Por qué tu medio de comunicación se está convirtiendo en una empresa de eventos

Hace unas semanas sorprendió a propios y a extraños este viaje a Roma que publicitaba El Mundo como si se en vez de un periódico se tratara de una agencia de viajes. Lo hacía con una página a tamaño completo, pero la cosa no se queda aquí: salseando en la web del periódico vi que este eventillo no era una cosa puntual, sino que, en efecto, hay toda una sección en la web que se llama La Vuelta a El Mundo, y que hay muuuchos viajes más para elegir. Vamos, que sí, que El Mundo, bajo la apariencia de periódico, SÍ se ha convertido en una agencia de viajes. Ahora el quid de la cuestión es saber en qué se han convertido o se van a convertir sus periodistas (y no solo los de El Mundo, ojo). Puede que a dicho viaje se le quiera dar mucha bola como para meter una pedazo plancha de publi, pero la explicación suele ser más mundana: cuando metes publi propia, y a semejante tamaño, es porque no te la han metido los demás.

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Si yo me fuera de viaje con el de la derecha, también pondría la cara del de la izquierda.

La verdad es que el producto este de los viajes está muy bien acabado: une las filias de la línea editorial del periódico (la colonización española, caso de Landaluce, con la que también puedes hacer un viaje de DOCE días), con la deriva de clase de los propios periodistas (no puedes haberte ido a “dar clases a niños” a Latinoamérica, como comenta la interfecta, sin un colchón económico bastante holgado, cualquier currito tiene que ahorrar durante un tiempo majo solo para poder comprarse un pasaje de avión). Vamos, una fusión entre las dos formas de neocolonialismo más “dignificadas”: la cooperación internacional y, ahora, el sector pujante llamado turismo. Una reproducción posmoderna de lo ocurrido hace cinco siglos, pero en el campo del ocio.

La prensa anda mal de dinero (para sueldos, los directivos viven bien)

Y más o menos en esa premisa se sustenta esta transición mierder de los medios a empresa de eventos. Andan endeudados (pero los directivos y los periodistas estrellas -ojo, un redactor que se ha hecho tuitstar NO es un periodista estrella, es un enterao que se ha alargado la jornada laboral sin aumentar el salario- no se han rebajado ningún sueldo), y ven que 1) sus lectores tradicionales de clase media y mediana edad ya pasan de gastarse dinero en información existiendo internet 2) lo de la cartilla y siete millones de cupones para conseguir el albornoz del Real Madrid ha dejado de funcionar en la era Amazon y 3) pueden tirar de los esfuerzos de la plantilla de una manera “distinta”, llamémosle “creativa”: con el arma de doble filo de la, ¡ay! (la verdad es que le íbamos a dedicar un “Brasas del siglo XXI” a este apartado)… MARCA PERSONAL.

¿Y en qué no quiere recortar presupuesto la Españaza wannabe? Pues en ocio y esparcimiento, particularmente en viajes. La sensación que da es que irte cuatro días de turismo cultural con Jorge Bustos no es como ese turismo de borrachera inglés en Benidorm, esos balconings y esas cosas no hispanas. Irse de “turismo cultural” está bien, es respetuoso, no es dañino. Los medios no están haciendo nada que no vaya en la línea que marcan las instituciones con el “turismo digno, sostenible”: llenarnos los sitios de congresistas y académicos que se creen que una señora que gana dos euros por hacerles la habitación cobra más por limpiarles el váter a ellos y que piensan que ellos borrachos y puestos en algún congreso de mierda no son como los ingleses en Dénia (no lo son, son casi peores). Pero vamos, que les pregunten a los venecianos si el “turismo cultural” no es dañino. Ahí, en ese afán de ostentación tan cutrorro es donde entran nuestras propuestas viajeras y congresuales. La SER lleva ya no sé cuántas ediciones de los Congresos del Bienestar, que comparten esta misma estructura: colaboración institucional con Diputaciones, mesas redondas que entremezclan periodistas, colaboradores y algún famoso venido a menos, y por supuesto un paquete turístico a una ciudad mediana (la que te diga la diputación), todo ello aderezado con su poco de coaching -ediciones anteriores de estos congresos han tenido por título que si la vida buena, que si la felicidad…-. Vamos, todo lo que sería el pseudoestablishment unido en un evento con valores 100% siglo XXI. Pero la colaboración público-privada te la explican mejor ellos.

La empresa privada se mete encantada también, claro. El Santander organiza un congreso “””””””feminista”””””””” encantado de la vida y Manuela Carmena va al mismo vestida de rojo también de mil amores, para luego tener una amplia cobertura en las cabeceras de Vocento y Toni Garrido (aka El que va después de mi amiga Pepaweno) presenta un espacio llamado ‘Conduce como piensas’ patrocinado por Toyota mientras que en la SER te hablan del cambio climático pero luego también te hablan de qué bien el plan PIVE y que si el protocolo anticontaminación. Vamos, lo mismo que hacen con las casas de apuestas: anuncios cada tres segundos en Carrusel Deportivo y luego un reportajito sobre la adicción en plan ALARMA MÁXIMA en Hora 25. Para compensar, supongo.

 

No quería olvidarme de los medios con pocos recursos cuyos “eventos” más que a la

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Sobre todo, gente normal, como tú y como yo. Gente “que inspira”.

autopromoción se orientan a la recaudación, porque no tienen a Iberdrola y demás de su parte. Recompensas como cenar con Antonio Maestre si pones una cantidad de pasta “importante” en un crowdfunding. La verdad es que hay que tener mucho amor propio para ponerse a uno mismo como recompensa, pero sí que es verdad que los medios pobretones -por ser eso, pobretones-, no tienen mucho más que dar. Así que te tienes que dar tú entero. Lo que toca decidir es si eso es bueno o malo (sí, es malo, Antonio, es malo).

¿Con qué están jugando los propietarios?

