Napbox, ¡pero si yo lo que quiero es dormir en mi casa!

Imagino que más de uno y más de dos estarán arrepentidos de haber hecho aquel comentario de qué maravilla el smartphone que puedo conectarle el correo del trabajo y si tengo un tramitillo mierder lo puedo solventar en el momento y no tengo que esperar hasta el día siguiente. Claro, pero es que con una medida que “te beneficia” (ejem), te viene todo el pack que no (jefe llamándote a cualquier hora porque sabe que no apagas el teléfono y además estás haciendo el pollas con alguna app, regalando más datos-dinero a otra gente que no sabes ni quiénes son y a los que casi das más beneficios que a tu propio jefe.

Pues nada, resulta que un nota ha presentado en ese evento tan sano y dejador de dineros -me imagino a Colau llamado a los porterillos de todos los barceloneses con un sobre en mano con lo que le “deja” a cada barcelonés- que es el MWC un cubículo para dormir (artículo completo aquí). Y yo digo: “A ver, pero si yo ya tenía uno de estos en el local de la peña del pueblo, qué me estás contando”. Algún periodista dice que ha sido el mejor invento visto en Mobile. Ya sé que en periodismo se cobra poco pero hay que tener una vida un poco difícil para describir como mejor invento una cama de 60 centímetros de ancho, que son los que tiene. Sin más demora, diseccionemos este cacharro llamado Napbox, que tiene telita. Empezando por que al inventor se le ocurrió tamaña idea en el módulo de deportaciones de un aeropuerto bielorruso.

La primera en la frente: resulta que lo que se supone un habitáculo para descansar está “lleno de tecnología”. A mí ya se me quitaría el sueño haciendo check in y check out. ¡Se te come la hora de la siesta solo para entrar y salir! “En una pantalla exterior te registras con una tarjeta de crédito y escaneando tu DNI”. Te sacan los datos hasta sobando, Hulio. “El modelo que hay en la feria tiene una rejilla de ventilación para que se disipe el calor de la pantalla publicitaria que hay en el exterior de la puerta. Este modelo concreto está pensando para aeropuertos o estaciones de tren, para rentabilizar más su inversión”. Madre mía. Imagino que la inversión serán los 28.000 euros que nos ahorraríamos a lo largo de la vida laboral según Antena 3 si no tomáramos café. ¡Que el café no deja dormir!

Yo no le quito al señor que el invento es, literalmente, “disruptivo”. Fíjate si se nota que lo ha inventado un tío que considera que es un avance tecnológico de la hostia el hecho de que una sábana se cambie sola. ¡Como en los hoteles, no hay que hacer nada! (me estoy imaginando al tío ya con toda la Napbox inventada y montada pero dándole al coco para aportar algo de VALOR AÑADIDO y ocurriéndosele en la ducha en plan Eureka lo de la sábana). Lo que tardas en hacer el check in y el check out es más de lo que tardarías en cambiarla, pero en fin. “La domótica nunca me había generado tantas expectativas”. Las mismas que tenías con tu madre, pero vale

Terminas de leer el artículo y la sensación es de derrota absoluta. Ok, la mayoría de los que hemos leído esto hemos echado una cabezada alguna vez en algún aeropuerto (y te haces daño en el cuello pero no te sacan el número de la tarjeta de crédito). Es como si siempre venciera el mientras tanto y la adaptatividad y se aprovecharan de eso. El destinatario medio de Napbox es el mítico ejecutivo que vive en los aeropuertos, cuando ya como modo de vida es algo bastante discutible y también por el cambio climático tendríamos que volar menos y por favor que pare ya ese turismo dignificado pero igualmente destrozaciudades que es el turismo de congresos (justo donde se ha presentado este artilugio, no se podía saber). Yo no le voy a decir a nadie que no rompa los techos de cristal y se supere a sí mismo bajo la mirada de otros, pero espero que tengamos en general un mundo lo suficientemente amable para que a nadie se le ocurra que vivir en aeropuertos es digno de llamarse éxito. Al final Napbox es una plasmación más física que los servicios del teléfono móvil de esa necesidad de estar no solo siempre disponible, sino de estar siempre productivo y -en este caso gracias a esos microdescansos que no se dan en el hogar sino en el centro de trabajo o entre centros de trabajo- de descansar el mínimo para rendir de una manera óptima. Como una vez que vi un Españoles en el Mundo de Singapur o sitio similar, que el españolito de a pie explicaba que había un chaval con los brazos encima del mostrador haciendo una minisiesta porque allí no paran para comer ni para nada.

Es como si alguien pensara por nosotros y se diseñaran sistemáticamente soluciones para todo pero cuya prioridad no es proporcionar un servicio o satisfacer una necesidad, sino eludir por todos los medios el conflicto. Imaginemos que ponen una Napbox en tu curro. Primera impresión: “Bua, de lujo, una siestecita aquí en la oficina y sigo las dos horas de la tarde de puta madre”. Realidad: un día -creedme, nunca es solo uno- se alarga un proyecto y te quedas currando hasta tarde. Tu mente analítica racional te dice que total, pa qué volver a casa (porque además vives a tomar por culo del trabajo). Llamas a tu mujer, que te dice que el pequeño está enfermo, y le dices que te quedas en la Napbox. Caso 2: trabajas con más gente y hay una sola Napbox para toda la oficina: hay que NEGOCIAR. Imagina en qué terminos puedes negociar con tu jefe (que evidentemente algún día te va a dejar a ti usarla, para que vayas a casa diciendo que es buena persona, que pudiéndola usar él todo el tiempo te la deja a ti usar un día. Así estás motivado y permaneces productivo. No se da puntada sin hilo).

Por si a alguien le quedaban dudas de que Napbox es algo para la empresa y no para ti, ATENCIÓN.

Sin título

 

¡Que tiene una mesa por si quieres trabajar! O sea, se le racanea espacio a la cama de 60 centímetros de ancho para tener una puta mesa “por si” quieres trabajar. Lo que yo digo siempre: lo “voluntario”, lo “opcional”, acaba siendo lo más coercitivo. El primero que la use un día en la oficina abre la veda para los demás, igual que el primero que va con gripe a trabajar (porque si hay un ERE qué van a tener en cuenta, etc, etc.). Imagínate la conversación.

-A ver, Bermúdez, ¿tiene el informe?
-Es que he estado echando una cabezada en la Napbox, lo iba a terminar ahora en mi sitio.
-¿Pero para qué cojones cree usted que está la mesa ahí?

Aquí un interesante enlace sobre la obsesión con la productividad

Bonus: el fin de la política

Estaba yo volviendo de trabajar (apréciese por favor el esfuerzo, que hice la foto a las 00.30 con 0 grados de temperatura y me arriesgué a que me amputaran un dedo), cuando me aterroricé con esto.

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¿Esterilización de facto?

