No hacer

Hace unos días me encontré con una antigua compañera de clase, Marta. No era de las personas con las que más relación tenía pero así y todo fuimos a tomarnos un café. Había hecho una especie de FP de inclusión social (de hecho muchos años antes ya la había visto como asistente a un congreso, cuando yo curraba de azafata). En un momento dado me comentó lo mucho que le gustaba leer (en el colegio OS PUTO JURO que no era su cosa favorita) y entonces soltó la frase…

Pues mira, yo así una librería con libros de temas que realmente me gustasen ya me montaría.

Y es en ese punto donde mi cabeza hace clic y me pregunto cuándo empezó la idea de que para ser consideradas triunfales, y no solo triunfales sino simplemente aceptables; nuestras actividades tenían que pasar necesariamente el filtro, el proceso y la aceptación de lo mercantil. Isaac Rosa llama a esto, con acierto en su prólogo de Compro Oro “el capitalismo que está dentro de nosotros, el que corre por nuestras venas”. Ese capitalismo imperceptible que ha reconvertido la tradicional casa de empeños de posguerra en algo llamado Wallapop, que ha conseguido verse como una oportunidad además -no sé cómo lo hace esta palabra, que siempre termina apareciendo- después de la travesía de los años de los extranjeros con carteles y panfletos de, precisamente, compro oro. La misma lógica que, mira qué maravilla, hace que tu casa pueda ser usada de manera permanente, y no por una cuestión de justicia social o de reformulación del derecho a la vivienda, no. ¿Que te Sin títulovas tres días a casa de tu madre? Nada de dejarle las llaves a la vecina para que te riegue las plantas: ponla en AirBnb y que te rente, que produzca, que nunca se sabe cuándo va a venir el apretón económico en estos tiempos y mira qué bien que puedes sacar un pico de aquí. Lo más dañino que han hecho -y lo han conseguido, conmigo desde luego lo han conseguido-, es meternos en el coco la idea permanente de que te estás perdiendo algo, de que las cosas no pueden estar quietas tranquilamente en un trastero porque esto equivale prácticamente a tirar dinero a la basura. Nos han metido en el coco, con éxito insisto, la misma lógica de esos magnates de los cuales rajamos, que ponen sus cosas y su dinero a producir, y que insisten en que el dinero no puede dormir. Si nuestros padres consideraban el avance y un signo de tener cierto encaje social esas pequeñas parcelas de propiedad, el pisito, de proletarios a propietarios, nosotros no nos hemos conformado con que todas las horas del día sean potencialmente laborables, qué va. Todas las horas del día son potencialmente terreno de venta de tu puto vestido de comunión. Que igual luego igual se lo tienes que mandar a una señora de Alicante que te llama a las 22.00 horas, negociar con ella una hora entera y escaparte cagando hostias de tu horario laboral, mandarlo en plazo. Y te lo devuelve porque tiene una manchita. Y hacerle el reembolso. No sé, igual por 100 pavos extender toda la cantidad de procedimientos engorrosos hechos deprisa y corriendo realmente no es un sustituto muy bueno tampoco de trabajo, sino una prolongación incesante por cuatro duros. Y no, el cuento de que con ese dinero vas a comprar cosas muy importantes y básicas pues… no, tampoco es un argumento muy sólido. Me comentaba una amiga eso, que a su hermano pequeño le parecía más intuitivo -y es normal en ausencia de empleo y con hostias por curro por horas- tratar de vender sus cosas por Internet que buscarse un trabajo. Vender y comprar cosas también se hacía en posguerra. Pero no es un avance nuestro, es la victoria de ellos, la aceptación tácita de que todo se puede comprar y vender, y no solo porque existan las tiendas 24 horas. Y rentar propiedad no es un modo de ayudar a quien no tiene ingresos, ni de ser colaborativos. No se puede colaborar con un algoritmo, no jodamos. 

Volviendo a Marta, que si Wallapop es el reverso, su idea es el anverso de esta comercialización del todo, me afané mucho en responderle. Tendemos a hablar de la visibilización y la invisibilización de los procesos y de sus resultados, y cuando tenemos enfrente una lógica de empresa -venga de la traducción de un hobby en negocio, por mucho que se diga que “a ver, que yo no quiero forrarme”; o venga de ver realmente “algo que va a petarlo” ej, másters de drones- la reacción inmediata es la colocación de todo ello en el lado de lo visible, incluso de lo excesivamente promocionado. Pero, como suele, se ocultan muchas cosas. Se oculta, y no me voy a detener mucho aquí porque ya he hablado mucho de ella, la passion based self exploitation que en realidad oculta una debt dependency que flipas. Lo pongo en inglés que ya sabéis que si no los de siempre dicen que esto no es serio. Y es que la parte de abrir una librería de un tema que te mole lleva detrás dar vueltas cual captador de ONG para promocionarla, pedir un crédito al banco que te atará a las ventas de la librería de por vida, relacionarte con bastante gente que no soportas, y que muy probablemente hará que tengas que diversificar ese tema que te apasiona y vender muchas otras cosas que te parezcan una puta mierda para aguantar -porque en ese punto ya habrás dejado cualquier traza de apasionamiento o gusto al margen- en una competición que te vendieron que iba a dar sentido a todo pero que en realidad ni te va ni te viene -y de la que mucho usurero vive muy bien-. O que en realidad te va. Te va a dar de hostias hasta el día en que te mueras, sí.

Nos convertimos en rentistas y patrimonialistas de pacotilla, en empresariuchos de medio pelo “pero humildes, que yo esto lo hago porque me gusta” o lo hago -esto es lo mejor de todo “como alternativa al (inserte aquí sector de su elección) tradicional” diciendo que “de algo hay que vivir” y que esto es un extra, como las señoras de Inditex que se llevaban pantalones a casa para cogerles los bajos en los años 70. Me cago en dios, pues para ser “un extra”, todos esos procesos de expectativa de aparición monetaria -como si fueran el Cristo de Medinaceli- ocupan todo el jodido día, eh. Nos escudamos en el escaso control que tenemos sobre las dinámicas para decir que qué quieres que haga. A ver, lo mismo, pero por lo menos reconociendo que es una mierda. Es un conflicto incesante entre lo que hemos hecho, los asideros (las migajas) a las que nos hemos agarrado y, sobre todo, lo que no hemos hecho y dónde no hemos estado. Y el resultado es esto que pasa cuando no estamos. Que terminamos hablando como ellos quieren: de autorregulación en el gasto y de algo hay que vivir. Que es verdad, pero coño, reconoce al menos que no es para estar orgulloso ni es muy defendible; y que tú, aunque parezca un chollo-oportunidad-formadecompletaringresospírricos (gradúe según la modulación en la autofragelación y autoestima del enunciante), no eliges nada.

