La trampa de la alta cultura

Cultura es lo que levanta del suelo la mirada del hombre y lo lleva a descubrir el horizonte, lo que hace que el animal se ponga a caminar a dos patas aunque a veces esa posición le provoque dolores de espalda, deformaciones de columna, dolor de cervicales, es eso, hija mía, le decía su padre en un tono solemne. A ella le molestaba esa grandilocuente autosatisfacción (le parecía provinciana entonces y hoy la echa de menos). El hombre se humaniza cuando se levanta a dos patas para mirar de frente un cuadro colgado en la pared de un museo, o cuando se dobla para sentarse en una silla y, antes de desmoronarlo con la primera embestida de la cuchara, contempla un instante el plato que acaban de servirle y admira el montaje, la presentación y acerca un instante la nariz para capturar los aromas. Adiós al mono, te presento al hombre.

Rafael Chirbes. Crematorio.

Decía José Ignacio Wert que se ha de “inculcar a los alumnos universitarios que no piensen solo en estudiar lo que les apetece o a seguir las tradiciones familiares a la hora de escoger itinerario académico, sino que  piensen en términos de necesidades y de su posible empleabilidad”. Llevan años jugando a que sí, que no, que nunca te decides con el tema de las Humanidades. El sofisma al que le dan vueltas es relativamente sencillo: si estudias Letras, atente a las consecuencias. O haces lo que te gusta o curras, tú verás. Cultura tiene que ser, si no eres de ‘ellos’, necesariamente, rentabilidad. Nadie que no sea de ‘ellos’ disfrutando sin un sufrimiento extra, sin un esfuerzo suplementario por su parte. Yo hago como que te dejo la puerta abierta para que si tienes PASIÓN –ojo, si no eres de ellos’ también está prohibido no llegar a las cuotas de apasionamiento que ‘ellos’ dictaminen- parezca que avanzas, pero una vez que intentes esa empleabilidad, adiós. Ya está reservada a otros. ¿Y quiénes son esos otros? Pues quienes, al ser las circunstancias, en cambio, mucho más favorables, entonces dicen que sí, entonces bienvenidas las Humanidades. Por arte de magia, dependiendo de quién abra la boca podemos considerar la misma sentencia una perroflautada de manual o una muestra del más sublime gusto. Y hacer caja con ellas también, con las Humanidades digo. ¿Cuántas escuelas de negocio ¡un beso fuerte a Iñaki Urdangarin! se han revestido en los últimos tiempos de presuntos conocimientos sólidos en materia filosófica que ayudan a ejercer liderazgos casi mesiánicos –o eso creen ellos y sus adláteres-? Total, para qué, para morirte por temas magufos. 

La Cultura, las Humanidades, es otro terreno –del que hemos hablado en DeC ampliamente es del laboral– en el que importa ya poco lo que se haga, y cada vez más quién lo haga. Como tantas cosas inicialmente buenas, unos pocos han sabido usarlo –puede que les hayamos dejado usarlo- como elemento distintivo, desde luego no democrático -la democracia es de tiesos-, y como un juguete que “no es para ti, niño”. Lo que no han calculado algunos es que esta lectura terminará por ponerse en su contra. Viene costando poco entrar en ese ‘ellos’, pero viene costando aún menos salir, que te saquen a hostias, mejor dicho. La treta -que Wert comenzó con esto de la empleabilidad y concretó finalmente en la política de becas y en otras cosas poco sutiles– es relativamente sencilla: consiste en disfrazar de superioridad intelectual la capacidad de comprensión de la denominada alta cultura, pero en realidad torpedear deliberadamente el acceso a la misma de aquellos a quienes no consideran lo ‘suficientemente buenos’ –a menudo mucho mejores, pero contra los que es preferible no competir, no sea que esa chusma quede mejor parada-  para su disfrute. Poner barreras de acceso, todas las posibles, pero llamarlas falta de talento e intelecto. Y ya está. Ya somos automáticamente mejores. Un pensamiento muy autohalagador y generador de una realidad virtual comodísima, claro. No es solo que la alta cultura consista en unas prácticas concretas y que lo demás se tilde de basura. Es que además quieren que esas cosas concretas las disfrute un grupo determinado de personas, y si no eres de ‘ellos’ y has escapado a su control, reducir los riesgos para ‘ellos’ al mínimo. Entrada sí, demócratas de toda la vida, pero solo para gente que no dé muchas vueltas a las cosas, gente mecenazgueable  –si dependes de tu mecenazgo, más proclive a no discutir, a los apoyos incondicionales, a decir gracias por la oportunidad, a aceptar la caridad-. Mecenazgos para que ‘ellos’ queden de redentores ante la decadencia de un sistema público que, dicen, es insostenible, pero cuya ubre ‘ellos’ chupan a placer. Y no, no es un problema de escala y de que los autónomos también lo hagan, otra falacia. Si el Lute robaba gallinas, robará en un Ayuntamiento. Esto dicen, muy satisfechos, ‘ellos’, en sus museos, mientras piensan que si adoptan a alguien ‘ajeno’ para que haga/consuma alta cultura, por lo menos que sea alguien que no moleste. La alta cultura es su símbolo de distinción y los demás estamos aquí para servir y callar, y ‘ellos’ para ser servidos.