Con la Napbox la sábana se cambia sola (confirmado por tanto que aquí los estartaperos no solo no crean empleo sino que lo destruyen, que iba a haberlo presentado este señor en el MWC poniéndose el de recepcionista y cambiador de sábanas por los coj…), y con el baby planner pues tú echas cuatro cuentas y ya tu pareja y tú os ponéis al lío si tal. Pa qué voy a intervenir en mi sueldo, crear un entorno de cuidados, etc, si el algoritmo, algoritmo de la noche ya me calcula él solo las “opciones”. Metemos unos informáticos en el ministerio de Igualdad y como cuando te sacan el impreso de la declaración de la renta: valoran tus opciones y ya te llegará a casa y te dicen si sí o si no. Ni la política de hijo único de China. La “planificación”, los marronáquers varios, eso ya de tu cuenta. Al final, parece que vas a comprar al niño en vez de a tenerlo. Gestión y no conflicto. Es como si hacer política estuviera prohibido. 

De este modo las apps/gadgets (de comida rápida, de dormir) combinados con el gran hermano de la empleabilidad (¿si hay un ERE, ¿quién se queda, la gente que se pira a casa cinco minutos antes si puede o, yo, que estoy muerto de miedo comprometido con la empresa y me he quedado aquí hasta que he terminado todo?) no solo no nos facilitan el trabajo sino que convierten la jornada laboral en algo que no termina jamás. Así que en DeC nos cuesta mucho entender la fascinación por ellas. Cuidadito con las ñapas liberatiempo/calculacosas: nos comen por otros sitios.

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Becarios: la avanzadilla de la empleabilidad

Hace tiempo estaba con un amigo tomando algo y me habló de su último contrato. Era, claro, una beca. Me llamó la atención que me dijera que tenía los créditos de la carrera sin terminar porque era, precisamente, una de las condiciones para que le contrataran como becario ya que esta empresa ni se planteaba hacer contratos de otro tipo (y ojito a la paradoja de que la formación finalizada compute a estos efectos “como lastre” en los tiempos en los que se fabrican memes diciéndote que Iceta no terminó los estudios y Arrimadas sí). Llegó el momento en el que el susodicho contrato finalizaba y el jefe se dirigió a él. Le dijo que estaban contentos y bla bla bla, así que iba a preguntar a la universidad (no al empleado/becario, porque claro, aquí los que se lo llevan crudo son la empresa y la universidad, que para eso se llaman así las “fundaciones” -que ya sabemos también para qué son las fundaciones-: empresa-universidad, tú no eres ni el guioncito de en medio) a ver si le podían alargar el contrato seis meses más. Respuesta de mi colega: “Ehmmm… Igual preguntad, pero creo que ya no se puede”. Efectivamente, no “se podía” -habían agotado todas las prórrogas posibles- y claro, hasta luego Mari Carmen.

Traigo esto a colación porque la semana pasada el Congreso aprobó la propuesta de tramitación un estatuto para los estudiantes en prácticas. De entrada esto está bien, pero me ha suscitado algunas preguntas. Por ejemplo, si este estatuto, fuera de unas supuestas condiciones en las que se harían las “prácticas” (lo pongo entre comillas porque sabemos que hay una parte importante que no tienen nada que “envidiar” a un puesto de trabajo), tienen algún tipo de mecanismo punitivo para las empresas que lo incumplan (quiero decir, es un estatuto, solo puede permitirse dar pautas y recomendaciones, que como ya sabemos también suelen caer en saco roto). Como ejemplo práctico de lo que pasa cuando esto no está explicitado en ningún sitio estaría la famosa obligación de dar de alta a las empleadas del hogar que, como me reconoció una compañera de trabajo, “al final te apañas con ella y no hace falta”. Vamos, que la otra no tiene muchos mecanismos para “hacer que haga falta”.

Al fin y al cabo, el estatuto de los becarios, la obligación de dar de alta a las empleadas del hogar en la Seguridad Social o cualquier medida que combina una pátina legislativa con buenas intenciones, nacen en un mercado de trabajo, el español, cuya ventaja competitiva o sector estratégico, al contrario de lo que se nos dice a menudo, no es ni el turismo, ni el sol, ni los servicios ni nada de eso. El factor de competitividad está en los márgenes de “qué se le puede hacer al otro sin que pase nada”, esto es, el fraude masivo en la contratación, por supuesto no con la ignorancia, sino con la acquiescencia plena -con incentivos y demás-, de la Administración-. El turismo o los servicios solo son el modo más fácil -y más barato para el empresario-, de poner en práctica ese escenario de franqueo de límites constante por parte de las empresas. Ahora mismo tienes más derechos si eres un CIF que si eres una persona física. Si se franquean los límites de todo no es porque no haya papeles-leyes-mobidas en los que pongan ese tipo de recomendaciones/normas con fuerza de ley, sino porque SOLO tenemos esos papeles. La parte de organización que corre a nuestra cuenta -o sea, plantearse qué vamos a hacer en el probabilísimo escenario de que se limpien el culo con los papeles-leyes-mobidas- es la única herramienta que históricamente más o menos ha funcionado para que en algún momento termine la necesidad de hacer cesiones a condición de “mantener el empleo”.

La sensación es que este estatuto, como tantas otras cosas al final solo va a cobrar vida a modo de recomendación, al menos si no hay mecanismos punitivos. Incluso habiéndolos en los contratos normales la inspección de trabajo está a por uvas. No todas las cosas del trabajo son tan opinables: la reforma laboral se cumple a rajatabla, la prohibición de concatenación de contratos temporales, no. Sobre el papel de las administraciones, por mi trabajo tengo ocasión de leer a qué se dedican estructuras 100% industrias del desempleo como las agencias de desarrollo local, algo que no es desconocido: básicamente a la captura de fondos europeos o de otro tipo para repartirlos entre pymes inútiles de las comarcas a las que, por hacer contrataciones se les paga el 65 o el 70% del salario del empleado a fondo perdido (si no fuera a fondo perdido, la Administración tendría que recuperar el 65 o el 70% de los beneficios que ese trabajador genere, claro está). El discurso antielitista se ha enfocado mucho en el rollo del 99%, pero ojito a la transferencia de rentas no solo vía descenso del impuesto de Sociedades -en Euskadi acaba de bajar al 24%, 20 para las pymes- sino también con estos detalles que son recibidos como “inversiones” (para los trabajadores supone pagarnos nuestro propio sueldo) y “creación de empleo”. Lo dicho, más derechos y por ende más dinero si eres un CIF que si eres una persona. Y la existencia de las becas es un mecanismo exactamente igual que el anterior. Porque pongamos que mañana mismo abolimos las becas. ¿Quiénes se van a mostrar más en contra? Posiblemente los propios estudiantes, que ya tienen catalogada esta modalidad como la única mediante la cual pueden entrar en la “rueda del empleo” (realidad: dar vueltas de seis meses en seis meses por distintos sitios, sin derecho a paro, y cuando tienes 30 tacos irte al paro porque ya eres muy mayor para una beca. Irte al paro sin cobrar el paro porque… ¡las becas no dan derecho a prestación!). Son escenarios en los que se ha abierto tanto -por seguir con lo de arriba- la veda de lo que “se puede hacer con el otro” que a los estudiantes no les queda más remedio que convertirse en consentidores indirectos de la situación y, si acaso, redactores de algo de reglamentación para que les exploten, “pero no mucho”. O sea, una reclamación “sensata” ™ que no despierte a la bestia patronal, no vayan a “cerrarse puertas” ™. Es lo lógico cuando se viven los estudios como una inversión: hay que tener contentos a los consumidores de la inversión, y una de las formas de tenerlos contentos es que se pueda hacer prácticamente de todo con el inversor/estudiante. A ver cuándo devuelven las empresas quebradas el dinerito que se les prestó en su día en forma de mano de obra formada en centros públicos. No lo veremos y sin embargo debería de ser lo primero que viéramos. Si quieren sus currelas a medida que se monten una Singularity University con dinero pedido al banco (ay, calla, que la banca la tenemos nacionalizada también). Nada, macho, que nos roban de todas todas. What a surprise.