Los procesos de concentración de la propiedad de los medios no están jugando con nada que no hayamos comentado ya aquí. Tranquilidad que no vamos a ponernos filosóficos con la incertidumbre de los tiempos líquidos ni la falta de seguridades, que el cupo de artículos al respecto en Internet creo que colapsó algo así como en 2017. Sin embargo, esos servicios que se prestaban gratis (y a veces et amore, era “lógico”) en los tiempos de becario meritorio “pa que vean que tengo la actitú” se han ido extendiendo como una mancha a lo largo de la vida laboral. Tampoco es un juego nuevo en los trabajos: está el convenio colectivo (si has tenido suerte de renovarlo), pero todos sabemos que hay una zona difusa, no cuantificable, en la que hay que hacer algunas cosas que no te apetecen mucho pero tu instinto te dice que mejor que las hagas porque mañana a saber qué pasa. Pero ojo, no todo es tan coercitivo. Esta pasada semana un reportaje sobre el nuevo libro del exdirector de El Mundo David Jiménez extractaba curiosidades como que algunos periodistas económicos obtenían ventajas en sus hipotecas en los buenos tiempos y a una columnista del medio (y de Pepa Daily) no se le ocurre otra cosa que decir que dicha redacción “abnegada” ha sufrido cuatro EREs en cuatro años y que no hay que remover la mierda. Ok. Pero claro, luego “sin periodismo no hay democracia”. Cuando pocas cosas más antidemocráticas hay que las redacciones (quizá los partidos del Real Madrid…). Ni siquiera esas ventajillas más epatantes, más de decir “qué fuerte todo”, más de cabecera de Madrí, son las que más me preocupan. Son mucho peores las interiorizadas. ¿Que te dice la diputación que hay que hacer un suplemento publicitario? Se hace. ¿Que te llaman del gobierno regional para presentar una cosa en rueda de prensa que sabes que es marketing puro y tú tienes un tema propio mucho más interesante entre manos? Se deja todo y se va. En esos casos es que no hay ni margen para la duda. Se hace by default. Y ya está.

Y en estas navega el periodismo patrio de palo y zanahoria (orgulloso de recibir ambos y defendiéndolo como si la prensa no fuera una profesión hipersubvencionada -que tú, amigo becario, curres con un convenio mierder no quiere decir que no lo esté, sino que a ti no te llega el flujo de pasta porque en principio ahora mismo no hace falta comprar a más gente-): es capaz de reconocer sus factores tóxicos en los pasillos mientras se toma un café en un descanso, pero, de cara al exterior, aprieta filas como si no pasara nada y como si no fueran precisamente los redactores de a pie algunos de los perjudicados (por no llamarlos los tontos útiles) de las prácticas cloaquiles que sus jefes deciden. Lo resume mejor Raúl Solís aquí. En fin, la pocilga solo puede confesarse entre compañeros, pero al externo, pase lo que pase, hay que seguir diciéndole que aquí lo que se presta es un servicio social. Supongo que, ante la sangría del paro, autoconvencerse y convencer, no solo de la utilidad, sino de la bondad intrínseca del trabajo de uno es una especie de mecanismo de defensa psicológica (¿pero cómo voy a ser yo malo, si meto más horas que un reloj?).

Y, por volver un poco a los eventos que decíamos arriba, todo esto se da en la época del evento, la tertulia y el periodista orquesta. Por lo menos antes se llamaba periodista orquesta al que te hacía una conexión en directo, te editaba el vídeo, te hacía fotos y era un crack con Photoshop. Ahora es otra cosa: es el que te OPINA en La Sexta Noche, te OPINA en lo de Ferreras farloperas, te escribe un libro y te OPINA en la presentación, te OPINA en Twitter y te OPINA en su podcast. Haciendo carrera por poner cuantos más @loquesea en la bio de Twitter. Podemos llamarlo demanda de marca personal o como queráis. Pero no sé si se ha analizado lo suficiente cómo este giro mercantil captura la subjetividad de esos periodistas, que lo esgrimen como su derecho al trabajo (derecho al trabajo=deber de trabajar). Veo todos los días a periodistas y tertulianos muy “anticapitalistas” cuya ventaja ante otros colegas es su disposición a estar en todos los saraos, cosa que ahora mismo no solo no es anticapitalista, sino que es capitalismo que te corre por las venas. Que a ver, intuitivamente es lo “racional”, si te echan de un lado, tu sobreexposición hace “destacar tu CV sobre el resto”, así, a lo Infojobs premium, pero es que no es bueno ni para el periodismo, ni para la democracia (por seguir con los valores del cacareado eslógan), ni por supuesto para el periodista, que, como los mineros aunque se estuvieran muriendo de silicosis, defenderán la dignidad de su trabajo, porque el trabajo nos hace hacer eso, y cuando en el trabajo no pones solo tus brazos o tus piernas, sino tu persona entera, hay un giro la hostia de jodido. El futuro de la conflictividad laboral serán los juicios por sordera de las dependientas de Bershka y los periodistas damnificados por la marca personal -si se echa un ojo a las redes sociales, algún nombre ya se puede ir dando-, que además, me dice mi intuición cuñada, no están ganando tantísimo dinero ni mucho menos. Y claro, ahí habrá que dilucidar dónde está la responsabilidad empresarial y dónde la individual, y habrá que ver qué se hizo “porque se quiso” y qué era “obligatorio” y “todos lo hacían”. Ay. Al ser algo tan resbaladizo, a lo mejor hay que pensar en ir legislándolo (poner un cupo de horas, o yo qué sé). Pero si yo fuera un sindicato, me andaría alerta.

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Not beautiful: impresiones de una castellanoparlante

Puede ser un plan excelente para finales de septiembre. Toma un autobús fabricado en Goierri Valley y ve a Bermeo Tuna World Capital. Compra un par de cervezas en Izaro Irish Pub y disfruta de las regatas sentado en el muelle. Seguro que en alguna de las traineras hay remeros pertenecientes a BAT Basque Team, y a lo mejor Go Fit Hondarribia gana la regata. Si no te gusta el deporte, cerca está Urdaibai Bird Center. Al caer la tarde puedes ir a Gipuzkoa y, tras cenar en el Basque Culinary Center, puedes darte una vuelta por Donostia, a ver qué encuentras en San Sebastian Region.

Jon Ander de la Hoz, Euskarazko hazia lore erdaretan. Berria, 25 de mayo de 2018 (la traducción es mía).