Hubo cierta parte de aceptación de esto por quienes no eran ‘ellos’. Entonces los ‘no-ellos’ crearon otra(s) cultura(s). Porque a ‘ellos’ no les bastaba con que los ‘no-ellos’ no tuvieran acceso a lo de ‘ellos’, sino que, por supuesto, no debían de saber/crear/hacer nada. Si no hacían nada, podían ser acusados de no hacer nada, así de sencillo. Pero como sí hicieron cosas, y claro, si no son para servirles a ‘ellos’, y ni siquiera tienen intención de entroncar con lo que ellos dicen que hay que hacer, pues MAL. Lo propio y distinto, mal. Si tiene éxito, peor. Al principio estaba mal porque no era rentable. Cuando es rentable, el problema es que ese dinero no lo han pagado las manos que ‘ellos’ consideran deseables. ¿O lo que sienta mal aquí es que se camine al margen, sin tratar de ajustarse a baremos del Ministerio X, sin ayudas y sobre todo ni siquiera molestándose en violar las reglas porque simplemente existe un criterio propio y diametralmente opuesto? Que tenemos hablándonos de ‘creación’ a funcionarios, virgen santa. Que tenemos a Cristóbal Montoro hablando de cine, señores, y veis el problema en Hay una cosa que te quiero decir.

Juegan de manera cicatera con la bondad y la maldad de la mercantilidad: tener una vida más allá del pago de facturas es lo que diferencia a ‘ellos’, los hombres, de nosotros, los monos. Pero quieren restringir el número de hombres al máximo y echar la culpa a los monos de sus males, claro está. Cuando el mono hace “cultura”, entonces sí, entonces ha de ser rentable. Cuando alguien tiene la más mínima curiosidad por conocer lo de ‘ellos’, por sobreponerse a esa barrera de la mercantilidad, se le tacha de inútil si es de los ‘no-ellos’, de poco realista, de cómo querías tener trabajo con una filología árabe -si eres de ‘ellos’ y tienes una filología árabe, tranquilo, será fácil trazar un relato familiar y emocional que entronque con tu amor por la cultura islámica-. Lo que aporta y lo que no aporta lo tienen que decidir ‘ellos’, y permanecer cerrado para el resto. Se cuidan muy mucho de la exclusividad y cuando lo que hacen otros –esos otros a los que deliberadamente se excluye del círculo- resulta que lo peta en un –su sacrosanto- mercado, pues no, que también está mal. Y luego van a pedir licencias de urbanismo a quien tiene Mirós en el baño. Valientes hijos de puta son. Se juega a no resolver problemas sociales diciendo que la gente “no sabe”, torpedeando las posibilidades del que “sabe pero me podría perjudicar” y encargándonos de que parezca que estamos por encima de pagar facturas pero diciendo a la gente que se compra un libro que cómo es que -en este caso serían los ‘no-ellos’- osan derrochar así su dinero. Habrá que cubrir las necesidades básicas y no las apetencias mundanas, claro. El hecho de que adquieras cualquier cosa que pueda acercarte a ‘ellos’ lo ven como un atentado, como una amenaza. Por eso les molesta que tu sueldo pueda dar para algo más que comer, que ellos pintan también como una experiencia cultural, que los diferencia de los monos, claro.

