Por qué bebéis gintonics

Vengo de un fin de semana complicado circunscrito dentro de una semana complicada. La semana en la que descubrí que hay barcos para emprendedores. El máster de ricas y famosas que iba a hacer la UPF ha sido borrado de la lista, en vez de currarse alguien un puto contenido para el mismo y sacar a algunas gentes de la enseñanza del desempleo (que no del subempleo, sin emociones). La semana en la que Espe ha dicho que CUÑAO HERRERA es el mejor comunicador de España. La semana en la que he encontrado péipers que hablan de las cenas de empresa. El Albondiguilla pasa de ser un ser despreciable a ser una víctima de una especie de mafia hortera. Toda la mierda millenial me salpica mucho, me salpica de tal manera que empiezo a ver las Gestoras Pro Amnistía como la primera experiencia de networking de la que tuve conciencia. La ketamina corre entre los homeless en paro de mi barrio como Usain Bolt en un estadio olímpico cualquiera, supongo que como aperitivo a los cuadros politoxicológicos que veremos en santotomases, navidades, sansebastianes, carnavales… El hombre con el que me gustaría tener hijos está borracho a las diez y media de la noche emitiendo ruidos simiescos UEEEEEEE con sus amigos, y cuando le mandan recoger la terraza de un bar contesta que “la represión no es la solución” y no sé qué de “esta música no, me dijiste que ibas a poner un tributo a Iron Maiden”. Mis contactos de FB ponen en sus estados frases de Bucay, Coelho y Galeano. Discuto a cuchillo con compañeros de trabajo por la diéresis del apellido de un entrenador. Ortega Cano y Josefer en el maco y los de Herrira no hacen nada. Han abierto una tienda de cigarrillos electrónicos a cien metros de mi trabajo y mi camino de vuelta a casa del mismo está jalonado por carteles que anuncian toda clase de cursos de coaching, desde ‘el viaje del héroe’ a metodologías de autoobservación. He soñado que a mi padre le chantajeaban en la Seguridad Social con no ver un duro de la jubilación si no se hacía autónomo…

inodoro

Pop up store con azulejado de Pasapoga 1971.

Pero no venía a hablar de nada de esto. Vengo a hablar de vuestros padres. Vengo a hablar de vuestros padres divorciados intercambiando anfetas de distinta concentración en lavabos públicos, vengo a hablar de vuestros amigos borrokas bebiendo gin tonics en copas de balón. Vengo a hablar de ese bar en el que se forja la solidaridad intergeneracional cuando ves a señoras con faja que han salido a ‘darlo todo’ con cuarenta y seis añazos, síndrome del nido vacío, veinticuatro meses de prestación por desempleo y afinación perfecta a la hora de cantar la santísima trinidad de temas para toda persona a la que acaban de romper el corazón pero trata de aparentar que no ha pasado nada: Déjame de Los Secretos, A quién le importa, de Alaska y Mi mundo sin ti, de Soraya Arnelas. Y a ti misma diciéndote: “Yo voy a ser así, pero sin que parezca que tengo cuarenta y seis años”. Vengo a hablar de gintonics otra vez, no como “experiencia”, sino como puro seguidismo, como ese resquicio al que agarrarte fuerte, como proyección hacia una vida que JAMÁS, jamás, vas a tener. Como el TIESO que vota al PP porque “algún día será jefe”. Como el matao que porque se habla por lo Tuitor con dos chavales a los que su padre les está pagando un EM BI EI en U ESE A cree que ya es “como ellos”. Si proyectas, automáticamente, eres. La realidad ya da igual. O eso sigue creyendo alguno. Si lo piensas muy fuerte se cumple. Si cagas muy fuerte te haces daño. El gintonic: otro hito del pensamiento positivo.