Como persona hija de emigrantes castellanos, que ha estudiado en castellano y cuyas relaciones personales se desarrollan mayoritariamente en castellano, mi aproximación al euskera, y esto a pesar de haber ido a la guardería en ese idioma, se ha dado de una manera algo casual, impulsada por los acontecimientos, aunque también tengo que decir que vivo en un barrio bastante euskaldun y todo ayuda. Ergo, mi acercamiento al idioma no ha sido una necesidad práctica (tengo que  sacarme el perfil no sé qué para la oposición no sé cuántos), sino casi casi una decisión política con un entorno que me ha llevado en volandas. Mi consumo mediático en castellano ha descendido en picado especialmente tras el 1-O, y ahí estaban los medios en euskera para tener la posibilidad de acercarme al mundo de otra manera. Ya los consumía antes pero ni por asomo en la proporción actual. Una cosa lleva a la otra y sin proponértelo empiezas a moverte en otros parámetros. Tu mundo ya no es ese en el que el programa de Cachitos pone una canción en euskera en señal progre de respeto y diversidad, sino que simplemente la centralidad está en otro sitio. ¿Va a hacer Cachitos un programa con todas las canciones en euskera? ¿Va a formar parte de la normalidad que alguna canción de las galas de OT se cante en euskera? En el caso de RTVE, en vez de aumentar la presencia de “lenguas regionales” a base de desconexiones territoriales como se propone, ¿va a comenzarse a tratar con naturalidad que se hagan declaraciones en gallego, euskera, castellano, valenciano, asturiano… en programas de ámbito estatal? La mayoría sabemos que la respuesta a estas preguntas es que no, es el elefante en la habitación, y por eso vamos caminando hacia otras partes. Así que una ya no está en el centro, está en lo que era la zona complementaria, que tú misma conviertes en cuasi central, al menos en algunos ámbitos.

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¿Os acordáis de las conchas de oro y plata, lo bonitas que eran? Ahora les dan lo que sujeta arriba esta mujer, que parece una manualidad de 3º de Primaria para regalar el día de la madre.

De un tiempo a esta parte y en aras de una supuesta difusión/internacionalización, veo dos tipos de iniciativa que tienen al euskera como protagonista: por un lado, el juego que Jon Ander de la Hoz comenta en el párrafo superior, y que consiste en una difusión de “lo vasco” que se salta el castellano y pasa directamente al inglés (dándose la paradoja de que el euskera se borra en vez de difundirse, véase Donostiako Zinemaldia transformado en SSIFF), y por otro, el uso de las redes sociales para la difusión de curiosidades, no tanto para que se aprenda el idioma (quienes se encargan de estos contenidos no son filólogos ni profesores), sino para que se simpatice con él. Hay quien ha optado por hacer canales para ello y quien se ha apuntado a la viralidad con vídeos e hilos de Twitter.

Empiezo, desde el castellanoparlantismo general, con algunas de mis objeciones. Cualquier idioma está formado por raíces y desinencias, mezcolanzas varias, contagios, adaptaciones, todo tipo de vueltas de tuerca. Con cada idioma se podría hacer un hilo o un vídeo y denominar al idioma bello, bonito, exótico or whatever. La periodista Karmele Jaio nos recuerda que, si en euskera bombero se dice suhiltzaile, o sea, asesino de fuego; en inglés se dice firefighter, esto es, luchador contra el fuego. “¿Y no es esto bonito también?”, se pregunta la escritora. Pues claro. Siempre que el parámetro de validez de un idioma lo quieras poner en la bonitez, por llamarlo de algún modo. Bajo el manto de la divulgación se establece una suerte de competición de poca monta con unos mimbres bastante anglófilos (sí, la coletilla de “and I think that’s beautiful” me da para atrás). Me ha tranquilizado un poco saber que personas de entorno y actividad 100% euskaldun lo ven de la misma manera.

Sin embargo, la normalización, si se quiere la valorización de un idioma, no viene dada por su belleza, por la realización de contenidos que interpelen a quienes no hablen esta lengua, tratando de hacerla deseable en clave de cierta exotización de la misma. No trato de criticar dichos contenidos, solo quiero ponerlos en contexto. La presunta belleza no debería ser causa de legitimidad, mucho menos en el caso de los idiomas. Otra cosa que no estaría de más aclarar es que quienes rechazan las lenguas minorizadas no lo hacen por ignorancia: si les damos un dato nuevo sobre x, no va a servir para acercarse o al menos respetar el idioma. Lo odian porque se puede odiar, porque no tiene consecuencias, porque han doblado muy bien la cuchara de sentirse agredidos cuando se habla otra cosa distinta del castellano (aunque a veces cambien de opinión y no les importe minorizar su castellano porque el inglés es una cosa importantísima para tener mundo. Como dice Griseo, el problema no es El Inglés, el problema son los españoles hablando inglés). Los virales no vienen a llenar un hueco que trate de paliar un desconocimiento y una vez “hecha la luz” llegaría la normalización (o al menos el respeto) idiomática, qué va. Como en el caso de las fake news a cuyos destinatarios les importa tres pares de cojones que sean mentira (y para esos destinatarios se hacen), el permitirse conocer o desconocer una lengua; el permitirse tomar o no como cierto un bulo, viene de una posición propia de poder, de saber que se puede estar por encima de algo o de alguien. (offtopic: ¿para cuándo un Maldito Bulo de los empleos directos e indirectos que se crean -jeje- en España? ¿Para cuándo otro sobre el dinero público que nos cuestan las empresas?).

(no ha sido en Girona)

Y mientras todo esto ocurre, ¿dónde estamos cada uno?

Pues el Ayuntamiento de Donostia, mi ciudad, ha decidido que es una buena idea hacer rutas y un manual con vocabulario para que los turistas “jueguen” (literal) con

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Qué tiempos aquellos cuando éramos turismófobos.

el idioma. Repasemos cronología de Ayuntamiento de Donostia con el turismo: 2017: nos llamaban turismófobos. 2018: lanzan una campaña en inglés y francés bajo el título ‘Love San Sebastian, Live Donostia’, en la que se pide respetar a los vecinos (vamos, que reconocen implícitamente que algo de razon teníamos). 2019: como un intento conciliatorio cutre, utilizan el idioma autóctono (indigenizándolo una vez más) para tratar de que nos parezca mejor que nos meen en la calle si saben decir eskerrik asko. Ok. No lo digo yo, no lo dice el Gara, lo dice El Confidencial. Un aditamento como la puta noria de 50 metros que nos han plantado en Alderdi Eder, y que junto con las luces de navidad ha hecho que muchos pasemos de ir al centro para evitar un ataque de epilepsia. Aunque al concejal del ramo le parecía que estábamos salvando vidas.

Por otra parte, Aitzol Elizaran se planteaba en un artículo de opinión: “¿se imagina alguien entrar en un establecimiento y encontrarse un cartelito que dijera “sabemos castellano”? No, ¿verdad?”. No sé si podemos permitirnos dejar algo para “jugar” a nadie cuando nuestra situación real es esa.