Primera imagen que me sale cuando pongo en Google "becarios". Parece que fuera algo a consumir, no sé.

Primera imagen que me sale cuando pongo en Google “becarios”. Parece que fuera algo a consumir, no sé.

Formación a cargo de la empresa: otro paripé verbal

Pero volvamos a mondo becario. Hace unos meses una diputada de En Comú Podem en una alocución en el Congreso (no en el hemiciclo, sino cuando se ponen detrás del mostradorcito ese) presentaba una proposición de ley en la que hablaba de “recuperar el delicado equilibrio entre empresas y trabajadores” y “devolver la democracia a las empresas”. Claro, no se puede recuperar lo que no ha habido nunca (puedes decidir no abrir una empresa; pero en general no puedes decidir no trabajar), y por otro lado, la condición de existencia de las empresas es que NO sean democráticas. Pongo este ejemplo como modo en el que mucho del contenido otrora reivindicativo y organizativo -vamos, en el que se ponía en juego la agencia de los trabajadores- ha devenido en una especie de “desconflictivización” del ámbito laboral cuando precisamente el conflicto no es que sea una característica sobrevenida, sino que es el origen del propio ámbito -mediante reglamentaciones, llamadas al diálogo, visibilizaciones, etc.-. Nos hacemos trampas al solitario del lenguaje. Aplicado a mondo becario, esto pasa con la repetición de la matraca de “la formación práctica en las empresas” (o sea, el que sería el ámbito de aplicación de este estatuto becarial). Al final lo que parece es que llegamos a una especie de solución de compromiso entre ese “lo que es posible hacer con el trabajador” -hasta cuánto usarlo- y la demanda del trabajador de rentabilizar su inversión formativa o entrar como sea en “lo suyo” ™, vamos, que ha sabido presentarse bien como algo irremediable. La formación a cargo de la empresa viene a empastar estas dos realidades, haciendo que discurran paralelas unas supuestas necesidades formativas con la demanda por parte de las empresas de tener currelas que estén a la última pregunta y además sean baratos. Vamos, una herramienta a priori “atractiva” de las de “salvar el equilibrio” para las dos partes. Otra cosa no, pero si no están en un acto institucional de firmas de convenios -y a veces incluso allí-, son gente muy sincera y te reconocerán lo evidente: una empresa ni tiene por qué tener ni de hecho tiene ninguna finalidad formativa. Podemos ponernos la venda dialéctica que nos dé la gana. Las empresas se abren para algo tan simple como ganar dinero. Y ni un estudiante ni nadie está allí ni por “creativo” ni “porque me valoran” ni nada. Estará allí porque esa creatividad se traduce en cash (y cuando deje de hacerlo, patada) y será valorado porque su tarea se traduce en cash, o en desgravaciones o en lo que sea (recordemos esas maravillosas ofertas de empleo en los que se piden mozos de carga con discapacidades físicas del 33%). Y si no, no estás. No hay más criterio. Por otro lado, no es rara la empresa en la que el becario acaba yendo al despacho de un jefecillo a “mira a ver niño, que no sé a qué le he dado en el ordenador” y sacarle de un sitio en el que se ha metido sin querer, así que es pertinente preguntarse quién forma a quién. Pero claro, pasa algo muy básico: que “er niño” no es EL DUEÑO de la empresa. Así que toda esa mierda se esconde debajo de la alfombra de “la formación”.

La estrecha relación entre la empleabilidad y el miedo en la era del trabajador del conocimiento exhausto

Algo que ha tenido de malo el modo en el que hemos conceptualizado la formación a modo de ascensor social es que ha “disuelto” la realidad primigenia, esa que dice que en general no puedes estar sin trabajar. Cuando veo reportajes de jóvenes (en DeC abogamos desde hace ya un lustro por que se hable menos de los jóvenes a cambio de que se ponga en la picota a quienes viven de esos mismos jóvenes), suelen identificar como la anomalía del mercado laboral el hecho de que sus estudios no encajen en el mercado de trabajo -en vez de identificar el propio mercado de trabajo como zona bastante problemática- o, por ejemplo (todo un poquito tamizado por la “narrativa crisis”) el problema de la migración, cuando hace no tanto precisamente la migración era sinónimo de prestigio. O cómo la “narrativa crisis” ha vuelto del revés los trabajos en los hostels internacionales: lo que en momentos de calma económica era una aventura, vivir sin ataduras, oportunidades de viaje, etc. etc, los tenedores agobiados de un capital cultural que -sienten- ya no conduce a nada empiezan a percibirlo como un lugar de explotación. ¿Por qué? Porque al igual que ocurre con su capital cultural, se dan cuen de que no tiene pinta de que vaya a traducirse en nada de provecho en un futuro cercano.

La semana pasada los becarios de la UAM hicieron una jornada de huelga y esta semana están llamados a otra. Y el hecho de que muchas de las dependencias de la uni tuvieran que cerrar muestra que tenían razón en lo que decían. Y como sabemos también, el hecho de tener razón no suele bastar en el curro. Lo que hay que poner en valor es que se hayan puesto de acuerdo para hacerla. Con los mimbres que comentábamos en el párrafo anterior y dado que, una vez que pasas el Bachillerato te conviertes en alguien que juega bazas individuales para emplearse (el CV, los cursos extra, el máster para que parezca que estoy haciendo algo y tener ocupadas todas las fechas del CV para que no parezca que esto en el paro, etc.), que haya una mínima organización para algo así es llamativo, sobre todo en esos primeros años “de lo tuyo” donde, más que los conocimientos, lo que te da la llave de la empleabilidad es hasta dónde llegue tu margen de tolerancia (entre máximas comillas) con según que prácticas. Por decirlo de una manera así muy rimbombante, las bases “antropológicas” del tipo de curros en los que se ha hecho extensiva la becarización son de base competitiva, no organizativa. Así, nos encontramos en un brete en el que el “por favor, explótame” se entrecruza con la -certera- intuición de que la mierda a tragar por la promesa de empleo futuro ya no compensa (eso si se piensa que ha compensado en algún momento). O sea, en “pelear” (con actitud y conocimientos) dentro de un escenario en el que el valor máximo es tu prescindibilidad. Pero que nadie se lleve a engaño, esto no es cosa de universitarios. La FP Dual trae muchas promesas de empleabilidad con modelos de mierda de la buena (hemos tomado Alemania como ejemplo) y, como me gusta decir, tiene pinta de que con la extensión de esta modalidad formativa, se me van a hacer los posts solos.