La juventud del Antiguo anda perdida. Andamos más perdidos que un hijoputa el día del padre. Sin ninguna ETA ya en la que ingresar, y sin curro, solo queda un referente: tu padre. Tu padre que va al bar contigo. Tu padre que te recuerda un día sí y otro también que “yo con tu edad tenía un coche, una casa y a tu hermano y a ti”. Y dice que te invita a un gintonic. Y tú que no, que la casa, el coche y los niños no, pero que para el gintonic sí que te llega con alguna chapucilla que has hecho por ahí. De hecho es lo único DE PADRE para lo que te llega. Y para lo que te llegará. Recuerda que tu poder adquisitivo postadolescente no es algo temporal. Ha venido para quedarse. Tu padre dándote el cambio del parking para que te compres drogas algo. Los gintonics decorados seguramente durarán tanto como la tienda de perfumes de marca blanca que se montó tu amigo el emprendedor. Meses esperando a la licencia de apertura para que cuando llegue, esa burbuja haya reventado ya, y tenga que cerrar. Entonces te dirá que no, que no era una cosa a largo plazo, que era PARA PROBAR  y que no era un negocio normal, que era una POP UP STORE (la última mierda que he descubierto del vocabulario millenial/emprendehomeless). Contestadles que VUESTRO CULO también es una pop up store. La verdad no importa. Todo es interpretable. No os dura nada de nada: los novios, las tiendas de vuestra propiedad, la ropa del Primark. Nada.

Toda esta historia de los aromas botánicos, de las ginebras azules no deja de ser un intento de sofisticación del Larios Cola de tu padre. Lo de beberlo en copa de balón también. Es el traslado de la academia de inglés y de la beca Erasmus -tus factores diferenciadores con respecto a tu padre, no mejoradores, diferenciadores- a la borrachera dominical, es otro mojón en la anglosajonización absurda de todo. Es buscarle una utilidad tonta a un montón de extraescolares que no te han servido para absolutamente nada. Con fresitas flotando es gintonic también, porque es lo único que vas a “conseguir” como ellos, pero que parezca mejor, que parezca globalizado. Que parezca globalizado pero me lo tomo en el batzoki/herriko como se lo toma él. El quiero y no puedo llevado a las cosas más banales, que son las que te hacen de verdad. El no saber por dónde le da a uno el aire. El no saber si estás con ellos o contra ellos. Ellos queriendo ser tú bailando Don Omar. Tú queriendo ser ellos con el puto gintonic “peronoesigualporqueyolotomocontanqueray”. YA. Que tienes que soportar el bochorno de ver echar el chorro por la cuchara esa con surcos con Sospechosos de fondo. Yo ya no sé si somos el último reducto contra la modernidad líquida, aquí en el Antiguo, digo, o lo que somos es gilipollas.

El gintonic: funcionando desde hace cinco años entre treintañeros como ese determinismo que dicta que cuando pasas de jugar en la Real Sociedad a hacerlo en el Real Madrid pases también de usar pendiente de coco a pendiente de brillantes. El gintonic: la sublimación del matrimonio estándar que cuando se casa dice que quiere ir “a por la parejita”. El gintonic, reuniendo a las cuatro menos diez de la mañana a personas de distintas edades que quieren “recuperar el tiempo perdido”: unos cagándose en su mujer, otros mencionándote a Proust “yofuialauniversidad”. El gintonic no distingue, simplemente recoge, no te eleva, estandariza la mierda. El gintonic ni detiene el tiempo ni lo acelera, ni te hace estar en la edad que te gustaría, ni para adelante ni para atrás. Solo sirve para que ganen un dinerito a costa de vuestras inseguridades los primos hermanos de los que dan cursos de posicionamiento web y te dicen que jamás, jamás, en tu puta vida, vas a volver a trabajar si no sabes eso YA VERÁS, YA, te dicen.

Ojalá dure todo esto lo que va a durar la tienda de cigarrillos electrónicos 😀

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Acerca de nayermaster

Amante de lo decadente.
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3 respuestas a Por qué bebéis gintonics

  1. Folks dijo:

    A mi no me mires, yo soy Web Influencer.

  2. Jajajajajajajajajjajajaajjajajajajajaja!! Yo bebo gin tonic, pero porque tengo reflujo esofágico y me he dejado convencer de que es digestivo. Vamos, que con esto no tengo tantos eructos y pedos desagradables como con todo el resto. Ole tú, siniora.

  3. Donostiarra dijo:

    La próxima vez que vaya al Erro-tonic a tomarme un Gin-tatxo de Larios 12 ( en plan pikoleto de la calle Zumalakarregi) me fijaré en la fauna, a ver si hay alguien con la camiseta del Chelsea.

    Un saludo.

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