¿Y qué pasa cuando, por el contrario, alguien consigue, “mayorizar” la lengua minorizada? Que nos encontramos con un problema análogo al que plantea el turismo, pero por distintos motivos. MTV se trajo sus premios a Bilbao y uno de los grupos que actuaron durante aquel fin de semana en el que muchos movimientos sociales se manifestaban contra este tipo de eventos que redundan en una idea de ciudad-marca era… Berri Txarrak. El grupo explicaba sus razones para actuar en dicho evento de manera sucinta, y su argumento no pecaba de extravagante ni contribuía a la indigenización. Preguntaban directamente qué hacíamos cada uno por el euskera. Si había oportunidades como la de ese fin de semana para decir a nivel mundial “eh, hola, aquí no hablamos, ni creamos, ni vivimos todos en castellano”. La cuestión, en resumidas cuentas, es si se puede asegurar una difusión masiva no exotizante sin hacer uso del engranaje del capitalismo financiarizado en el que vivimos en este minuto, en el caso que nos ocupa, asociado a los macroeventos. El problema, o la bendición si se quiere, de Berri Txarrak, viene derivado del crecimiento inconmensurable que han tenido como banda, y ya sabemos los problemas que puede plantear eso (ya solo puedes crecer por ahí, y decrecer no es una opción). Pocos como ellos están en condiciones de internacionalizar la lengua. Ha sido un debate desde una posición extraña, porque por primera vez parecía que el euskera se situaba en una palestra ganadora. Además, todo esto fue antes de saber que el grupo más internacional que hemos tenido jamás anunciaba un “parón indefinido”. No creo que todo esto haya sido clave para la decisión, pero sí que Urbizu y cía han podido vislumbrar los puntos ciegos de las trayectorias ascendentes con respecto a lo idiomático.

Siempre se habla de la ligazón de uno con la lengua por esos momentos bellos, inolvidables, “lo que nos enseña nuestra madre en el regazo”, con la que dices tu primer te quiero. Para mí es todo lo contrario. El euskera (u otras lenguas minorizadas) no tiene que ser un idioma bonito: tiene que ser un idioma de uso cotidiano que sirva, más que para esos momentos que decíamos arriba, para la banalidad del día a día, diría incluso para lo tedioso. Lo mantendrá vivo esa banalidad: pedir un café, pedir cita para hacerte una histeroscopia, ir al notario, preguntar en el supermercado dónde está la leche, poder hablar con el de la grúa para decirle en qué punto kilométrico se te ha pinchado la rueda del coche… Y sí, venga, también decir te quiero. Puedo hablar más idiomas aparte del castellano, el euskera también es mi idioma no por transmisión familiar, sino porque es el idioma en el que hablo con una parte de la gente a la que quiero; sin embargo, y por mucha fluidez que tenga en otra lengua me resulta imposible enfadarme y jurar en un idioma que no sea el castellano. He ahí lo banal.

Que lo normal sea usarlo, que no nos parezca bien (es más, que parezca pelín insultante) que el premio para el ganador de un reality de supervivencia en el canal autonómico en euskera sea… participar en un reality de supervivencia en el canal autonómico en castellano. Ponernos en el centro en vez de buscar la complicidad de quien quizá no participaría de ello pero sí miraría a otro lado si nos aniquilan. Abrir espacios nuevos. Usarlo, no como hago yo aquí (razón práctica, que no es excusa, tardo cuatro veces más en escribir en un idioma que no es mi lengua materna). No hagáis lo que yo.

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17 enlaces por si en Nochevieja piensas empiltrarte a las 00.30 (como mucho) (II)

Ante la buena acogida de la edición 2016 de este mismo post, ese servicio público que es DeC se ha decidido a hacer una recopilación de algunas cositas leídas por su administradora a finales de este convulso 2018 por si a alguien le interesaren. He de decir que ante la inflación de artículos (que al final la periodistada padre tiene que comer) que el imperativo de la inmediatez nos trae -que vuelva la economía productiva, plz-, mi morro se ha vuelto bastante fino y paso más tiempo descartando artículos que leyéndolos en sí, por no decir que he leído más papel y libros que nunca, así que los enlaces deberían de ser algo mejores que otros años (puede que también más largos, así que si habéis bebido muchos gintonics a cara de perro -expresión de @srdaine-, igual no es el mejor momento para su lectura). Al final se trata de leerte o escribir cosas tres o cuatro meses después de ese momento de histeria colectiva porque ha pasado X y tengo que “entenderlo” como sea. Siempre ha sido ese y no otro el espíritu de esta vuestra casa. La inmediatez la dejamos para las urgencias del hospital, todo lo contrario es inútil y contraproducente. Lo siento, pero servidora ya no se traga un análisis de “el ascenso de Vox” (por poner algo muy contemporáneo), al día siguiente de unas elecciones. No pulso ahí, give that bone to another dog.

Ok, al lío.

1) Sectores ¿productivos?

*Un reportajillo en Vanity Fair sobre la historia e implicaciones de Marina D’Or. Es como una historia de los últimos 20 años de la costa mediterránea española en pequeñito (te mueres con el último párrafo). También este reportajillo viejuno (2006) de Joseba Elola en El País sobre el momento en que el templo de Oropesa estaba en la cresta de la ola. Desternillante.

*Aquí nos explican en qué consiste lo de hacer America Great Again. Las empresas no retornan (ni siquiera se puede decir retornar, porque muchas veces el capital ya ni es americano) como si no hubieran ensayado las peores prácticas posibles durante sus tiempos de deslocalización en Asia. El boom de la industria automovilística en Alabama ha sido algo así. El repor describe de modo bastante gráfico los accidentes que se dan en estas áreas de creación de empleo like fucking churros (bueno, y como si hicieran falta más coches).

*Una reseña muy completa del libro Bullshit Jobs (Trabajos de mierda, ya editado en castellano) de David Graeber. Es la continuación natural de este artículo que hemos enlazado en DeC más de una, más de dos y puede que más de tres veces. Ahí está quien esto escribe, en una mezcla entre lo flunky y lo duct taper.

2) Aniversario de esta nuestra Constitución

*Paco Letamendia contándote por qué su “no es no” is for real.

*Una bonita disección de cómo se gestó el texto constitucional y sus consecuencias. Con un montón de referencias y menciones a cosas que hoy estamos pagando.

3) Comunidad, desiertos neoliberales, fachas around?

Ha sido un lugar común durante este año leer que los ascensos ultraderechistas se deben, a varias causas: pérdida del sentido de la comunidad, certezas -¿pero sobre quiénes?- ante la intemperie neoliberal e incluso ausencia de propuestas políticas que pongan en valor y peleen por los “intereses objetivos” de clase.