Por resumir, me da la sensación de que nos estamos enfangando en tres tipos de terrenos que, siendo importantes -la petición de reglamentación, la “visibilización” (¿la copia que nos podemos permitir de la emancipación?) y la apelación al consumidor (no pidas a Deliveroo, no te alojes en el Hotel Hilton porque externaliza a las camareras de piso -¿de verdad te crees que me puedo alojar en el Hilton?-), dejan sin contestar la pregunta fundamental: ¿qué vamos a hacer si, como suelen, se pasan la reglamentación por el forro? En general, en los trabajos no se gana mucho cuando se piden cosas, se gana cuando les obligas a que te las den, e igual que ellos han tenido muchas facilidades para descubrir “todo lo que se puede hacer con un trabajador”, a nosotros nos queda todavía mucho por descubrir de cómo y hasta cuánto se puede obligar.

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Cospedal, saber cocinar y las ojeras farloperas

Llevamos cinco años de DeC e, inexplicablemente, no hemos hablado aquí nunca de una de las cosas que más le gustan a quien esto escribe: COMER

Hace tiempo hubo un bulo que decía que María Dolores de Cospedal había afirmado que cada vez más gente acude a los comedores sociales porque no saben cocinar. Era todo mentira, pero cojamos esta afirmación para hacer unos apuntes al margen del leitmotiv DeC (pasta en disputa): en este caso, sobre la disponibilidad de tiempo y la consideración de qué es o qué no es una habilidad.

Ok, Dolores no ha dicho esto, al menos en público. Sin embargo, igual que en su día nos preguntamos qué pasaría si Daniel Blake hubiese votado a Donald Trump, vamos a pensar que, de haberla dicho, podría haber algún punto a considerar. Por supuesto, la causa directa de que haya más gente que vaya a los comedores sociales no es “que no sepan cocinar” -aunque luego desarrollaremos un poco en qué consiste saber cocinar-, sino que va ligada a la escasez o ausencia de ingresos y a cómo juegan nuestras entradas y salidas del mercado de trabajo con la disponibilidad temporal que tengamos tanto para hacer una compra en condiciones (productos de temporada, de proximidad, de cierta calidad) como para después preparar una buena comida. Por cierto, hace un par de inviernos los propios bancos de alimentos pedían a quienes depositaban comida allí que, por favor, esta estuviera ya precocinada (vamos, que no llevaras una bolsa de garbanzos Luengo sino una lata de garbanzos Litoral) por la sencilla razón de que muchas familias ni siquiera podían pagar las facturas de la luz, y cocer los garbanzos ya cuesta un rato. Así de triste. Volvemos, por tanto, al punto de partida: no es que los usuarios “no sepan”, sino que además “no tienen” porque hay un oligopolio energético que mama de nosotros y “no deja”. Que se pidiera precocinada no quiere decir, claro, que los usuarios no supieran cocinarla. Y entre quienes se compran una lata de Litoral, habrá quienes lo hagan por desconocimiento de cómo se prepara una fabada y quienes lo hagan por falta de tiempo o por pereza. Como el resultado de compra es el mismo, a la marca le chupan un pie las razones detrás.

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De que se pasen Cuaresma y Semana Santa te hago unas manitas de cerdo cojonudas.

Tampoco se escapa el hecho de que muchas de las personas que acuden a los bancos de alimentos o comedores sociales son parejas jóvenes o familias monoparentales con hijos pequeños. Los supermercados Día -me llamó mucho la atención- recogían hasta hace no mucho (no sé si lo siguen haciendo) comida para “los jóvenes en paro” (imagínate lo amplio que puede ser ese perfil, tan amplio que a lo mejor algo de esa comida cayó en manos de algún exempleado de la cadena). Estas personas jóvenes son (somos) la vanguardia de la terciarización y de un nuevo reparto en el que el tiempo de trabajo se ha comido por completo al de la vida, pero pintándolo de “avance”, a la misma vez que no ha conseguido sacar a la luz (ni a la nómina) el trabajo doméstico real, vamos, el trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo. Hemos cambiado la forma que tenemos de explicarnos a nosotros mismos desde nuestro lugar en el mundo productivo para hacerlo desde nuestras preferencias (u objetivos, que aquí se habla mucho de ‘merecérselo’) de consumo. Tanto es así que el proletariado que originalmente tenía a sus hijos como única riqueza ha experimentado una vuelta de tuerca y ahora ve a los hijos -y nómina en mano (si tienen nómina), con mucha razón-, como un gasto inasumible. El hijo pasa de único patrimonio a lujo asiático, es el hito vital que te mete, precisamente, en el banco de alimentos.

La vanguardia de la terciarización ha contribuido a que hayan sido nuestros cuerpos por donde ha pasado todo el auge de la comida precocinada liberadora de madres y posteriormente liberadora de hijos que estudiaban más años que las madres, para incorporarse después al mercado laboral y una vez allí, tratar de ascender en el cuento de la lechera y, a su vez, tener a otra que les cocine. El mercado laboral ha puesto la impronta de tiempo inútil a la alimentación, convirtiendo en símbolo de estatus el poder dejar de lado una elaboración muy sofisticada de las comidas de maneras muy variopintas. Desde las mas humildes (el tupper), las de la nueva economía/neofeudalismo/apps sustituyemadres (JustEat) al añorado cheque restaurante y a esa comida precocinada que se hace en un minutito en el microondas cuando llegas a casa porque te han molido a palos en el trabajo. Como siempre, igual aquí la afirmación no es la comodidad que supone esto último, sino que toma forma de pregunta. Si llego a mi casa hecho un guiñapo, ¿no estará el problema en otro sitio? ¿Esto que me presentan como una ventaja no es tal vez otra cosa?

Y hete aquí el tema: la cosa es que es MUY POSIBLE que la gente no que vaya a los bancos de alimentos, sino que tenga menos de 40 años -y aquí está el meollo, que si Cospedal hubiera dicho aquello, hubiera cogido la parte por el todo- no tengan demasiada idea de cocinar de un modo más o menos elaborado. ¿Qué pasa? Que el avance social que suponía el “ni tener que molestarte en cocinar” se hace añicos cuando los ingresos son cero, que era algo con lo que no contaba esta generación. También se ve aquí el impacto de la economía invisible y de que igual los curros de publicidad y marketing tiene que venir alguien a desmantelarlos porque a lo mejor la vida está aquí, en la mesa, y habría que empezar a desembridar esto del discurso de subordinación, me parece a mí (el de la representación, lo de que se vean directivas y todo eso. ¿Por qué, si yo mandaría a una gestora de bolsa al gulag soriano?). Conseguirle el sitio que merece al papeo pasa más, que diría mi hermano Víctor, por desempoderar a hombres antes que por empoderar a mujeres. Que si te quedas en paro y tu novia no, muchacho, no hagas solo la paella de los domingos “que me sale mu rica”. Darle visos de realidad con dinerito contante y sonante. Paso bastante de visibilidades y dignificaciones en este particular: prefiero preparar y comerme una menestra, aunque no me vea nadie, es más, mejor que no me vea nadie. El “ascenso social” asentado en la expresión de preferencias de compra (también incluyo aquí comprar el trabajo de terceros para poder comer) se va al garete cuando el presupuesto no es el previsto, pero el valor de la cocina y lo doméstico reside precisamente en cómo un mínimo movimiento estadístico o salida a la palestra de la disciplina pone a tambalear las supuestas meritocracias. Es un camino que va a costar mucho desandar por la analogía que se ha hecho entre el territorio doméstico, la “pata quebrá” y la alienación; pero baste un dato. Como contaban en The Atlantic, la línea de pobreza de USA se hizo dando por hecho que en cada hogar había una esposa que sabía cocinar (pura economía sumergida). El experto te dirá que la entrada masiva de la mujer al mercado laboral ha procurado que el escenario  no sea replicable. Yo diría que al menos una parte también se debe a que el hombre no se ha incorporado al hogar -¿por qué nadie considera anómalo esto pero sí ‘que no haya jefas’, si algunas no queremos jefas ni jefes?- y a que no ha sido precisamente la aspiradora Roomba la que ha reducido nuestro tiempo de trabajo, sino el traspaso de tareas a otras mujeres casi siempre de otros estados nación. Como cerca de la mitad de nuestro salario se explica por el lugar donde vivimos, si vienes de fuera te vas casi de seguro a sostener lo real pero cobrando poco. Es nuestra dependencia. Ahora que se habla mucho de soberanías, poquita soberanía alimentaria veo yo aquí.