Lo dije hace más de año y medio aplicado al tema de escribir  (y a por qué está este blog en el mundo): el éxito -en mi opinión siempre- radica más bien en poder sacar de aquellas lógicas atravesadas por la compra y venta -primordialmente el trabajo- todo eso que te gusta. El triunfo que yo llamo ratonera, porque se vende como bonito escaparate a los demás (que desconocen los procesos pero ven los resultados y conocen el discurso del triunfo pero el discurso está precisamente para tapar otro tipo de historias, bastante feas, y como basamento de espirales del silencio de todo pelaje). A estas alturas solo me siento un poco -solo un poco- capaz de hablar de petarlo como sinónimo de pedir pocos permisos y dar pocas explicaciones -esperando el día en que llegue el óptimo, que sería no darlas-.  El triunfo, o la superventa, o la excelencia que tiene como contrapartida perder la poca soberanía que te queda. Lo explican muy bien aquí recurriendo al ejemplo de Amy Winehouse: cuando tú o tu negocio destacáis, cuando “los sueños se hacen realidad” (™), puede terminar ocurriendo lo que le pasó a ella: “Amy ejemplifica, y paga con su vida, un problema típico del capitalismo: el de la imposibilidad práctica de la marcha atrás y de quedarse en un tamaño óptimo”. En ese punto es cuando te has quedado fuera de la posibilidad de ajustar tu elección, cuando la dinámica te come aunque se suponía que eso que todos ven era el objetivo final, el “no se puede pedir más”. Algo parecido les pasó a estos restauradores que, con buen criterio, decidieron devolver su estrella Michelin. Pierdes tu forma de hacer, pensar, tu criterio. Un inspector de la propia guía de los neumáticos lo reconoce: “Es una presión muy fuerte, y uno puede dejar de hacer lo que desea a cambio de pensar en qué es lo que desearía que hiciese la guía Michelin”.

Al final tanto el camino como la meta, tanto la alternativa que no quiere tener éxito, sino solo disfrutar; como lo presuntamente más adaptado a los éxitos anteriores, termina por cumplir sus requisitos. No, no vas a ser una excepción (e.g. “nuevos medios”). El hecho de que adaptemos su forma de estar en el mundo comprando, vendiendo, enseñando, comprándonos, vendiéndonos, visibilizandoyoquéséloqué porque si no parece que no haces nada, que te da

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todo igual. Pero no, igual lo que no queremos es que esa rueda no nos machaque. No queremos estar en el Retabet del trabajo/comercio, por muchos apellidos que se le pongan, por mucha pinta de desafío que se le dé, ni para petarlo másimo ni para buscarnos la vida ni para nada que oscile entre esos dos extremos. No queremos que, como ya dijo Margaret Thatcher, nadie pueda decir que “ya hemos ganado, la oposición es como nosotros”. Quieren eso, que nos compremos, que nos vendamos, que tengamos igualdad de oportunidades para estar en sus rankings, para decir que el pobre fulanito de tal LO HIZO. No quiero ser como vosotros, no quiero seguir vuestros ritos, no quiero que existáis, no quiero que me compréis. No quiero poder venderme bien. No quiero publicar más, por muy a la contra que esté lo que diga; porque publicar mucho ya es ir demasiado a favor. No quiero haceros la competencia. No quiero nada. Decían que el sujeto del rendimiento era más funcional que el de la obediencia, y han conseguido las dos: que seamos superobedientes -creyendo que no lo somos- rindiendo al máximo -. Lo que yo quiero es inventar otra manera de estar en el mundo. Que no pase por que me vean.

Así que le contesté a Marta con la máxima naturalidad que pude, haciéndole ver que no, que no se estaba perdiendo nada -al revés, se iba a ahorrar muchos quebraderos de cabeza y tiempo-, que el sentido no se encuentra contrayendo deuda y esperando, como veo en algunos sitios, a que entre una persona y se lleve algo como sea para justificar haber tenido levantada diez horas la persiana de tu local. Para que no parezca que ha sido un día en balde, aunque lo sean la mayoría.

Pero Marta, tú lo que tienes que hacer es seguir leyendo, no montar ninguna librería.

Y como ejemplo, este post. Que habla de no hacer, pero al final he terminado escribiéndolo. A estas trampas me refiero.

Y bueno, sobre el vestido de comunión… No sé, regaládselo a alguien.

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Post de urgencia: dicen unos ingleses que te echas tres horas de siesta

Y yo digo que ojalá.

Bueno, pues unos señores de un periódico británico que ha dejado de imprimir en papel hace poco y que es muy famoso Robert Fisk por sus reportajes de Oriente Medio y total, mira para decir qué gilipolleces ha quedado esta gente; dicen que Mariano va a “quitar la siesta” para que la jornada laboral baje “dos horas”. Ya comentamos someramente de qué va eso de “salir antes”, pero no me resisto a dar mi visión sobre la perspectiva INTERNASIONÁ. Aydeverdá, que si se piensan que somos unos vagos no me van a dar una beca FULBRÁIT y no podré ser como los yanquis que no paran para comer porque tienen Soylent y/o se comen un sándwich –y decir sándwich es ya asumir que comen bastante más sano de lo que realmente comen; si comen- delantelordenador. Qué maravilla. Antes muerto y desnutrido que que me llamen vago, por favor.

Porque la parte más “divertida” no es la prensa internacional diciendo cuñaladas, son las ventajitas de conocer bastante bien el medio y las condiciones en las que se trabaja y el clickbait y que me dé la puta risa floja con que sin periodismo no hay democracia ni seguro médico privao; la parte más curiosa es la del ESPAÑOL INDIGNAO, endevé, que nos dicen que no trabajamos, que vamos vestidos de toreros y salimos con sombrero mejicano a la calle. Que somos unos vagos. PUES ES LO MEJOR QUE TE PUEDE PASAR. La mejor inversión de futuro en España en la humilde visión de DeC es que, realmente, piensen que eres un vago y se lleven la pasta a otro sitio -si total, ya se la llevan, ¿o no has visto las noticias esta semana?-, porque si no vas a ser una colonia toda tu vida. Y ya tenemos la hipoteca de tener que cargar con los herederos ancestrales de la nación española y sus mierdas, que son las mismas cuatro familias desde hace siglos, así que no necesitamos que venga nadie más a invertir en franquicias de Yogurlado ni a “internacionalizarse” (la semana pasada conocíamos también la otra cara de la internacionalización, la internacionalización pobre). Que sí, que a los esclavos sale mejor importarlos, no es “una oportunidad”. Que lo han dicho hasta en Mariló. Así que no solo no indignación sino APOYO ABSOLUTO desde estas líneas a que se diga que la siesta dura seis horas si hace falta, y nuestro odio más exacerbado a quien quiere presumir de europeo y eficiente, que este país de catetos no me merece; que vamos, está Europa ahora como para presumir. A mí la siesta no me interrumpe el trabajo. El trabajo me interrumpe la siesta, que es distinto.