*Algunos apuntes de César Rendueles sobre la dificultad de que nuestras acciones colectivas sean eficaces en sociedades individualistas. Vemos los lazos densos como una dependencia insoportable cuando a la vez la (supuesta) autonomía extrema nos vuelve inermes para conseguir objetivos que vayan más allá de nosotros mismos. No hay prueba más fehaciente de esto que el hecho de que estemos escribiendo blogs en nuestras casas pensando que el conjunto de datos, evidencias y testimonios que damos, en algún momento desborda un vaso y, chas, llega la “acción colectiva” ¿Qué camino debemos transitar entonces?

*El resentimiento como un vínculo social tan poderoso como la confianza. Cada vez estamos viendo más de cerca la traducción de este hecho. Medianamente relacionado, un hilo de @SeoirseThomais  que disecciona al primo hermano del resentimiento -vamos, el fanatismo- y cómo distorsiona los denominados “intereses objetivos de clase” hasta llegar a regímenes pretéritos quizá no tan superados como pensamos. Cuando se habla de “políticas transformadoras” y de “intereses objetivos”, echo de menos que me respondan el “hacia dónde” y el “de quiénes”, porque ya no sé quién es el que “objetiviza”.

*Owen Jones sobre cómo ser un hombre. El síndrome del breadwinning, que me gusta llamarlo, cuando se vienen abajo porque pierden sus curros y su supuesto lugar en la vida -lo que acaba como ya estamos viendo en algunos lugares del globo, con una alianza nacional de mínimos con el poder real para machacar al que está peor-, vamos, una radiografía de la relación masculinidad/trabajo asalariado/roles familiares.

*El vacío de las experiencias pop-up, (contra una supuesta rutinización, necesidad de que todo sea nuevo) edición Nueva York. Me ha parecido más agobiante que las colas para Port Aventura y ya se sentará alguien conmigo y me explicará, pero me cuesta entender cómo se puede pagar para entrar a estos sitios, la verdad. Me han dado ataques epilépticos solo viendo las fotos.

4) Dossier chalecos amarillos (para los que no quieren agobiarse con el tema pero tampoco comprarse el libro cuando salga, porque evidentemente va a salir)

En cierto modo relacionado con esto último, una esta un poco preocupada por cómo parece que cualquier cosa que haga un movimiento social de antiguo o nuevo cuño tiene que ir envuelta en una suerte de empaquetado (que tampoco sé si los ponen los movimientos o los ponen los medios) que lo haga mediáticamente consumible. Al final, antes que frente a un nuevo movimiento social (o ponle el nombre que sea a estas cosas, yo ya no sé qué nombre ponerle), parece que estamos ante un cantante cualquiera salido de la Factoría de OT, que tiene un par de temas que OK pero que termina por apagarse para dar paso a… el siguiente cantante de la Factoría de OT (léase la analogía entre la Factoría de OT y los medios de comunicación). Los medios, ¿nos visibilizan (TM) o nos chupan la sangre? Igual hay que empezar a pensar en clave de lo segundo.

* Una aproximación más general al tema diseccionando por género y sobre cómo el movimentismo no tiene por qué ser exclusivamente de izquierdas (lo cual replantea la ecuación entre derecha y “orden”, claro).

* Impuestos verdes, chalecos amarillos. Como describen los autores, estamos ante el trailer de la crisis ecosocial que se nos viene (el artículo deriva de este hilo, por si prefieres leerlo en ese formato). PD: Dicha crisis ecosocial toca de lleno las leyendas y modos de vida de las clases medias europeas (y ya no hablamos tan solo de un tema de reparto, sino también de expectativas, de vida buena, de qué significa “comprarse un coche mejor” -en ciudad, significa no comprarse ninguno-. Que no es solo eat the rich, sino que el modelo de “parecerse un poquillo al rich” tampoco sirve). Sensación de pérdida vs. sensación de todo por hacer.

* Cómo se incardina el movimiento de chalecos amarillos dentro de una economía global no productiva, sino financiarizada.  Los manifestantes saben de qué va el tema. 

Una fotito de los libros en castellano que más me han gustado durante este año.

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Feliz 2019. DORMID MUCHO. No se me ocurre mejor modo de ser bueno con uno mismo que dormir como está mandado, incluso más.

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Napbox, ¡pero si yo lo que quiero es dormir en mi casa!

Imagino que más de uno y más de dos estarán arrepentidos de haber hecho aquel comentario de qué maravilla el smartphone que puedo conectarle el correo del trabajo y si tengo un tramitillo mierder lo puedo solventar en el momento y no tengo que esperar hasta el día siguiente. Claro, pero es que con una medida que “te beneficia” (ejem), te viene todo el pack que no (jefe llamándote a cualquier hora porque sabe que no apagas el teléfono y además estás haciendo el pollas con alguna app, regalando más datos-dinero a otra gente que no sabes ni quiénes son y a los que casi das más beneficios que a tu propio jefe.

Pues nada, resulta que un nota ha presentado en ese evento tan sano y dejador de dineros -me imagino a Colau llamado a los porterillos de todos los barceloneses con un sobre en mano con lo que le “deja” a cada barcelonés- que es el MWC un cubículo para dormir (artículo completo aquí). Y yo digo: “A ver, pero si yo ya tenía uno de estos en el local de la peña del pueblo, qué me estás contando”. Algún periodista dice que ha sido el mejor invento visto en Mobile. Ya sé que en periodismo se cobra poco pero hay que tener una vida un poco difícil para describir como mejor invento una cama de 60 centímetros de ancho, que son los que tiene. Sin más demora, diseccionemos este cacharro llamado Napbox, que tiene telita. Empezando por que al inventor se le ocurrió tamaña idea en el módulo de deportaciones de un aeropuerto bielorruso.

La primera en la frente: resulta que lo que se supone un habitáculo para descansar está “lleno de tecnología”. A mí ya se me quitaría el sueño haciendo check in y check out. ¡Se te come la hora de la siesta solo para entrar y salir! “En una pantalla exterior te registras con una tarjeta de crédito y escaneando tu DNI”. Te sacan los datos hasta sobando, Hulio. “El modelo que hay en la feria tiene una rejilla de ventilación para que se disipe el calor de la pantalla publicitaria que hay en el exterior de la puerta. Este modelo concreto está pensando para aeropuertos o estaciones de tren, para rentabilizar más su inversión”. Madre mía. Imagino que la inversión serán los 28.000 euros que nos ahorraríamos a lo largo de la vida laboral según Antena 3 si no tomáramos café. ¡Que el café no deja dormir!