Y hablando de comer, esa alta cultura consiste, arriba lo tenéis, también en disfrutar los vinos, en ver algo que el común de esos animales que comparte piso no puede, no sabe, no le da. Beber kalimotxo para emborracharse porque hace frío es de bestias, de gentes de baja estofa, sin gusto. Pero en vez de encargarnos de que el kalimotxero descubra las excelencias del vino y el buen gusto vamos a poner el máster de Enomarketing del Basque Culinary Center a 7.500 euros ¡pagar una pasta para adquirir una sapiencia y gusto cuasi innatos, que solo hay que pulir, solo son patrimonio de los elegidos y que supuestamente no tiene precio! –estos precios son la consecuencia lógica de pensar que quien los paga puede hacerlo porque ha trabajado mucho, y porque es mejor, y claro-, no se nos vaya a meter aquí la chusma. No sé cómo estarán llevando estos señores, ‘ellos’, digo, lo de que a un chico con chándal le hayan dado ¿tres? Estrellas Michelín, la verdad (bueno, cobra 175 euros. Pero que te cobren 175 euros en chándal <3). Son más civilizados por ser capaces de encontrar una narrativa en la comida, mientras que tú solo comes porque te gusta, o porque tienes hambre. Eso es de salvajes. Yo puedo, yo sé, tú no. Ellos están por encima. Crean sus industrias a base de implantar inseguridades que a nada que se rasque se ve que no van a ningún lado y a río revuelto ganancia de pescadores. Te dirán que pagan para sentir sensaciones que, están convencidos, o eso te dicen; el dinero no puede comprar. CIVILIZACIÓN. No hagas mucho caso, en serio. Esto tiene tanto recorrido como la efectividad de un anticelulítico.

Consideran, ya lo hemos dicho muchas veces, que ellos tienen que poder elegir entre algo bueno y algo muy bueno y tú entre algo malo y algo muy malo (no te quejes del paro que podrías estar en Siria y haber muerto gaseada con sarín) para que el estado ‘natural’ de las cosas se dé. El equilibrio correcto es ese, y si no o no hay libertad, o no hay democracia, o no hay (inserte aquí un sustantivo que evoque algo bueno). Tú tienes que curtirte, ‘ellos’, tener facilidades para operar. Pero la solución es relativamente sencilla: porque si no se juega a lo de ‘ellos’, si no se intenta ‘encajar’, si no necesitamos mecenas, no hay nada que perder. Y entonces todo es tremendamente más fácil. Hacer lo que queremos, y quitarles, a la vez, la ¿autoridad?

P.D: ¿Que quiénes son ‘ellos’? Yo creo que no lo saben ni ellos, lo que sí saben es que esa esfera es cada vez más escasa y hay que tratar de no salir de ella como sea. Pero en general, cualquier individuo que busca el foco cuando sabe que puede darse golpes de pecho, y que busca diluir sus responsabilidades tanto como le sea posible cuando las cosas vienen mal dadas. Por supuesto, lo último que debemos hacer es renunciar a pedírselas. Renunciar a preguntarles qué cojones hacen con un Miró en el váter. Saber a dónde se quiere llegar es fantástico, pero saber de dónde se viene es mucho mejor. Sobre todo si te reducen esa esfera del ‘ellos’ y hay que volver a donde los ‘no-ellos’. Arrieros somos…

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Acerca de nayermaster

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2 respuestas a La trampa de la alta cultura

  1. Folks dijo:

    Todo eso lo resume David Wong en una lista de Cracked: “If everyone at my country club makes good money, it can’t be that hard!”

  2. jorge muñoz dijo:

    “Ser mecenazgueable” (yo hubiese dicho “mecenazgable”) es un concepto muy bello. Es más, en breve los salarios mutarán en mecenazgos: cuando y como el mecenas quiera.

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