En fin, que ojalá cuando a un jubilao de estos le dé el soroche en Torrevieja y ya estén metidos en pleno Brexit –DeC vota sí a que no os vayáis a Bristol a hacer el tolái- podamos decir, HOYGA, PERO CÓMO LE ÍBAMOS A ATENDER SI ESTÁBAMOS EN HORARIO DE SIESTA, ¿ACASO NO LEE USTED LOS PERIÓDICOS DE SU PAÍS?

Bonus conciliación bolivariana. En DeC damos nuestros dieses

También esta ecstraña semana conocíamos que Maduro ha dado fiesta los viernes “para ahorrar”. A muerte con este señor. Primeramente, porque si eso es así desaparece la infecta noción de JUERNES de nuestro vocabulario, igual que nadie dice VISÁBADO. Y segundo porque yo personalmente tengo jornada intensiva el viernes y a las 8 de la mañana entrando por la puerta parezco un figurante de The Walking Dead.

Además, que siguiendo la denominable “doctrina Chenche” en la cual la izquierda debe de ser definida por sus fines y no por sus medios –que es una de las razones que dan para instaurar los complementos salariales y nos paguemos los sueldos de nuestros propios impuestos sin que el empresaurio tenga que hacer nada aparte de ir ganando poder así en general; no sé, voy a tener que pensar o que tienen intenciones oscurísimas o que son córtimers del ala-, y sabiendo que hemos tenido una cumbre del clima en París de estas con mucho boato pero que luego nunca pasa nada –y me flipa la candidez de algunos ecologistas con estas cosas, sinceramente- porque EL FIN es de hecho que NO PASE NADA; la medida de Maduro queda como plenamente socioliberal. Ecología, ahorro -que hay que cumplir el déficit- y conciliación familiar all in one, no sé que hace Tinder Sánchez que no está firmando esto ahora mismo. Si los ‘países desarrollaos’ ™ han quedado que esto del cambio climático es importante, y los medios dan igual, ¿a ti que cojones te importa si eso se consigue NO TRABAJANDO o de otra manera? Si lo que importa es el fin, ¿no? Si lo que importa es el fin sin medios, pues toma fin, moreno. ¿O esta mierda solo aplica cuando los motivos –autorregulación aunque nos sobre vs. gestión de la escasez bolivariana, ikastola norcoreana- por los que se hace uso de estos medios para buscar aquellos fines responde a tu narración completa de la historia? Que luego también hay que explicar si la escasez es por producción o distribución. Pero bueno, esto ya es una vieja historia.

venezuela

El redactora de esta pieza, ya con pie y medio en El Español.

PD: He recibido la aterradora cifra de CERO EUROS de Venezuela por escribir esta pieza pero si tenéis algún contacto con la embajada, ruego me lo hagáis llegar. Que mi tiempo vale dinero también.

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Post de urgencia: dice Mariano que vas a salir de currar a las seis (si quiere tu jefe)

Pero no solo eso: Mariano también dice que vas a poder teletrabajar. O sea, tenemos un número rampante de peña que tiene que estar pegada al móvil las 24 horas precisamente porque no sabe cuándo van a llamarle para currar y a lo mejor le llaman y no coge y pierde pasta -¡o peor, no le vuelven a llamar jamás, por falta de compromiso!- y dice este tolái que como medida revolucionaria va a proponer el teletrabajo, o sea, transferirte a ti las facturas de la luz, del internete -vale que te ahorras el atasco matinal- y, con la excusa de que estás en tu casita en pantuflas, básicamente no vas a tener horario laboral porque ¡todas las horas son laborables! Joder, que vea el anuncio de McDonald’s con el niño, el padre, el abuelo y el Scalextric o algo, que del trabajo ya nadie “sale” porque una de las funciones de tu trabajo consiste precisamente en estar localizable en cualquier momento. La ubicuidad va incluida en el sueldo de mierda que tienes, sí.

En DeC estamos cansados porque estamos convencidos de que la prensa que tiene que fiscalizar a este tío, los sindicatos, etc, saben perfectamente que si Mariano realmente quisiera que la gente saliera a las seis de la tarde no hubiera aprobado, entre otras cosas, una reforma laboral para que tu oficina fuera el reino de taifas de tu jefe. ¿Por qué cojones se siguen cubriendo estas declaraciones, y más los periodistas, que cobran una puta mierda y son los primeros que saben de sobra que en la puta vida van a salir a las seis de la tarde? Aparte, que esto es una gilipollez. Si no puedes hacer efectivo cobrar las horas extras porque tienes miedo al paro, a ver con qué arrestos vas a poder exigir salir a las seis de la tarde. El empleo no es una cuestión de ajustes horarios. Va mucho más allá, y precisamente como va mucho más allá, la envergadura de una medida como “salir a las seis de la tarde” es la misma que la obligatoriedad del reposapiés. Y como no tenemos empresas sino reinos de taifas, primero que dudo que se apruebe, y segundo que segurísimo que no se va a cumplir, igual que esa medida maravillosa que traen día sí y día también en los programas electorales y que demuestran lo mucho que les importa el empleo a esta gente, y que dice que “se prohibirá la concatenación de los contratos temporales”. No, a ver, pabos, esto está prohibido ya, lo que pasa que no se cumple precisamente porque a los que no lo cumplen no les pasa absolutamente nada. Por no hablar ya de los “hábitos y usos por encima de la ley” que predominan en las empresas, vamos, lo que está bien o mal visto. ¿Se iría cualquier currito a las seis de la tarde por muy puesto en la ley que estuviera, si no se fuera el jefe a esa hora? Pues por supuesto que no, porque ya es tal la impunidad que “no vaya a ser que el jefe se enfade y me eche”. Porque puede. Y aunque tengas razón, no vas a embarcarte encima en un proceso judicial, claro. Te joden y encima hay que demostrarlo. En este mundo vivimos, en el que lo que diga un soplapollas en una oficinucha de su propiedad vale más que cualquier legislación. Tela.