Vale, pero yo le había dado clic al post por lo de la farlopa…

Caaalma, caaaalma, no se me amontonen. Pasamos ahora a mi relación de odio-odio con el mundillo anglosajón y a los que sí saben cocinar. Antes de la paella con chorizo, Jamie Oliver se había hecho famoso entre otras cosas por tratar de introducir menús más saludables en los comedores escolares. La cosa salió regular porque, como le suele pasar a esta gente, descuentan todos los factores ajenos a la motivación personal -vamos, los factores que facilitan bastante cualquier tipo de motivación para cualquier cosa-. La lectura que hacen de que un crío prefiera unos emanems a un plátano pasa por la voluntad personal, olvidándose de todo el entorno que no puede controlar, que incluye entre otras cosas que la fruta es cara y el chocolate, además de ser barato, te lo ponen en la línea de la caja registradora en vez de coserlo a impuestos. No es raro, pues, que el experimento fracase en el país (ex)UE con una desigualdad más disparada. Lo explican bien aquí. Este tipo de escenarios han llevado a la representación del McDonald’s como “feudo obrero” porque “cuánta hambre quitan las hamburguesas a un euro” y a la ridiculización de la verdura como una pijada. Pues no, coño, yo quiero lo bueno pa nosotros también, no que se “estigmatice” como pijada por unos y se queden los ricos como consumidores únicos de la verdura que ya plantaban tus abuelos, diciéndote encima que te jodes porque está fuera de tu alcance tanto comprarla como sacar un hueco para prepararla. Lo próximo que se va a estigmatizar en este sentido van a ser los coches viejos: se va a decir que los pobres no tienen conciencia ecológica cuando lo que no tienen es dinero para comprarse un coche menos contaminante ni (viendo cómo se están dando los fenómenos de reordenación urbana) nadie va a poner un duro para que no necesiten tenerlo.

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No queda fruta a un páund, ninio, solo KinderBueno

Y ahora sí, pasemos a la farraka. Resulta que Gordon Ramsay, inspirador de Pesadilla en la Cocina, ha hecho una especie de reality documental para destapar el alto número de adictos a la farlopa en el mundo de la restauración. Lo que le hizo preocuparse al buen hombre fue que uno de sus mejores amigos (imagino que también chef) murió por la droga en cuestión. Para no perdernos, sigamos el hilo conductor: hemos empezado hablando de gente joven, posiblemente con hijos, que no tienen para comer; luego ha entrado el primer chef estrella al que le parece “inexplicable” que la gente que no tiene para comer coma así de mal y ahora tenemos otro chef, también más famoso por las industrias del entretenimiento que por otra cosa; preguntándose por qué en su gremio la gente se pone hasta las cartolas, lo cual suele incluir una alimentación deficiente. Y aquí está la paradoja: si entre los curritos de a pie, el paro y un hijo les descuadran las cuentas hasta el punto de tirar para el comedor social, cosa que al margen de la escasez de ingresos también se ve afectada por el hecho que esos saberes domésticos (pausa para respirar) han sido apartados y dados por descontados en la esperanza de remunerar a otros con lo que te pagaran del propio trabajo del que ahora careces; los currelas de cocina de lujo -entendidos como las personas que mejor cocinan- ni siquiera pueden cocinarse para ellos o sus familiares y se tiran a la droja. Cualquiera que se haya echado a la espalda turnos de 12 horas en un restaurante sabe que lo que te apetece cuando terminas es comerte un sándwich de mierda, emborracharse o drogarse. No precisamente ponerte a cocinar pa ti, aunque lo sepas hacer muy bien.

Hombre, si me encuentro en mis restaurantes farraka en los baños del personal por sistema, antes de ponerme a hacer un documental “buscando respuestas” igual primero hablaría con los empleados -que evidentemente no se van a autodelatar-, lo que pasa que el nivel de psicopatía de esta peña que tiene éxito (basado en exprimir a los demás y en trazar un círculo vicioso en el que el exprimido ahora verá como recompensa necesaria la posibilidad de exprimir a otros), ya lo conocimos con las famosas declaraciones de Jordi Cruz sobre los stagiers, que parece que le deben algo y no lo dice como boutade, lo dice porque lo piensa de verdad.

A donde quiero ir a parar con todo esto es a que da igual que sepas o no sepas cocinar. Ni los que ni siquiera una vez fuera del trabajo cocinan porque todo su tiempo y habilidades se enfocaron en dejar todo lo doméstico a un lado; ni quienes saben cocinar de manera portentosa y sin embargo son víctimas de una picadora de carne que asimila cocina a turnos de diez horas en pos de un éxito que nunca llega y que es una mierda aunque llegue -y todo esto sin meternos en la concentración de las empresas alimentarias, que es otro monstruo que lo enfanga todo-, son capaces de alimentarse, por unas cosas o por otras, como es debido.

No sé, al final de lo que me acuerdo es de la escritora que entrevisté en su casa que se levantaba y lo primero hacía la casa, luego tomaba un vermú con la madre y luego escribía y, por cierto, no le iba mal. Y del chef que entrevisté mucho después que también me saltó con la historia de que los realities de cocina eran buenos para concienciar a los críos de comer verdura pero yo me preguntaba cuándo veía él a sus hijos. A mí me sigue y me seguirá pareciendo que la que tenía una vida guay era la primera, aunque el segundo fuera más conocido (y seguramente con más deudas bancarias). A lo mejor lo que tenemos que cambiar también, además del reparto del tiempo y de la dieta, es la noción de éxito, lo que es admirable. Nos ahorraríamos, creo, mucho abuso y mucha espiral del silencio. Y si os están quitando tiempo para comer tranquilamente, no es porque llevéis una vida excitante. Sospechad.