Yo no le quito al señor que el invento es, literalmente, “disruptivo”. Fíjate si se nota que lo ha inventado un tío que considera que es un avance tecnológico de la hostia el hecho de que una sábana se cambie sola. ¡Como en los hoteles, no hay que hacer nada! (me estoy imaginando al tío ya con toda la Napbox inventada y montada pero dándole al coco para aportar algo de VALOR AÑADIDO y ocurriéndosele en la ducha en plan Eureka lo de la sábana). Lo que tardas en hacer el check in y el check out es más de lo que tardarías en cambiarla, pero en fin. “La domótica nunca me había generado tantas expectativas”. Las mismas que tenías con tu madre, pero vale

Terminas de leer el artículo y la sensación es de derrota absoluta. Ok, la mayoría de los que hemos leído esto hemos echado una cabezada alguna vez en algún aeropuerto (y te haces daño en el cuello pero no te sacan el número de la tarjeta de crédito). Es como si siempre venciera el mientras tanto y la adaptatividad y se aprovecharan de eso. El destinatario medio de Napbox es el mítico ejecutivo que vive en los aeropuertos, cuando ya como modo de vida es algo bastante discutible y también por el cambio climático tendríamos que volar menos y por favor que pare ya ese turismo dignificado pero igualmente destrozaciudades que es el turismo de congresos (justo donde se ha presentado este artilugio, no se podía saber). Yo no le voy a decir a nadie que no rompa los techos de cristal y se supere a sí mismo bajo la mirada de otros, pero espero que tengamos en general un mundo lo suficientemente amable para que a nadie se le ocurra que vivir en aeropuertos es digno de llamarse éxito. Al final Napbox es una plasmación más física que los servicios del teléfono móvil de esa necesidad de estar no solo siempre disponible, sino de estar siempre productivo y -en este caso gracias a esos microdescansos que no se dan en el hogar sino en el centro de trabajo o entre centros de trabajo- de descansar el mínimo para rendir de una manera óptima. Como una vez que vi un Españoles en el Mundo de Singapur o sitio similar, que el españolito de a pie explicaba que había un chaval con los brazos encima del mostrador haciendo una minisiesta porque allí no paran para comer ni para nada.

Es como si alguien pensara por nosotros y se diseñaran sistemáticamente soluciones para todo pero cuya prioridad no es proporcionar un servicio o satisfacer una necesidad, sino eludir por todos los medios el conflicto. Imaginemos que ponen una Napbox en tu curro. Primera impresión: “Bua, de lujo, una siestecita aquí en la oficina y sigo las dos horas de la tarde de puta madre”. Realidad: un día -creedme, nunca es solo uno- se alarga un proyecto y te quedas currando hasta tarde. Tu mente analítica racional te dice que total, pa qué volver a casa (porque además vives a tomar por culo del trabajo). Llamas a tu mujer, que te dice que el pequeño está enfermo, y le dices que te quedas en la Napbox. Caso 2: trabajas con más gente y hay una sola Napbox para toda la oficina: hay que NEGOCIAR. Imagina en qué terminos puedes negociar con tu jefe (que evidentemente algún día te va a dejar a ti usarla, para que vayas a casa diciendo que es buena persona, que pudiéndola usar él todo el tiempo te la deja a ti usar un día. Así estás motivado y permaneces productivo. No se da puntada sin hilo).

Por si a alguien le quedaban dudas de que Napbox es algo para la empresa y no para ti, ATENCIÓN.

Sin título

 

¡Que tiene una mesa por si quieres trabajar! O sea, se le racanea espacio a la cama de 60 centímetros de ancho para tener una puta mesa “por si” quieres trabajar. Lo que yo digo siempre: lo “voluntario”, lo “opcional”, acaba siendo lo más coercitivo. El primero que la use un día en la oficina abre la veda para los demás, igual que el primero que va con gripe a trabajar (porque si hay un ERE qué van a tener en cuenta, etc, etc.). Imagínate la conversación.

-A ver, Bermúdez, ¿tiene el informe?
-Es que he estado echando una cabezada en la Napbox, lo iba a terminar ahora en mi sitio.
-¿Pero para qué cojones cree usted que está la mesa ahí?

Aquí un interesante enlace sobre la obsesión con la productividad

Bonus: el fin de la política

Estaba yo volviendo de trabajar (apréciese por favor el esfuerzo, que hice la foto a las 00.30 con 0 grados de temperatura y me arriesgué a que me amputaran un dedo), cuando me aterroricé con esto.

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¿Esterilización de facto?

Con la Napbox la sábana se cambia sola (confirmado por tanto que aquí los estartaperos no solo no crean empleo sino que lo destruyen, que iba a haberlo presentado este señor en el MWC poniéndose el de recepcionista y cambiador de sábanas por los coj…), y con el baby planner pues tú echas cuatro cuentas y ya tu pareja y tú os ponéis al lío si tal. Pa qué voy a intervenir en mi sueldo, crear un entorno de cuidados, etc, si el algoritmo, algoritmo de la noche ya me calcula él solo las “opciones”. Metemos unos informáticos en el ministerio de Igualdad y como cuando te sacan el impreso de la declaración de la renta: valoran tus opciones y ya te llegará a casa y te dicen si sí o si no. Ni la política de hijo único de China. La “planificación”, los marronáquers varios, eso ya de tu cuenta. Al final, parece que vas a comprar al niño en vez de a tenerlo. Gestión y no conflicto. Es como si hacer política estuviera prohibido. 

De este modo las apps/gadgets (de comida rápida, de dormir) combinados con el gran hermano de la empleabilidad (¿si hay un ERE, ¿quién se queda, la gente que se pira a casa cinco minutos antes si puede o, yo, que estoy muerto de miedo comprometido con la empresa y me he quedado aquí hasta que he terminado todo?) no solo no nos facilitan el trabajo sino que convierten la jornada laboral en algo que no termina jamás. Así que en DeC nos cuesta mucho entender la fascinación por ellas. Cuidadito con las ñapas liberatiempo/calculacosas: nos comen por otros sitios.

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Becarios: la avanzadilla de la empleabilidad

Hace tiempo estaba con un amigo tomando algo y me habló de su último contrato. Era, claro, una beca. Me llamó la atención que me dijera que tenía los créditos de la carrera sin terminar porque era, precisamente, una de las condiciones para que le contrataran como becario ya que esta empresa ni se planteaba hacer contratos de otro tipo (y ojito a la paradoja de que la formación finalizada compute a estos efectos “como lastre” en los tiempos en los que se fabrican memes diciéndote que Iceta no terminó los estudios y Arrimadas sí). Llegó el momento en el que el susodicho contrato finalizaba y el jefe se dirigió a él. Le dijo que estaban contentos y bla bla bla, así que iba a preguntar a la universidad (no al empleado/becario, porque claro, aquí los que se lo llevan crudo son la empresa y la universidad, que para eso se llaman así las “fundaciones” -que ya sabemos también para qué son las fundaciones-: empresa-universidad, tú no eres ni el guioncito de en medio) a ver si le podían alargar el contrato seis meses más. Respuesta de mi colega: “Ehmmm… Igual preguntad, pero creo que ya no se puede”. Efectivamente, no “se podía” -habían agotado todas las prórrogas posibles- y claro, hasta luego Mari Carmen.