A ver, por enésima vez, que no. Que no. Que no queremos MEDIDAS ni REFORMAS. Que aquí no es que haya una ausencia de ideas o reglamentos. Y que encima tengamos que escuchar que “es que el huso horario y a los españoles que nos gusta mucho la vida en la calle y el terraceo” cuando la realidad es que hay gente currando hasta las ocho y las nueve de la noche, y no por gusto, sino porque hacen el curro de tres personas cobrando lo de media. Y para eso no hay legislación. ¿O qué pasa, que quieres quedarte en la calle? Deberías dar las gracias de tener trabajo. Ya verás a tus amigos o a tu familia, no sé, cuando se mueran o así.

PD: Ya escribí sobre la estafa de la conciliación laboral aquí

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¿Y vamos a hincar la rodilla con el pachá de Arcelor otra vez?

Hace ya un par de añitos la familia Mittal casó en Barcelona a la sobrina del propietario del emporio Arcelor Mittal en un bodorrio inmensamente cuñado con mil invitados que incluían a jefes de estao, peña de Bollywood, Mas y Trias. Una boda de cuatro días para la que se movilizó a fuerzas de seguridad, a buena parte del sector hostelero, se cerraron lugares públicos como el MNAC, y nada, como eran poca gente y eso, encima de todo pedían confidencialidad: “Los súper jefes nos están diciendo que la familia ya ha expresado sus quejas porque se está hablando de la boda en público y se trata de un acto privado”, comentaban desde el Ayuntamiento. Pero tampoco tuvieron cojones, si es que estaban tan molestos, de llevársela a otra ciudad, que para eso estamos en un país en venta y al final somos baratos. Pueden pedirlo todo y se les da, una cosa y la contraria, y se les da. Y para eso están nuestras ciudades: para que esta gente se compre bloques de pisos enteros para luego alquilarlos por habitaciones en AirBnB –¿os acordáis de cuando esto era colaborativo? LEL–  y para sus bodas y sus mierdas.

Cuento esto porque, después de que hace unas semanas se paralizara la producción en la Acería Compacta de Sestao -la planta en la que se concentró gran parte de la acería del País Vasco tras la reconversión industrial de los 90 y los cierres de Acenor, Altos Hornos de Vizcaya y demás-, el pasado martes Arcelor Mittal, propiedad del tío de la novia de la historia de arriba; también anunció el cese de su actividad en Zumarraga. Ya estaba esa misma tarde la consejera de Desarrollo Económico y Competitividad, Arantxa Tapia, compareciendo ante la prensa de urgencia. Luego empiezan las reuniones de no te vayas todavía no te vayas por favor, luego la preocupación porque ‘esto se veía venir y al final ha venido’. A mí me ha dejado de doler, porque es lo de siempre, es una trampa. El prohombre que qué bueno es porque da trabajo a toda una comarca (de verdad, ¿a nadie le chirría que una sola persona tenga tanto poder concentrado, no AUNQUE trabajen todos, sino precisamente PORQUE trabajan todos para el mismo tío?) y que pasa a ser un villano cuando se marcha. Cuando se van a conseguir 3.000 empleos directos y ochocientosmilmillones de empleos indirectos y ‘prosperidad’ y ‘desarrollo’ dependientes de una sola persona, voz de alarma, por favor. No le dejéis maniobrar. Porque como llega, se pira. Y no aprendemos. Con que quede claro que el problema no empieza cuando se van, sino con el mismo hecho de que lleguen -o de que hayan nacido entre nosotros-, me doy por contenta. Pocas escenas me imagino más dantescas que el hombre que hasta hacía poco estaba negociando reducir algo la jornada o ‘mejorar condiciones’ pidiéndole ahora al tío que ponía eso difícil que, por favor, como está pasando en Sestao, se trabaje, al menos, los fines de semana. Porque estos giros nos enseñan, con razón, la trampa del mercado de trabajo. ¿No queriáis reducir la jornada? Pues a eso, los jefes, también con razón, pueden contestar: “ahí lo tenéis, la jornada completamente reducida, a cero”. Por estas cosas es tan importante desvincular dinero de trabajo. 

Bueno, no, perdón, sí que se me ocurre una cosa más dantesca. Imaginemos que surte efecto la movilización, el notevayastodavíanotevayasporfavor y la reunión que tienen hoy martes, en la que el Gobierno Vasco le va a presentar a la empresa un plan de viabilidad. Que esto ya son las risas máximas. O sea, “amenazas” con pirarte y te pone el Gobierno Vasco a unos funcionarios -que habrán estado sudando la gota gorda durante una semana para escribirlo- para trazarte un plan de empresa, sin necesidad de que pagues nóminas a una consultoría. ¡Y

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¿Le vais a pedir algo a este tío? ¿Con ese flequillo?

todo gratis! Hay una cosa más dantesca que es cuando decimos que ganamos, porque en general se descojonan. Que ganamos, tú. Que hemos ganao la huelga, que la fábrica se queda porque hemos hecho aquí unas manifestaciones. Que te van a seguir robando la plusvalía a ti en vez de a unos asiáticos. Tengo el mismo alegrón que cuando me toca una despedida de soltero en un avión de Ryanair. Ganamos, por los cojones ganamos. Se quedan, se quedan porque te has humillado hasta el final y ha venido el Gobierno a darles un plan de empresa y terrenos y pasta gratis para que no se vayan. Menos mal que ellos crean la riqueza, que si no, visto así, me da a mí me da que se la estamos regalando nosotros. Y negocia el gobierno, y hablamos nosotros los trabajadores, y usamos irremediablemente su lenguaje: la fábrica es ‘competitiva’, como si no fuera usar ese ‘competitiva’ el mejor regalo que puedes hacerle al Mittal, el regalo del marco interpretativo, el de estamos todos a una. A ver, que a este tío LE SUDA EL NABO si es ‘competitiva’ o no la fábrica. Lo que él sabe es que él puede extraer más con menos pegas en otro lado. El grado de competitividad no lo puede establecer el gobierno, la establece el margen de beneficio que a él le salga de los cojones, y mientras cualquier país le ponga minions a su disposición para lograr ese beneficio creciente, pues palante. Es el problema, como explican aquí, que plantea cualquier lógica capitalista: el de la imposibilidad práctica de parar y quedarse en un tamaño óptimo, porque la fábrica no se levantó para dar riqueza a la comarca -los trabajadores son un instrumento/lo que ellos consideren óptimo o suficiente es irrelevante-, se levantó para dar beneficio a un accionariado que no vive en la comarca. Siempre van a querer más, y no es que siempre vayan a querer más, es que el arma para que consigan más siempre vas a ser tú; y si no va a ser otro, da igual. Nosotros, que tan dignos nos ponemos pidiendo que no se vayan, somos los deslocalizados de otros. Años 70 o así: pancartas en las ciudades estadounidenses pidiendo que no se llevaran la producción a España. Mirémoslo desde una óptica socioliberal. ¿Vamos a privarles de esa ‘prosperidad’ que, decís, ha traído esta fábrica -dejando de lado accidentes laborales, muertes prematuras por inhalaciones y demás cosas que solemos dejar de lado y no deberíamos- a otras partes del mundo? La rueda del daño -de la prosperidad, dicen- ha sido siempre esa y seguirá siéndolo. 