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Brasas del siglo XXI (IV): Against Retina

Hoy vamos a hablar de manera tangencial de un tema muy original del que jamás se ha hablado: la “crisis de los medios de comunicación” (¿alguna vez no lo han estado?). Creo que todos venimos contemplando desde hace una temporada cómo la mayoría de medios de comunicación (que en el mejor de los casos no tienen un duro porque ha habido que quitar pastuqui de la publi institucional; y en el peor están hasta el culo de deudas y ha habido que tirar de algún jeque catarí), van segmentando contenido y ese contenido está extrañamente asociado con alguna marca y/o actividad. Igual que ahora Amstel o Iberdrola te presentan pelis en los festivales de cine. Conmino a que cojáis la edición impresa de El País y que veáis lo que ocupan un día de diario suplementos publicitarios que en ocasiones son más gordos que el propio periódico + lo que se sacan estafando a los chavales con su máster de dos años + los eventos varios tipo “congresos del bienestar” con demenciales patrocinios de publi de diputaciones y unidos a la turistificación de localidades de mediano tamaño + Antoño Navalón que le debe un montón de dinero a Hacienda. Este es el retrato del haber del primer periódico español (ya bajando de los 100.000 lectores). Antoño, tengo un mensaje para ti.

No abandonamos mi querido grupo Prisa. Por si no teníamos bastante con ESTARTAPEANDO, patrocinado por Vodafone, en el programa de Ánchels de la SER, hoy hablaremos de EL MAL hecho suplemento de periódico (de su versión online, y que luego tiene alguna paginita en el Cinco Días): Retina.

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Ya el menú de la página dice mucho.

Retina, en ese afán segmentador para lograr ingresos como sea y crear contenido a cholón, se presenta como un suplemento/sección/no sé muy bien cómo desc acerca de la “transformación digital”. Mantra importantísimo de mantener: hay una revolución cuatropuntocero en marcha, un tsunami, aquí hay que apechugar y no te resistas que las máquinas funcionan solas –no son propiedad de nadie, se conoce- y si te resistes va a ser peor. ¿Qué quiere decir esto? Que va tratar prácticamente todos los temas excepto los estructurales del mundo laboral, esto es 1) El capital (la propiedad, si se quiere llamarlo así) y 2) El trabajo (los salarios, si se quiere llamarlos así). A cambio, Retina te promete una especie de viaje apasionante “analizándolo todo” para que “te adaptes” (vamos, que elijas pero que no decidas –esto es muy importante-) a la “transformación digital”. La jugada, lo hemos dicho a menudo aquí, pasar por descriptivas e inevitables cosas que tratan de ser en realidad prescriptivas. Sin embargo, a nada que escudriñes ves una amalgama de elementos que tiene que ver con “lo moderno, lo de ahora, no te quedes atrás” pero sin rascar demasiado. En todas partes para no estar en ningún lao, vaya.

Así que los de Retina quieren estar a setas y a Rolex y que no les pillen con el pie cambiado y el resultado es un suplemento mix and match que te avisa de todo lo que hipotéticamente va a pasar en el curro en el futuro excepto de las condiciones feudales en las que lo vas a desarrollar, y almibarado con ***tecnología***(a saber), que es un fetiche que barniza muy bien los sujetos agentes y encarcela mejor a los pacientes (ver Europa años 30). Una conjunto informe de robots, cuentos de la lechera sobre las horas que vas a trabajar y semanas de cuatro días (el mensaje lo ha lanzado Carlos Slim, cuidado con los emisores porque luego son los que eligen cómo se materializa eso), crowdfundings, startups, nomadismo digital (xD), bitcoins, y movidas actitudinales. También cosas que dice “la 100cia” y Esperanzas Gracia de medio pelo (de esto se ha aprendido mucho de otros sectores, porque aunque falles más que una escopeta de feria te sacan en los medios igual). De “la 100cia” tiran un poco todos estos suplementos online segmentados de El País porque traducir un péiper es rápido y relativamente fácil. Total, si lo que tienes es que “generar contenido” –vamos, hacer textos para acompañar a la publi, que lo que importa es que se vea la publi, eso si el propio texto no es la publi aunque parezca que es información-, vas a terminar de currar antes. Tiene sentido. Veamos qué cosas está haciendo la “100cia” últimamente. A ver si vamos a estar mirando mucho “la 100cia” y poco a los “100tífikos”. Abe.

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Y ojo, que a veces hasta Retina tiene alguna pieza crítica con la “precariedad laboral” diciendo que no la han inventado las apps. No son tan malas las apps entonces, que solo “recogen” algo malo que han hecho otros. Ya me quedo más tranquila. A veces –como hay que estar a Rolex y a setas- algún artículo hasta tiene un arranque de sinceridad.

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Aparte de esto las apps no han aportado mucho más que una especie de amadecasización del trabajo tanto en el contenido (que me lleven la comida a casa) como en la forma (vamos, un vaciado monetario y contractual; un contrato mercantil si es que tienes algún contrato; todo ello disfrazado de “echar unas horillas y que se adapten a mi estilo de vida”. Estilo de vida que suele pasar por una formación eterna para que no parezca que estás en el paro). No entiendo todavía por qué las llamamos apps si son empresas (hay unos jefes que ganan dinero y hay unas personas trabajando). No entiendo por qué si estamos en una “crisis del empleo” nos empeñamos en llamar trabajo a cosas que no lo son y en vaciar de curro y llamar “economía colaborativa” a cosas que son puro curro y no solo puro curro sino más feudal que nunca (eh, pero “adaptado a tu estilo de vida”).

La leyenda del espacio: nómadas digitales

Por centrarnos en un aspecto en particular, y puesto que parece que Retina analiza “un poco todo” para ver de qué hilo tienes que tirar para adaptarte, el otro día estuvimos unos cuantos hablando sobre el tema de las nuevas oficinas diáfanas, con pizarras en el váter, con mesa no fija porque hay que trabajar “por proyectos” y, por supuesto, con su mesita de ping pong como la redacción de algún famoso medio onláin hispano. Partimos de este ártical de Retina.

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Ya el primer párrafo es bastante prometedor: te habla de una cosa que todo el mundo dice que está pasando pero que nadie está viviendo. Vayamos a la realidad real, no a lo que te dicen que es real sino a lo que vives tú todas las mañanas: como dice Poloi, si tu jefe ni compra la licencia de Excel, ¿cómo mierdas va a sustituirte un robot y/o a ponerte un asistente virtual? Por otro lado, y sobre coches automáticos/voladores, vuelvo a poner el célebre artículo de David Graeber sobre este particular. ¿Cuántos años llevan braseándonos con coches voladores? ¿Cuántos coches voladores has visto? Y el “riesgo para el sector del taxi” ha venido no de un coche que se conduce solo, sino de un par de compañías que no aportan nada excepto saltarse toda regulación, no hay “innovación” aquí, a no ser que se innove para atrás. Pues eso. Que decir no es hacer.

Si preguntas a gente que conozcas que trabaje en “entornos inteligentes” lo más frecuente son sillas que acaban teniéndose que traer de casa o de alguna sala de reuniones porque todas están ocupadas, llamadas el día anterior para indicar si hay que estar presencialmente o no en la ofi al día siguiente (en función del espacio que haya disponible), por supuesto “misteriosas desapariciones” de material… Y la prueba del algodón: si trabajamos en proyectos horizontales, colaborativos, etc, ¿el jefe tiene su propio despacho? En general, sí. A lo mejor hasta con baño. El entorno colaborativo suele ser que tengas que llevar el papel higiénico de casa (caso 100% real).