Traigo esto a colación porque la semana pasada el Congreso aprobó la propuesta de tramitación un estatuto para los estudiantes en prácticas. De entrada esto está bien, pero me ha suscitado algunas preguntas. Por ejemplo, si este estatuto, fuera de unas supuestas condiciones en las que se harían las “prácticas” (lo pongo entre comillas porque sabemos que hay una parte importante que no tienen nada que “envidiar” a un puesto de trabajo), tienen algún tipo de mecanismo punitivo para las empresas que lo incumplan (quiero decir, es un estatuto, solo puede permitirse dar pautas y recomendaciones, que como ya sabemos también suelen caer en saco roto). Como ejemplo práctico de lo que pasa cuando esto no está explicitado en ningún sitio estaría la famosa obligación de dar de alta a las empleadas del hogar que, como me reconoció una compañera de trabajo, “al final te apañas con ella y no hace falta”. Vamos, que la otra no tiene muchos mecanismos para “hacer que haga falta”.

Al fin y al cabo, el estatuto de los becarios, la obligación de dar de alta a las empleadas del hogar en la Seguridad Social o cualquier medida que combina una pátina legislativa con buenas intenciones, nacen en un mercado de trabajo, el español, cuya ventaja competitiva o sector estratégico, al contrario de lo que se nos dice a menudo, no es ni el turismo, ni el sol, ni los servicios ni nada de eso. El factor de competitividad está en los márgenes de “qué se le puede hacer al otro sin que pase nada”, esto es, el fraude masivo en la contratación, por supuesto no con la ignorancia, sino con la acquiescencia plena -con incentivos y demás-, de la Administración-. El turismo o los servicios solo son el modo más fácil -y más barato para el empresario-, de poner en práctica ese escenario de franqueo de límites constante por parte de las empresas. Ahora mismo tienes más derechos si eres un CIF que si eres una persona física. Si se franquean los límites de todo no es porque no haya papeles-leyes-mobidas en los que pongan ese tipo de recomendaciones/normas con fuerza de ley, sino porque SOLO tenemos esos papeles. La parte de organización que corre a nuestra cuenta -o sea, plantearse qué vamos a hacer en el probabilísimo escenario de que se limpien el culo con los papeles-leyes-mobidas- es la única herramienta que históricamente más o menos ha funcionado para que en algún momento termine la necesidad de hacer cesiones a condición de “mantener el empleo”.

La sensación es que este estatuto, como tantas otras cosas al final solo va a cobrar vida a modo de recomendación, al menos si no hay mecanismos punitivos. Incluso habiéndolos en los contratos normales la inspección de trabajo está a por uvas. No todas las cosas del trabajo son tan opinables: la reforma laboral se cumple a rajatabla, la prohibición de concatenación de contratos temporales, no. Sobre el papel de las administraciones, por mi trabajo tengo ocasión de leer a qué se dedican estructuras 100% industrias del desempleo como las agencias de desarrollo local, algo que no es desconocido: básicamente a la captura de fondos europeos o de otro tipo para repartirlos entre pymes inútiles de las comarcas a las que, por hacer contrataciones se les paga el 65 o el 70% del salario del empleado a fondo perdido (si no fuera a fondo perdido, la Administración tendría que recuperar el 65 o el 70% de los beneficios que ese trabajador genere, claro está). El discurso antielitista se ha enfocado mucho en el rollo del 99%, pero ojito a la transferencia de rentas no solo vía descenso del impuesto de Sociedades -en Euskadi acaba de bajar al 24%, 20 para las pymes- sino también con estos detalles que son recibidos como “inversiones” (para los trabajadores supone pagarnos nuestro propio sueldo) y “creación de empleo”. Lo dicho, más derechos y por ende más dinero si eres un CIF que si eres una persona. Y la existencia de las becas es un mecanismo exactamente igual que el anterior. Porque pongamos que mañana mismo abolimos las becas. ¿Quiénes se van a mostrar más en contra? Posiblemente los propios estudiantes, que ya tienen catalogada esta modalidad como la única mediante la cual pueden entrar en la “rueda del empleo” (realidad: dar vueltas de seis meses en seis meses por distintos sitios, sin derecho a paro, y cuando tienes 30 tacos irte al paro porque ya eres muy mayor para una beca. Irte al paro sin cobrar el paro porque… ¡las becas no dan derecho a prestación!). Son escenarios en los que se ha abierto tanto -por seguir con lo de arriba- la veda de lo que “se puede hacer con el otro” que a los estudiantes no les queda más remedio que convertirse en consentidores indirectos de la situación y, si acaso, redactores de algo de reglamentación para que les exploten, “pero no mucho”. O sea, una reclamación “sensata” ™ que no despierte a la bestia patronal, no vayan a “cerrarse puertas” ™. Es lo lógico cuando se viven los estudios como una inversión: hay que tener contentos a los consumidores de la inversión, y una de las formas de tenerlos contentos es que se pueda hacer prácticamente de todo con el inversor/estudiante. A ver cuándo devuelven las empresas quebradas el dinerito que se les prestó en su día en forma de mano de obra formada en centros públicos. No lo veremos y sin embargo debería de ser lo primero que viéramos. Si quieren sus currelas a medida que se monten una Singularity University con dinero pedido al banco (ay, calla, que la banca la tenemos nacionalizada también). Nada, macho, que nos roban de todas todas. What a surprise.

Primera imagen que me sale cuando pongo en Google "becarios". Parece que fuera algo a consumir, no sé.

Primera imagen que me sale cuando pongo en Google “becarios”. Parece que fuera algo a consumir, no sé.