Cuando paró Sestao, José Antonio Díaz Alday, en su columna Calvario de acerocomentaba un par de cosas interesantes: la primera, que antes de que pasara lo de aquí, el gobierno francés ya había tenido un problema parecido en la localidad de Florange, “que supuso un duro enfrentamiento con Hollande y su ministro de Recuperación Industrial, Arnaud Montebourg, quien acusó al empresario angloindio de mentir y chantajear al Estado, amenazó con nacionalizar (Esto es mío: amenazar con nacionalizar, ojo a este constructo. Es como si un sábado por la noche te amenazan con ligar) la siderurgia y llegó a decir: No queremos que Mittal siga en Francia. Pero el multimillonario terminó ganando la batalla”. Como prueba de para qué sirve un gobierno -de la capacidad de incidencia que tiene incluso estando plenamente en desacuerdo con lo que se está haciendo en el territorio que se supone, gobierna, porque aquí nos encontramos sorpresivamente con uno de los escasos momentos en los que los intereses de gobierno y multimillonarios no coinciden- ya es suficientemente ilustrativo, recordadlo la próxima vez que os digan que “mi abuelo murió por el voto” y tal, y les decís de mi parte que el voto por el que murió tu abuelo no es el mismo tipo de voto -en el fondo por lo menos- que el voto actual. La segunda cosa interesante es una afirmación de un sindicalista de la planta de Florange, que definía a Mittal como “un pachá arrogante que cree que los trabajadores somos súbditos y te hace un favor por pagarte el sueldo”. ¿No encaja todo empresario en esta definición? ¿No hay una contradicción y una derrota inherentes al hecho de querer seguir trabajando para estas personas, precisamente por la reducción hasta la asfixia del marco de lo posible y de la movilización realista?

Comentaba algo por el estilo Anna Gabriel cuando le preguntaban acerca del pacto con la burguesía que venía de manos de lo firmado con Junts Pel Sí. Solo que cuando ganamos y firmamos con Mittal, o firmamos con los de la Seat o con otras de esas grandes empresas maravillosas porque al ser grandes de repente tenemos un mayor poder de negociación que si te tienes que enfrentar tú solo con el dueño de recambios Paco; ya no estamos en los 60 y firmamos con un cuñado franquista con cuatro empresas más o menos grandes en territorio estatal, firmamos con multinacionales que resulta que mitigan tu supuesto poder de negociación de empresa grande haciendo valer que eso, que son una empresa grande, y como son una empresa grande, pues me llevo el Scattergories. Tú no puedes deslocalizarte, ellos sí. Así que no, Gabriel te lo explica, no se gana, se pacta. Y pactar ya me parece un demasiado generoso para describir ciertas situaciones.

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Así que siempre que hay un ‘conflicto’ voy teniendo exactamente la misma sensación: que se llama ‘victoria’ a cosas como no irte al paro, lo cual es mucho decir. Por ‘la dignidad’, ¿pero qué dignidad, si la dejas en la puerta cuando pita la tarjetita de fichar y si te grita el encargado no le puedes contestar porque te mueres, con razón, de miedo de quedarte en la calle?, por ‘los puestos de trabajo’, para que el astillero tenga ‘carga de trabajo’. ¿Orgullo obrero de qué, de morirte por el amianto? ¿De que se muera tu mujer por lavarte la ropa perdida de amianto? ¿De morirte de silicosis? ¿De morirte en el curro, a secas? ¿Orgullo de trabajar para Google? ¿Orgullo de ocupar a cada minuto, adornado de lo que sea, una situación subalterna? Ellos no tienen ningún conflicto, ellos tienen un chollo. El conflicto lo tengo yo cada día que entro por la puerta. La lucha por la industria es la lucha por morir prematuramente. Con todos tus derechos peleados y tal incluso una buena jubilación, pero con un cadáver en casa con 60 tacos, con múltiples afecciones. No hay ninguna ‘dignidad’ aquí.

¿Qué demonios gana una persona que ha pasado más de un año acampada por el conflicto de Coca Cola? ¿La readmisión, el hecho de que el Estado te da la razón, la vuelta a un lugar en el que te tratan como a una mierda? Que luego encima han tenido que pasar un segundo calvario porque su proceso de readmisión fue llevado a la Audiencia Nacional (sí, a un tribunal de excepción). ¿El mejor esto que nada? Hay que tocar todas las teclas, vale, la lucha no es el único camino, OK, y asumimos como propias las circunstancias y desarrollo del movimiento obrero. Sí a todo, pero, ¿qué clase de vida se impone cuando ‘recuperamos un hotel y lo ponemos bajo mandato de los trabajadores‘, o sea, una versión ‘autoconcienciada’ del ser tu propio jefe? ¿Qué diferencia hay, no en la actitud, sino en la resolución del conflicto que señalábamos arriba; el hecho de ser tu propio jefe porque has emprendido, del hecho de ser tu propio jefe porque, hablando mal y pronto, la empresa os ha dejado tirados con un hotel? Por no hablar de las servidumbres de competir contra cadenas hoteleras y de lo cuestionable de un sector como el turismo: “no, pero que esto es de turismo RESPONSABLE”. Venga, sí, gracias. “Autoexplotación como modo de autonomía”, que lo llamó Jtxo Estebaranz.