Luego está el tema la parte de TEGNOLOGIA ESTREMA que te quemas.

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No sé Rick, si habéis trabajado en una oficina sabéis que hay gente que no se habla porque no se pone de acuerdo con cómo poner el aire acondicionado. Hay gente que se queda afónica por los aires acondicionados. Si tienes que traer el papel higiénico de casa y tu jefe no compra la licencia de Excel y a veces hay que mangonear sillas, es muy probable que no trabajes en un entorno inteligente. Y sabiendo todo esto, a lo mejor hasta te están hablando de algo que no existe ni va a venir nadie a poner un duro para ello, a saber. De hecho, me jugaría 20 euros a que el lector medio de este blog trabaja en una pyme y sobrevivirá a esa pyme cuyo jefe tiene bastantes cuentas que ajustar con el banco. Estás tú mejor que ellos, acuérdate. Te necesitan ellos más a ti que al revés.

¿Qué hay de fondo en toda esta mierda? Aparte de la ya trillada idea de que las oficinas no ubicadas en un centro de trabajo (vamos, las que están en una casa o en un coworking) transfieren una serie de gastos del empleador al trabajador, los objetivos son varios: esa confusión decir/hacer que comentábamos antes –idea de proyecto personal pero de la que en realidad se lucra un tercero, y además no sabes muy bien para quién trabajas- y hacerse nómadas para adaptarse perfectamente a los procesos especulativos de suelo en los que nos encontramos inmersos (y para los que España, como “país de propietarios”, es un caramelito). Recordamos, sin embargo, que si curras 14 horas al día, los “entornos” en los que se desarrolle ese curro pues dan un poco igual. Y luego sentido común: si vas con el portátil a la playa te da todo el reflejo del sol, y la arena igual se te mete en el ordenador… No te dejes llevar por la foto. Aparte, el cliente tiene prisa igual. Estés donde estés. Seas todo lo nómada que seas. Llames a tu lugar de nomadismo Silicon Bali o Acelerador de Ideas de Cevico Navero. No tendrán bastante los pobres de Bali con vernos hacer el polla de luna de miel, de gap year o de retiro espiritual que además ahora la gente se va allí a hacer como que trabaja. Pobre gente (los de Bali).

felipeY luego está la mentira de mentiras, eso de que Retina es “el futuro”. Abe. Que ha ido este señor, please. El otro día seguí con el rabillo del ojo el evento (ojo, en la era de la transformación digital si no haces eventos no eres nadie) y aquello era demencial incluso antes de aparecer Felipe González. Era demasiado sencillo tirarle beef al pobre chaval al que le hubieran mandado tuitear todo esto y que seguramente bastante tiene ya con hacer como que se cree todo lo que allí dicen y que incluso podría estar haciéndolo sin cobrar, mientras le cuentan que un robot le va a quitar el trabajo y secretamente piensa que, para esta mierda, ojalá. Impresoras tres dé, bitcoins y yo que no tengo dinero ni para el autobús de vuelta a casa.

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El master, ¿fase superior del capitalismo?

Como saben los lectores habituales de esta casa, nos gusta hacer las cosas con mucha calma y en esta ocasión vamos a referirnos –para hablar finalmente de otro tema- a aquel famoso piso de Montxo Espinar (que parece que no pero hace ya casi cinco meses de la broma). Cuando se descubrió el pastel, resulta que Montxo tuvo que salir a dar explicaciones porque, tal es el poder de Podemos que al chaval solo le faltó sacar el ticket de la compra del MediaMarkt del portátil que se compró con la diferencia que obtuvo entre que compró el piso aquel y la venta posterior. Que ahora en 2017 a toro pasado es fácil decirlo, pero hasta hace no mucho la propiedad en España significaba Que Te Hacías Mayor, la vivienda en propiedad era el espacio de reconocimiento adulto. Es la mejor herencia que dejó el Atado y Bien Atado de Paco, no ha sido nunca discutida, al revés, ha sido incentivada por lo progre mediante cosas como esas cooperativas de vivienda (que no son para todo el mundo precisamente) que hicieron fortuna en sitios como la Comunidad de Madrid, donde está precisamente empadronado Montxo Espinar. Bibliografía recomendada

Pero es que Montxo, aparte del portátil “que lo tenía hecho una pena” (sic) en Mediamarkt, y una vez truncado el sueño de la emancipación, tuvo la brillante idea de cursar un máster. En DeC no estamos demasiado interesados tanto en las correcciones o incorrecciones desde un punto de vista “ético”, lo dadivoso que es uno o lo que especula a nivel personal o como dinámica sectorial; pero SÍ lo estamos en saber por qué las personas pagamos dinero por gilipolleces. En Román paladino, cómo es posible que una persona humana gaste dinero que le sobra –o dinero que no tiene, ¡que se piden préstamos para esto!-en un máster. ¡¡¡EN UN PUTO MÁSTER!!

montxo

Izq: Montxo sin master/Dch: Montxo con master

Ya hemos hablado muchas veces de las confusas relaciones entre empleo y formación, así que quizá convendría trazar someramente por qué triunfa el tema este de los másteres. Vayámonos una década atrás más o menos. A punto de petar la burbuja de vivienda y con el Estao todavía funcionando a buen ritmo como expendedor de títulos para poder currar (acompañado por un buen número de universidades privadas para que los ricos sin muchas luces puedan heredar la empresa con un título que dé cierto decoro, sin parecer completamente gilipollas), ZP intentó de maneras muy torpes que ese marcador emancipatorio que es la tenencia -en el régimen que fuese- de un hogar propio perviviera entre las nuevas generaciones (el hipotecamiento a 50 años convivió con ese engendro que fueron las kelifinder). Se construyeron casas y casas y se firmaron hipotecas e hipotecas, aunque hubo también quienes no las obtenían o no les convencía lo de comprar, y hubo que tirar de subvenciones de diverso pelaje al alquiler (Barrio Sésamo: las subvenciones al alquiler, niños, son regalar dinero público al propietario por serlo). Parecía que la cosa iba palante (lo que quiera que signifique palante) pero sin tocar demasiado la estructura de propiedad, o intentando, como mucho, que algunos más entraran a ese juego.