Formación a cargo de la empresa: otro paripé verbal

Pero volvamos a mondo becario. Hace unos meses una diputada de En Comú Podem en una alocución en el Congreso (no en el hemiciclo, sino cuando se ponen detrás del mostradorcito ese) presentaba una proposición de ley en la que hablaba de “recuperar el delicado equilibrio entre empresas y trabajadores” y “devolver la democracia a las empresas”. Claro, no se puede recuperar lo que no ha habido nunca (puedes decidir no abrir una empresa; pero en general no puedes decidir no trabajar), y por otro lado, la condición de existencia de las empresas es que NO sean democráticas. Pongo este ejemplo como modo en el que mucho del contenido otrora reivindicativo y organizativo -vamos, en el que se ponía en juego la agencia de los trabajadores- ha devenido en una especie de “desconflictivización” del ámbito laboral cuando precisamente el conflicto no es que sea una característica sobrevenida, sino que es el origen del propio ámbito -mediante reglamentaciones, llamadas al diálogo, visibilizaciones, etc.-. Nos hacemos trampas al solitario del lenguaje. Aplicado a mondo becario, esto pasa con la repetición de la matraca de “la formación práctica en las empresas” (o sea, el que sería el ámbito de aplicación de este estatuto becarial). Al final lo que parece es que llegamos a una especie de solución de compromiso entre ese “lo que es posible hacer con el trabajador” -hasta cuánto usarlo- y la demanda del trabajador de rentabilizar su inversión formativa o entrar como sea en “lo suyo” ™, vamos, que ha sabido presentarse bien como algo irremediable. La formación a cargo de la empresa viene a empastar estas dos realidades, haciendo que discurran paralelas unas supuestas necesidades formativas con la demanda por parte de las empresas de tener currelas que estén a la última pregunta y además sean baratos. Vamos, una herramienta a priori “atractiva” de las de “salvar el equilibrio” para las dos partes. Otra cosa no, pero si no están en un acto institucional de firmas de convenios -y a veces incluso allí-, son gente muy sincera y te reconocerán lo evidente: una empresa ni tiene por qué tener ni de hecho tiene ninguna finalidad formativa. Podemos ponernos la venda dialéctica que nos dé la gana. Las empresas se abren para algo tan simple como ganar dinero. Y ni un estudiante ni nadie está allí ni por “creativo” ni “porque me valoran” ni nada. Estará allí porque esa creatividad se traduce en cash (y cuando deje de hacerlo, patada) y será valorado porque su tarea se traduce en cash, o en desgravaciones o en lo que sea (recordemos esas maravillosas ofertas de empleo en los que se piden mozos de carga con discapacidades físicas del 33%). Y si no, no estás. No hay más criterio. Por otro lado, no es rara la empresa en la que el becario acaba yendo al despacho de un jefecillo a “mira a ver niño, que no sé a qué le he dado en el ordenador” y sacarle de un sitio en el que se ha metido sin querer, así que es pertinente preguntarse quién forma a quién. Pero claro, pasa algo muy básico: que “er niño” no es EL DUEÑO de la empresa. Así que toda esa mierda se esconde debajo de la alfombra de “la formación”.

La estrecha relación entre la empleabilidad y el miedo en la era del trabajador del conocimiento exhausto

Algo que ha tenido de malo el modo en el que hemos conceptualizado la formación a modo de ascensor social es que ha “disuelto” la realidad primigenia, esa que dice que en general no puedes estar sin trabajar. Cuando veo reportajes de jóvenes (en DeC abogamos desde hace ya un lustro por que se hable menos de los jóvenes a cambio de que se ponga en la picota a quienes viven de esos mismos jóvenes), suelen identificar como la anomalía del mercado laboral el hecho de que sus estudios no encajen en el mercado de trabajo -en vez de identificar el propio mercado de trabajo como zona bastante problemática- o, por ejemplo (todo un poquito tamizado por la “narrativa crisis”) el problema de la migración, cuando hace no tanto precisamente la migración era sinónimo de prestigio. O cómo la “narrativa crisis” ha vuelto del revés los trabajos en los hostels internacionales: lo que en momentos de calma económica era una aventura, vivir sin ataduras, oportunidades de viaje, etc. etc, los tenedores agobiados de un capital cultural que -sienten- ya no conduce a nada empiezan a percibirlo como un lugar de explotación. ¿Por qué? Porque al igual que ocurre con su capital cultural, se dan cuen de que no tiene pinta de que vaya a traducirse en nada de provecho en un futuro cercano.

La semana pasada los becarios de la UAM hicieron una jornada de huelga y esta semana están llamados a otra. Y el hecho de que muchas de las dependencias de la uni tuvieran que cerrar muestra que tenían razón en lo que decían. Y como sabemos también, el hecho de tener razón no suele bastar en el curro. Lo que hay que poner en valor es que se hayan puesto de acuerdo para hacerla. Con los mimbres que comentábamos en el párrafo anterior y dado que, una vez que pasas el Bachillerato te conviertes en alguien que juega bazas individuales para emplearse (el CV, los cursos extra, el máster para que parezca que estoy haciendo algo y tener ocupadas todas las fechas del CV para que no parezca que esto en el paro, etc.), que haya una mínima organización para algo así es llamativo, sobre todo en esos primeros años “de lo tuyo” donde, más que los conocimientos, lo que te da la llave de la empleabilidad es hasta dónde llegue tu margen de tolerancia (entre máximas comillas) con según que prácticas. Por decirlo de una manera así muy rimbombante, las bases “antropológicas” del tipo de curros en los que se ha hecho extensiva la becarización son de base competitiva, no organizativa. Así, nos encontramos en un brete en el que el “por favor, explótame” se entrecruza con la -certera- intuición de que la mierda a tragar por la promesa de empleo futuro ya no compensa (eso si se piensa que ha compensado en algún momento). O sea, en “pelear” (con actitud y conocimientos) dentro de un escenario en el que el valor máximo es tu prescindibilidad. Pero que nadie se lleve a engaño, esto no es cosa de universitarios. La FP Dual trae muchas promesas de empleabilidad con modelos de mierda de la buena (hemos tomado Alemania como ejemplo) y, como me gusta decir, tiene pinta de que con la extensión de esta modalidad formativa, se me van a hacer los posts solos.

Por resumir, me da la sensación de que nos estamos enfangando en tres tipos de terrenos que, siendo importantes -la petición de reglamentación, la “visibilización” (¿la copia que nos podemos permitir de la emancipación?) y la apelación al consumidor (no pidas a Deliveroo, no te alojes en el Hotel Hilton porque externaliza a las camareras de piso -¿de verdad te crees que me puedo alojar en el Hilton?-), dejan sin contestar la pregunta fundamental: ¿qué vamos a hacer si, como suelen, se pasan la reglamentación por el forro? En general, en los trabajos no se gana mucho cuando se piden cosas, se gana cuando les obligas a que te las den, e igual que ellos han tenido muchas facilidades para descubrir “todo lo que se puede hacer con un trabajador”, a nosotros nos queda todavía mucho por descubrir de cómo y hasta cuánto se puede obligar.

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