Fiar la producción de nada a la competitividad, lo que quiera que esto sea, en vez de a la determinación y cobertura de necesidad, nos va a traer calvarios de acero, de Imasdémási -trabajadores formados en las instituciones públicas cuyos conocimientos son aprovechados para el lucro privado, eso es ‘trabajar de lo tuyo’, sí-, de agricultura, de hostelería, de todo; porque todo siempre se puede hacer por menos dinero poniendo en las espaldas de quien tiene menos oportunidades de defenderse la regulación del coste. Luego, claro, a producir petróleo de más, porque son unos cuñadazos, y a guardarlo cual abuela con el dinero bajo el colchón para venderlo a precio de oro cuando vengan ‘tiempos mejores’. En este caso, los avaros de la producción petrolera no tienen ni sitio para guardarlo. Unos adelantos científicos de la hostia en los últimos cincuenta años con los que se podría librar del trabajo a ciudades enteras y no, tú currando de nueve a ocho porque “está mal visto -super del lenguaje de la competitividad esto, cuidao- irse antes que el jefe”. No es científico, son presunciones de las relaciones de poder. Porque tienen razón, porque pueden. Ya no está la URSS, que deje por favor el movimiento obrero de vivir como si esto hubiera sido alguna vez un país industrializado con un montón de fábricas con miles de millones de obreros que han colgao al patrón alguna vez y que es bueno que las fábricas tengan miles de millones de personas porque se presiona más a la empresa que si tu jefe es un pymero. Pues no, esto no es así: esto es una colonia

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Creo que falta lo de pedir pan para que la pancarta sea puro 1954. Lo de que esté hecha en Comic Sans ni lo voy a comentar.

crecientemente turística, hecha de pequeños comercios con jefes endeudados que tiranizan a sus empleados, con una fuerza laboral desregulada que no sabe ni dónde va a trabajar mañana ni a qué hora, ni si va a trabajar incluso; y tenemos más posibilidades de que consigan -conseguir es un decir- cosas un montón de dependientas de Bershka hartas de los decibelios que soportan en sus tiendas o, como vimos en febrero, unos técnicos autónomos como fuerza de trabajo dispersa con cierta ayuda sindical difusa (grupos de whatsapp incluidos) que no pasa por la afiliación -porque el sindicalismo de concertación ha pasado millas de estas personas-; que asalariados de mediana edad que, de modo más que razonable, están deseando prejubilarse porque están hasta los huevos de todo. Y es normal. Y sin embargo, si la empresa que les ha prometido la prejubilación o la reducción de jornada se va mañana y ni prejubilan ni nada, por favor, quedaros, solidarizaros con esta comarca. Lo dicho, una trampa. La enésima trampa. Seguir en una ratonera ‘con más derechos’.

No, esto ya no es cuestión, lo digo siempre; ni de contratos, ni de modelos productivos, ni del TTIP, ni de los chinos, sino de algo tan básico como que hay un sujeto agente, que siempre son ellos, y un sujeto paciente, que siempre eres tú. Como sujeto agente ellos son siempre proactivos, y tú siempre reactivo. Y si quieres salir de la situación subalterna, tienes que convertirte en uno de ellos. Este mundo lleno de posibilidades en el que gracias a la libertazzz puedes elegir no juntar a tus hijos con inmigrantes en la escuela concertada y elegir entre enjuagues dentales de 17 colores solo deja dos vías en las relaciones laborales (y políticas, y humanas, y todas…): subalternidad vestida de orgullo -como mucho orgullo de no ser como el pachá de Arcelor, y en muchos casos no porque no quieras, sino porque no puedes-; o convertirte en un todopoderoso malo de cuento, de esos que antes eran temidos, pero también eran odiados, y que sin embargo ahora siguen siendo temidos pero tienen ciudades enteras a su disposición, entre otras cosas para las bodas de sus sobrinas; creando riqueza contratando camareros por horas para que sirvan el banquete.

Al final va a haber que contestar al cuñado franquista, al pachá de Arcelor, al de americana más zapatillas de Facebook como Coronado le contestó a Faruq -recordemos, el Juan Roig del Príncipe– en el último capítulo: “les destrozas la vida y encima tienen que darte las gracias”. No queremos “defender los puestos de trabajo”, “ganarles en los tribunales”, “mejorar nuestras condiciones”. Es una trampa. Ganan con eso o con lo contrario, puede que ganen, cuantitativamente más o menos, pero ganan. Ganan cuando deslocalizan aquí y vienen a ‘darnos oportunidades y rescatarnos de la pobreza’ y ganan cuando se marchan porque han encontrado a otros que pondrán menos pegas que nosotros para ser rescatados de la pobreza, porque ya nos hemos desarrollado demasiao y ahora somos caros. ¡Si es el cuento del útlimo siglo y medio, previsible hasta la saciedad! Cuando un cuartel de la Guardia Civil llegaba al País Vasco no se decía “ay qué bien, que seguro que sacan plazas fijas y así tengo un Trabajo Para Toda La Vida (TM)”, se decía “que se vayan”. Pues a estos igual. Que se vayan. Que se vayan y que nosotros pasemos de los mecanismos de defensa y de las estructuras endebles de apoyo mutuo a otra cosa, otra cosa que no está inventada, no hay modelo, no hay Dinamarca ni Venezuela que valgan. No al cuñado franquista, no al pachá de Arcelor, no al de americana más zapatillas de Facebook. No queremos “negociar” y “mejorar las condiciones” gracias a la “lucha obrera”, queremos que desaparezcan de nuestras vidas. Soñemos, pero hagamos.

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“Tengo que ir retrasando la maternidad porque TENGO precariedad”: PRISA lo vuelve a hacer

El pasado 16 de febrero -sí, este blog no se caracteriza por su inmediatez- estaba yo tranquilamente duchándome cuando de repente los temas de maternidad -un área que no me interesa de primera mano- volvieron a perseguirme, en este caso, en el Hora 25 con Àngels Barceló -mamá, te juro que mañana dejo lo de escuchar la SER, solo el fútbol los findes y porque un amigo es tertuliano en la desconexión local-, de la que no recordaba sus homilías baratas porque a esa hora no solía estar en casa habitualmente. “Otro ídolo empresarial con pies de barro ha caído, y otra vez el dinero y los viajes a Suiza”. Se refería a la trama de Vitaldent (where trama means franquiciados, algo perfectamente legal hasta donde yo sé, que ya cansa el rollo trama y el rollo caso y el rollo escándalo cuando es el modo de trabajo HABITUAL y muchas veces hasta legalmente constituido porque “si no no da dinero”). Una nueva condena a Díaz Ferrán, que encima está como una tapia. ¡Pobrecito! Pero luego saltó al tema de la maternidad tardía, de la INFECUNDIDAD, del DRAMÓN.