Así que todo ese incremento en el recorrido formativo que tenía la doble función de 1) ocultar el altísimo paro estructural del Estado (sí, también Cuando Éramos Ricos, sobre todo Cuando Éramos Ricos) y 2) dar la sensación de ventana de oportunidad para una nueva clase media –más clase media en lo cultural que en lo económico, remember mileurismo, remember plan PIVE-, actuó como pata identitaria en lo laboral (creador de expectativas, modo de imaginar mundos posibles que son más o menos hacer lo que has visto en casa y si puedes un poquito más y esgrimirlo “como derecho”, cuidado) de la chavalada nacida entre mediados de los 70 y mediados de los 80. Ante la imposibilidad de garantizar la propiedad para todos debido al disparatado precio de la vivienda y ya dejado de la mano de dios el mercado laboral desde finales de los 80; se incentivaron los centros universitarios como ascensor/pacificador social/sitio donde dejar aparcaos a los chavale para que no molesten mucho (una guardería de veinteañeros). Con la burbuja estallada, los entre tres y seis años de duración que solían tener las carreras ya no eran suficientes para contener todo ese paro real estancado en las facultades fumando porros ni la FP podía absorber el empleo destruido a modo de “vehículo para la reinserción laboral”. Ni se podía crear más empleo público barra esponja de absorción de lealtades. Los estudios pueden no darte un trabajo, pero te dan un lugar en el que estar, al menos mentalmente y también tienen una función orientativa (hacia dónde deberías ir). Y bajo estas dos últimas premisas –dilatación ad aeternum de la formación para que no parezcas un parao cualquiera y “¿quién soy yo y qué es lo mío?”- se abre paso la hegemonía masterística.

Pero no se acaban aquí las maravillosas propiedades de los másteres. Fue con ZP que conocimos por primera vez el máster como narración de lo posible… Tan posible que fue gracias a ellos que se nos coló la financiarización por la puerta. ¿Cómo conseguir que gente que solo tiene en el banco la cartilla de ahorros y no parece que vaya a hipotecarse contraiga algún tipo de deuda pa tenerlos bajo control? Vamos con la cantinela de “si no complementas tu formación con no sé qué tu título no vale nada” (recordamos a los lectores que per se ni el título de la uni ni tampoco un curso de bikram yoga no tienen ni tienen por qué tener ninguna utilidad) y hagamos que las administraciones públicas establezcan relaciones dudosas con las entidades bancarias. ¿Y cuál fue el resultado? Lo mejor del modelo USA, y no hablamos precisamente de la Ibilí ni de Silicon Valley, sino de un montón de peña endeudada que no podía pagar los préstamos ni siquiera “en condiciones ventajosas”, vamos, una precuela de la publicidad de Cofidis que dan durante la publicidad de El Programa de Ana Rosa pero en vez de aplicada a la emergencia de “necesito pasta porque me cortan la luz” aplicada a la expectativa de “no quedarte atrás en la vida”. En fin, que los chaveas no “consiguieron” empleo y a ver cómo salimos de este marrón de la deuda. Oh sorpresa, conseguir empleo depende de ti en una porción insignificante. Dependería de ti si pudieras elegir cuáles son los sectores estratégicos del país, y eso ni lo has votado en la vida ni lo vas a votar.

Hace poco leía en algún sitio que el doble mortal adelante del mercado laboral ha consistido precisamente en eso, en ir más allá del “pago en narrativas”, en la interpretación -con por supuesto terribles consecuencias materiales- de que si te gusta tu trabajo, ¿por qué deberían pagarte por ello? Así que, si ya hemos visto que esto de los másteres es un sacacuartos, que te endeudas, que no es que no curres de lo tuyo, sino que no curras de nada, ¿por qué no pincha esta burbuja y se siguen ofertando másteres y másteres?

Mi respuesta a esto pasa por un sendero que transita en paralelo al capitalismo, esto es, que si el capitalismo cuando ya no tiene nada más que devorar se devora a sí mismo, nosotros hacemos algo parecido: el máster es un modo tangencialmente de “inserción laboral” (me descojono) pero centralmente de consumo de uno mismo y de proyección en el futuro.  No es que solo seas prosumidor de videos de YouTube, es que eres prosumidor de tu experiencia vital.  Juegan a la bolita por un lado con un pasado reciente que se considera “lo normal”, por otro con las expectativas del mañana y por último con lo que te cuelan en los titulares de clickbait (“las 100 mejores universidades”, “las diez profesiones más buscadas en 2017” –luego en 2018 saldrá alguna profesión totalmente contraria a la lista de 2017 Y ADEMÁS el redactor que ha titulado así probablemente haya sido despedido ya, así que NO HAGÁIS CASO A LAS LISTAS que solo sirven para colar en medios intereses espurios de algunas empresas como las ETTs) ; a todo lo cual se añade un miedo irredento a quedarse descolgado –de no sé dónde-  y que si un robot me quita el trabajo y no sé qué –alma de cántaro, si tu empresa no invierte en domótica de parvulitos para ahorrar en luz, ¿qué robot se van a comprar?-. Ante este negro panorama, el máster se reproduce de modo mitótico, hasta tal punto (y no hace falta ni que demos nombres)  que tenemos antiguos alumnos de másteres montando másteres. Antes te dabas de hostias con otro grupo (como los punks y los mods) y ya eras “un grupo social”. Ahora hay que hacer talleres, presentar libros, montar un máster y montar un partido si me apuras, rollo marca personal colectiva. Y un podcast. O te inventas (esto lo tenía que meter en el post como sea) un eslogan como “los datos son el petróleo del futuro” para vender un posgrado en Big Data –os juro que esto lo he oído en la radio-. Extractivismo del mejor. Pensamos que si ponemos pasta, panoja, parné (leánse estas tres últimas como lo hace Jorge Javier cuando se dirige a Isabel Pantoja para decirle “usted viene de la cárcel, del trullo, del talego” estamos, a ojos de los demás, ganándonos un reconocimiento, un lugar, un networking en lo posible, en lo que es lo mío. Que te estás comprando a ti mismo, como si hiciera falta.

Otra buena respuesta está en el último párrafo de aquí y que se resume en ese sentido del yo del que habla Esteban Hernández. Como explica el propio artículo, ya hay muchos campos en los que no solo no es que no se exige más formación, es que te piden que ni acabes la formación mínima para poder seguir acogiéndose a convenios y pagar ellos poco. Tú buscas identidad y ellos buscan sacarte pasta como sea: unos caminos que nunca se cruzarían si no fuera porque trabajar es obligatorio.

Están tocando algo muy íntimo -combinado con miedo, se parece un poco a los anuncios de las alarmas de Securitas Direct, en mi opinión- que desde lo puramente material es difícil de analizar y que está en relación con estas “políticas de identidad” (que llevan aparejados unos consumos, evidentemente), que tan en boga están ahora. Se entremezcla con intentar ver cuánta pasta se puede sacar de un acojone difuso.

Así que decretamos que sí, que el master, por muy público y oficial que sea, es la fase superior del capitalismo; el imperialismo mental en el que pagas dinero y tiempo por ser tú y para seguir siendo tú o una versión mejorada de ti en el lugar que crees que te corresponde, el lugar en el que calmar incertidumbres haciendo networking con otros pringaos como tú y como yo. Esa, y no la “formación” –que ya no sé ni lo que significa esta palabra-, amén de todas las “intervenciones intermedias e interpretaciones variadas” a modo de ansiolítico cultural; es su función primordial. Lo que os digo yo poniendo voz de Esperanza Gracia es que la identidad ya la tienes, no hay que pagar dinero a nadie para que os ponga un sello como si fuerais astados de una ganadería en sanfermines. Mi consejo, tras perder entre matrículas y alquileres seismil pavos en un año -al menos no me endeudé-, es el que doy siempre por estos lares: si no sabes lo que hacer, no hagas nada. No les demos más razones para convertir el miedo en nicho de mercado.

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