity Fair sobre la historia e implicaciones de Marina D’Or. Es como una historia de los últimos 20 años de la costa mediterránea española en pequeñito (te mueres con el último párrafo). También este reportajillo viejuno (2006) de Joseba Elola en El País sobre el momento en que el templo de Oropesa estaba en la cresta de la ola. Desternillante.

*Aquí nos explican en qué consiste lo de hacer America Great Again. Las empresas no retornan (ni siquiera se puede decir retornar, porque muchas veces el capital ya ni es americano) como si no hubieran ensayado las peores prácticas posibles durante sus tiempos de deslocalización en Asia. El boom de la industria automovilística en Alabama ha sido algo así. El repor describe de modo bastante gráfico los accidentes que se dan en estas áreas de creación de empleo like fucking churros (bueno, y como si hicieran falta más coches).

*Una reseña muy completa del libro Bullshit Jobs (Trabajos de mierda, ya editado en castellano) de David Graeber. Es la continuación natural de este artículo que hemos enlazado en DeC más de una, más de dos y puede que más de tres veces. Ahí está quien esto escribe, en una mezcla entre lo flunky y lo duct taper.

2) Aniversario de esta nuestra Constitución

*Paco Letamendia contándote por qué su “no es no” is for real.

*Una bonita disección de cómo se gestó el texto constitucional y sus consecuencias. Con un montón de referencias y menciones a cosas que hoy estamos pagando.

3) Comunidad, desiertos neoliberales, fachas around?

Ha sido un lugar común durante este año leer que los ascensos ultraderechistas se deben, a varias causas: pérdida del sentido de la comunidad, certezas -¿pero sobre quiénes?- ante la intemperie neoliberal e incluso ausencia de propuestas políticas que pongan en valor y peleen por los “intereses objetivos” de clase.

*Algunos apuntes de César Rendueles sobre la dificultad de que nuestras acciones colectivas sean eficaces en sociedades individualistas. Vemos los lazos densos como una dependencia insoportable cuando a la vez la (supuesta) autonomía extrema nos vuelve inermes para conseguir objetivos que vayan más allá de nosotros mismos. No hay prueba más fehaciente de esto que el hecho de que estemos escribiendo blogs en nuestras casas pensando que el conjunto de datos, evidencias y testimonios que damos, en algún momento desborda un vaso y, chas, llega la “acción colectiva” ¿Qué camino debemos transitar entonces?

*El resentimiento como un vínculo social tan poderoso como la confianza. Cada vez estamos viendo más de cerca la traducción de este hecho. Medianamente relacionado, un hilo de @SeoirseThomais  que disecciona al primo hermano del resentimiento -vamos, el fanatismo- y cómo distorsiona los denominados “intereses objetivos de clase” hasta llegar a regímenes pretéritos quizá no tan superados como pensamos. Cuando se habla de “políticas transformadoras” y de “intereses objetivos”, echo de menos que me respondan el “hacia dónde” y el “de quiénes”, porque ya no sé quién es el que “objetiviza”.

*Owen Jones sobre cómo ser un hombre. El síndrome del breadwinning, que me gusta llamarlo, cuando se vienen abajo porque pierden sus curros y su supuesto lugar en la vida -lo que acaba como ya estamos viendo en algunos lugares del globo, con una alianza nacional de mínimos con el poder real para machacar al que está peor-, vamos, una radiografía de la relación masculinidad/trabajo asalariado/roles familiares.

*El vacío de las experiencias pop-up, (contra una supuesta rutinización, necesidad de que todo sea nuevo) edición Nueva York. Me ha parecido más agobiante que las colas para Port Aventura y ya se sentará alguien conmigo y me explicará, pero me cuesta entender cómo se puede pagar para entrar a estos sitios, la verdad. Me han dado ataques epilépticos solo viendo las fotos.

4) Dossier chalecos amarillos (para los que no quieren agobiarse con el tema pero tampoco comprarse el libro cuando salga, porque evidentemente va a salir)

En cierto modo relacionado con esto último, una esta un poco preocupada por cómo parece que cualquier cosa que haga un movimiento social de antiguo o nuevo cuño tiene que ir envuelta en una suerte de empaquetado (que tampoco sé si los ponen los movimientos o los ponen los medios) que lo haga mediáticamente consumible. Al final, antes que frente a un nuevo movimiento social (o ponle el nombre que sea a estas cosas, yo ya no sé qué nombre ponerle), parece que estamos ante un cantante cualquiera salido de la Factoría de OT, que tiene un par de temas que OK pero que termina por apagarse para dar paso a… el siguiente cantante de la Factoría de OT (léase la analogía entre la Factoría de OT y los medios de comunicación). Los medios, ¿nos visibilizan (TM) o nos chupan la sangre? Igual hay que empezar a pensar en clave de lo segundo.

* Una aproximación más general al tema diseccionando por género y sobre cómo el movimentismo no tiene por qué ser exclusivamente de izquierdas (lo cual replantea la ecuación entre derecha y “orden”, claro).

* Impuestos verdes, chalecos amarillos. Como describen los autores, estamos ante el trailer de la crisis ecosocial que se nos viene (el artículo deriva de este hilo, por si prefieres leerlo en ese formato). PD: Dicha crisis ecosocial toca de lleno las leyendas y modos de vida de las clases medias europeas (y ya no hablamos tan solo de un tema de reparto, sino también de expectativas, de vida buena, de qué significa “comprarse un coche mejor” -en ciudad, significa no comprarse ninguno-. Que no es solo eat the rich, sino que el modelo de “parecerse un poquillo al rich” tampoco sirve). Sensación de pérdida vs. sensación de todo por hacer.

* Cómo se incardina el movimiento de chalecos amarillos dentro de una economía global no productiva, sino financiarizada.  Los manifestantes saben de qué va el tema. 

Una fotito de los libros en castellano que más me han gustado durante este año.

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Feliz 2019. DORMID MUCHO. No se me ocurre mejor modo de ser bueno con uno mismo que dormir como está mandado, incluso más.

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