El programa empezó con la clásica introducción alarmista-pero-de-sentido-común-a-fuerza-de-tanto-repetirlo-y-de-traer-a-expertos-varios-para-que-tengan-su-cuarto-de-hora-de-gloria-y-les-oiga-su-mujer-en-casa-y-si-no-pues-que-se-escriba-algo-Vargas-Llosa-sobre-un-país-latinoamericano-presto-para-expoliar que suelen hacer los medios del grupo PRISA, que también aplica a otros temas como ¡se acaba la pasta de las pensiones! pero a la vez ¡vamos a vivir una crisis demográfica! Y da mucho miedito salir de casa, pero son siempre miedos FUNDAOS. Toma heredada la temática sobre “mujeres que no pueden cumplir el sueño de acunar a su bebé” que publicaba el diario que de lo único de lo que es independiente es de la mañana, también conocido como El País y que tan bien deconstruyó nuestra Adrastea aquí. “Esta generación es la más infecunda de la historia”, presentaba el tema Ánchels -como contrapartida a la “generación más preparada” o algo así-. Hay que ver, que ni curráis, ni tenéis hijos ni nada. ¿CACÉIS? “Algunas RENUNCIAN por decisión propia y otras por cuestiones médicas”. No soy una experta en filosofía del lenguaje, pero así a priori, las renuncias que he conocido por decisión propia precisamente no suelen ser.

Bueno, la cosa empezó más o menos bien: un par de testimonios de mujeres ya casi en los 40, una que no había querido tener hijos nunca y otra que lo había ido retrasando pero luego que si esto que si lo otro pues que al final nada pero que no lo vivía como un drama, se considera que ha sido la primera generación que ha podido elegir y etc. Entonces ahí interviene Ánchels, con toda la buena intención, para preguntarle a la primera que por qué no lo ha deseado. No sé, imagínate que te preguntan por qué desayunas por la mañana: pues esto es un poco igual. No sé, si puedes contestar a un por qué no con un y por qué sí y viceversa, la pregunta suele ser un poco mierda. Sin acritud.

Luego pasan al primer experto -no me voy a oír el audio otra vez para saber su cualificación exacta, que para lo que nos atañe es irrelevante-, y ahí ya mete mano diciendo que eso de la infecundidad deseada no es muy común, que es el 5% según los estudios, pero que no se puede saber muy bien porque todos tendemos a pensar que en el pasado hemos tomado las mejores decisiones -obviamente, si no, imagino que nos suicidaríamos-. Luego aquí entraría en juego un tema bastante tocho -sobre el que si alguien tiene algún tipo de bibliografía estaré encantada de que me la haga llegar- de cuándo podemos considerar realmente que una decisión la hemos tomado nosotros, hasta qué porcentaje es nuestra decisión y a partir de qué porcentaje lo ajeno hace que la decisión no pueda considerarse enteramente nuestra, un tema recurrente de este blog por otra parte. Después viene lo típico: cuando la simetría de roles es mayor en el hogar, parece que la peña está más dispuesta a fecundar. Tú ya te repartes bien lo de la casa y todo OK. La empresa, qué raro, no se toca.

Entran llamadas de los oyentes. Una cuenta que decidió que “en cuanto consolidara su situación laboral” tener un crío. Me gusto mucho lo de “consolidar tu situación laboral”, es un artefacto parecido a lo de la “empleabilidad”. Subyace que el sujeto paciente tiene cierta agencia sobre una serie de circunstancias que no es que no controle, es que muchas de ellas ni las conoce -por ejemplo, no conocemos las cuentas de nuestras empresas, sus hipotecas, sus compromisos… Nuestra vida en estos lares se rige en mucha medida por conformarnos con no saber, de hecho se premia el mirar a otro lado-. Pero bueno, la mujer consolidó, consolidó, pero ya era un poco tarde, y fue a ver a especialistas, y lo intentaba ahí con el marido y no había manera hasta que llegó el verano, se olvidaron del tema su marido y ella, se relajaron y cuando volvieron las vacaciones pues resulta que estaba embarazada. Y entonces habla otra experta que dice que esto es normal, que el “estrés” influye en la fecundidad, pero se habla someramente de una especie de “estrés por tener prisa” en tener al niño, no de otros “estreses”, me imagino que ya sabéis por dónde voy -asociados a tu contrato, por ejemplo-. El escenario “estar estresado por otros factores que no controlas a propósito de tu trabajo” tampoco: no se contempla. Es un tipo de estrés concreto el que produce la infecundidad, parece.

Y es en este punto del programa cuando viene esa frase de Ánchels que me puto sulibeya. La experta hace una primera aproximación con el lenguaje típico de “un blindaje gubernamental para preservar el derecho de las mujeres a ser madres -lo de la maternidad y el trabajo como derechos yo no lo termino de ver, que parece que estés pidiendo algo; pero eso ya para otro día- y que sea compatible con el trabajo”. Tonces Ánchels suelta: “Claro, es que ¿qué alternativas tiene una mujer que diga tengo que ir retrasando la maternidad porque TENGO precariedad?”. Y nada, luego la experta de turno empieza a hablar de donantes, ovocitos, congelaciones y (agarrarse aquí) la necesidad de dar CHARLAS (¡todo se arregla con charlas, protocolos, transparencia, participación ciudadana y cursos del INEM!) en los colegios y universidades para que la gente tenga los hijos antes. ¡Charlas! Lo malo de ponerme a escuchar la SER es la sensación constante de que se están descojonando en tu cara, la verdad… Por supuesto el tema ovocitos y congelaciones varias, por la privada. ¡Que tu desgracia sirva para que alguien se lucre, mujer, faltaría más!

O sea, no es por la pasta, no es por follar, no es por la fama ni las ganas de fastidiar, ni porque la precariedad sea un efecto buscado y blindadísimo -la legislación no blinda al currela, blinda el grado de puteamiento y lo amplía de forma pertinaz porque poh en el paro ehtaríah peor- administrativa y

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“No puedo salir hoy porque tengo precariedad y gripe”

legislativamente, tan blindada está que constituye nuestra ventaja competitiva; no es que el espacio de impunidad empresarial sea como Maracaná de grande. No, o sea, en una sola frase, “tengo precariedad”, la tía va y consigue dos cosas de un plumazo. La primera, la habitual cada vez que hablamos de trabajo: la desaparición del complemento agente, pero la segunda ya es la orgásmica consecución de que la precariedad -y la línea editorial de este blog siempre ha sido que TODO el empleo es precario puesto que no hay control ni sobre la producción ni sobre las circunstancias en que se hace, ni sobre para quién se trabaja, mucho menos sobre la distribución y el desempleo aparece como línea por abajo de chantaje- es una especie de enfermedad, un marrón personal, tener precariedad como quien tiene ladillas, treintaysiete y medio de fiebre, un resacón de la hostia o una mierda que me ha encalomado Ramírez el del departamento de ventas.

Por supuesto, el tema de “problema individualizado” tampoco es nuevo, pero realmente me encantó el combo, conseguir las dos cosas que digo arriba (tu problema+no hay culpables) de una tacada tan breve. Y aquí ya introduzco lo que me interesa: la discusión sobre el umbral de tolerancia y sobre nuestra capacidad de intervención. Todo el enfoque del programa se centra en pensar que el mercado laboral merece retoques mínimos (y basta con que se hable de ellos para que parezca que se hace algo, pero hablar no es hacer), es una especie de selva virgen a preservar tal y como está -¡hay que crear empleo!-, y que si queremos cambios, estos deben  pasar por nuestro cuerpo. Una intervención en el cuerpo de las personas (un donante, un aborto, una congelación de óvulos, un vientre de alquiler) aparece como más deseable que un cambio legislativo, y además hablamos de procesos con los que clínicas privadas se lucran. Lo cultural emerge como natural  y lo natural -la edad de tener un hijo- como alargable hasta la extenuación a demanda de la empresa, con el riesgo que conlleva tanto para madres como para hijos. Por no hablar de esas posibilidades que te dan las empresas, que en realidad no son posibilidades sino que son prescripciones.

Me recordó mucho a algo que leí en Dónde está mi tribu, de Carolina del Olmo, que habla del auge de cosas como la crianza natural como una especie de parche, de premio de consolación, de control de daños ante la imposibilidad de vivir la maternidad de otra manera ahora que estamos encajonados en nuestros pisos, metidos en nuestros curros y es difícil echar mano de redes sociales amplias -y no, una guardería abierta 12 horas diarias no es una red social amplia-, y que por supuesto acaba fagocitada no como nada revolucionario, sino como una mera tendencia de consumo, una manera de vender portabebés de tela: me busco la solución personal porque por otros cauces no hay nada que hacer. Y por supuesto esto es razonable, puesto que la única intención de actuación que hemos visto atañe siempre al tema recurrente de las guarderías y de los permisos. Te sientas cinco minutos o se lo explicas a un crío y ve claramente que liberar a una mujer tiempo para amamantar a una criatura, el hecho de que tenga esa potestad, es una cosa propia de campo de concentración, así que no, igual es verdad que desde las instituciones NO se puede, precisamente porque el umbral de tolerancia con los reinos de taifas-empresas son altísimos y nadie tiene ninguna intención de hacer que no lo sean, mucho menos ningún legislador. Y a esa gente estáis fiando la recuperación. ¿Recuperar el qué?

Y es justo al final del programa cuando se pasa más bien rapidito por un par de intervenciones que abordan lo anterior, pero eso, se despachan rápido: una oyente que tuvo a su hija con 35 años y ahora su hija tiene 10 años y dice que ojalá la hubiera tenido antes, que ahora la niña le agota, que ya tiene una edad (se conoce que a esta mujer no le dieron la charla esa de arriba, el tema de que trabajara en un bingo y hubiera días en que salía a las cuatro de la mañana seguramente no tenía nada que ver); y una trabajadora social diciendo que en su curro le sorprendían las altísimas cifras de mujeres que queriendo tener el hijo, habían de abortar por “las circunstancias” (TM) again, no hay actores. Ya aprovecho este último particular para decirles a quienes se manifiestan frente a clínicas de interrupción del embarazo que yo que vosotros, si os preocupa la vida de verdad y en un sentido amplio, me montaba la mani en la puerta de la sede de la CEOE.

Ya como autoparodia máxima, resulta que en el Hora 25 hacen una movida diaria de un cuarto de hora llamada ESTARTAPEANDO en la que entrepreneurs varios te hablan de su start-up (de verdad que he tenido que rascarme después de escribir estas dos líneas). Pues nada, justo ese día el invitado era un pabo que había montao una start-up

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“Si esperáis demasiado acunaréis un Yorkshire”. No sé, tampoco tan mala pinta, ¿no?

de calcetines, entonces va Ánchels y le pregunta cuáles son las principales dificultades que ha encontrado en su negocio, y va el tío y suelta que en España no hay “cultura del calcetín”. Con dos cojones.

Madre mía Ánchels, el dinero negro y los viajes a Suiza. Madre mía Ánchels Díaz Ferrán en la trena y madre mía Ánchels los calcetines. Por relacionarlo todo con la parte central de esta HORA 25 DEL INFIERNO que me tragué casi sin pestañear, a lo mejor la infecundidad tiene algo que ver con trabajar para los del dinero negro y los viajes a Suiza, o con trabajar para el de meter más horas por menos dinero; o incluso con que tu jefe sea una pyme entrañable con un señor obsesionado con los calcetines que a lo mejor no te paga porque dice que está empezando. No son catarros, Ánchels, son personas jodiendo a otras personas, y siendo vuestros anunciantes, que no esperaba nada rompedor de la radio que instauró el ERE de becarios, pero es que ya lo vuestro es un puto insulto diario. Estamos muy cansados de que lo único tipificado como problema sea “la falta de apoyos para seguir trabajando y siendo madre a la vez”, y no el trabajo mismo, claro que no esperamos menos de quienes constituyen su identidad, autoridad y ventajas en ser expertos en tal y cual y tener su tribunilla de mierda para disertar. A lo mejor esta historia del reloj biológico es a las mujeres lo que el prestigio de las instituciones a los politólogos y lo que el espíritu de Juanito al Real Madrid: N-A-D-A: no ecsiste y encima sirve para justificar mierdas de todo pelaje. 

A vosotras, qué deciros: pues que construyáis terceras vías, que no apoyéis la misantropía, que habemos gente en vuestro entorno cercano que sin querer tener hijos de primera mano sí echamos de menos el contacto con niños en este mundo de infancias privatizadas y que es un aspecto en el que se puede trabajar; que ante el vaso comunicante trabajo-maternidad (te damos excedencia si tienes un crío/si no tienes crío tienes que aspirar a ser directiva, como si no hubiera namás en la vida), está la opción muy sana de no hacer nada, y que como explica June Fernández , a lo mejor ese sueño, ese deseo -en realidad esa orden- la impone el sistema productivo, el mismo que privatiza la familia y nos impide a los solteros tener un contacto habitual con niños -soy hija única, no tengo sobrinos- y consigue a su vez que las madres cumplan su “sueño”, incluso como decía, con intervenciones corporales de toda índole; pero al precio de sentirse tremendamente solas y sin que nadie desde instancias políticas vaya a mover un dedo para que no sigan secuestradas en sus empresas o con miedo de irse a la calle. Con miedo de una cosa y de la contraria. Eso no es vivir.

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