Cotillard, Pablemos y el trabajo como problema

Cualquier trabajo es mejor que ninguno.
Bill Clinton, 1998

El domingo se dio la feliz coincidencia de que cuando llegaba de ver en el cine ‘Dos días, una noche’, en La Sexta echaban el Salvados de Pablo Iglesias en Ecuador, en el que se desmenuzaba el famoso programa electoral que nadie dice conocer y por el cual media España duerme intranquila porque ES QUE NO SABEMOS LO QUE VAN A HACER Y A VER SI VA A VENIR MONEDERO A EXPROPIAR UNA CASA QUE NO TENGO.

En ‘Dos días, una noche’, Sandra (Marion Cotillard) trabaja en una empresa de paneles solares (sí, una empresa de esas con las que los consumidores nos quedamos tranquilos y decimos “eh, mira, estoy consumiendo una energía limpia” sin rascar mucho más). La dirección DECIDE (y pongo el verbo en mayúsculas por una razón) que los trabajadores ELIJAN si prefieren que Sandra siga trabajando con ellos o echarla pero recibir una paga extra de 1.000 euros. Primer cáncer del mercado laboral aquí: la dirección fijando términos de discusión artificiales, presentándolos como inevitables, para crear miedo y división: nivel avanzado y más sofisticado de echar la culpa a los inmigrantes porque se llevan las ayudas. Una especie de UKIP laboral. Tras descubrir que el encargao (no son encargados, son ENCARGAOS, la sal de la lumpenoligarquía, los conocéis y suelen ser mucho peores que los jefes de la estratosfera) metió miedo a algunos de los empleados diciendo que si no echan a Sandra total pueden echar a otro porque el trabajo se puede sacar adelante con una persona menos, y el despedido podría ser cualquiera de ellos, Sandra y otra empleada abordan al jefazo y dicen que les gustaría repetir la votación el lunes. Es viernes por la tarde. Su marido y sus hijos le ayudan a buscar las direcciones y teléfonos de los 16 compañeros a los que tiene que convencer para ir a visitarlos uno por uno y, cara a cara, tratar de que voten por ella. Si los coges uno por uno, esto lo sabemos mucho de cómo chantajean las empresas, siempre es distinto de si los coges todos a la vez.

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La pena de paseíllo era esto.

A partir de aquí se suceden todas las situaciones de sidáncer laboral imaginables: mentalidad de grupo para disolver la responsabilidad (una responsabilidad que los trabajadores creen tener y no tienen, porque puede que elijan, pero seguro que no deciden) en vez de para atajar los problemas (la insistente pregunta cuando Cotillard aborda a sus compañeros de ¿pero y los demás qué van a hacer? y ¿quiénes van a votar por ti? -si vais a ver la película recomiendo que os fijéis en concreto en quiénes son los que finalmente votan por ella-) en aras de una especie de “bueno, en realidad no me mires a mí, esto es un poco una decisión de todos”. Frases que directamente duelen: “Es que 1.000 euros es mucho dinero” (la película es belga, imaginaos qué son 1.000 euros en Bélgica y para quién eso es mucho dinero), “No, otra vez no” (en referencia a quedarse en el paro como EL GRAN PROBLEMA Y LA GRAN PESADILLA). “Quiero estar con vosotros y no sola en el paro” (algún día algún alma caritativa escribirá sobre cómo en la edad adulta el empleo nos priva sistemáticamente de espacios de sociabilidad ajenos a él, y cómo cuando perdemos un empleo lo único que hemos logrado articular son… cursillos para tratar de buscar otro empleo). Consideraciones sobre “rendimiento”, un rendimiento determinado por inútiles como esos que se permiten “evaluar negativamente” a una peluquera de Marco Aldany aunque estén a las puertas de un despido simplemente por el placer de sentir que tienen poder en algo -de este sentimiento de poder respiran los ENCARGAOS y nos amargan la vida a los demás- aunque tu vida no la controles para nada…

Y la sensación que le queda a una es que no, que quien vota a favor de Cotillard no es el bueno ni quien vota en su contra el malo, de que Cotillard no tiene que “luchar por su empleo”, como dice su marido al inicio del filme. Porque no saldrá victoriosa nunca en esos términos. Ir a ver uno a uno a tus compañeros de trabajo para poder pagar facturas no es ninguna clase ni de lucha ni de ejercicio de dignidad ni si no lo haces tienes que sentir ninguna derrota: la derrota está en que esa empresa siga abierta y no pase absolutamente nada e incluso esté socialmente bien vista -paneles solares, energías limpias contra los jeques malos del petróleo, uuuh-. Puede que Cotillard necesite dinero -más que dinero lo que necesitamos son instrumentos de autonomía, no necesariamente financieros-, pero no un trabajo, ni mucho menos ese trabajo, sobre todo NO ese trabajo. No hay violencia física apenas en la película, pero es difícil decir que la violencia no recorre el filme de cabo a rabo. En todo caso, ‘Dos días, una noche’ es extremadamente útil para desgranar el empleo como chantaje de supervivencia, y para ver cómo el trabajo enferma a las personas para luego echarles la culpa, exprimirlas, meterles miedo de modo aleatorio -otra buena peli al respecto es ‘Smoking room’– y amenazar con expulsarlas, para no ya no poderse permitir ir de vacaciones o un capricho, ni tener una casa -el chantaje de vivienda (la posibilidad de dormir en la calle) está estrechamente ligado al chantaje laboral, por eso el comemierda social queda desarmado cuando la idea de una crisis sobrevenida por culpa de familias que no pagan segundas residencias queda oculta por la realidad: familias desahuciadas por menos de tres mil cochinos euros o gente que no puede pagar un puto alquiler, una HABITACIÓN en alquiler-. Les amenaza con, al día siguiente, no tener calefacción, no tener luz, no poder bañar a sus hijos. 2014 y toleramos con naturalidad que la alimentación, la higiene, la salud o el no pasar frío dependan de un salario, e incluso exacerbamos la pátina religiosa del trabajo aupando a “creadores de empleo” (hoy en día los “creadores de empleo” son delincuentes o precarios) como a nuestros nuevos santos. Es una auténtica locura de la que nuestros hijos no sé, pero nuestros nietos se descojonarán igual que de que sigamos teniendo “novio” y cosas por el estilo.

Y sin embargo, dejamos al trabajo asalariado fuera de todo esquema de discusión. Parece algo emanado de la naturaleza. Y no lo es. Si se creó el término paro, se creó en relación al empleo asalariado (si tenéis que leer un link de aquí, que sea este). La lógica es sencilla: para que no haya paro, lo que no tiene es que haber trabajo.

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Quien dice fábricas dice Gran Vía 32 octava planta.

¿Y qué tiene que ver esto con Pablo Iglesias? ¿LO ESTÁS METIENDO CON CALZADOR PARA TENER MÁS VISITAS? Por la parte que me toca, he analizado tangencialmente en posts de aquí los problemas de ser un “asalariado” (bueno, lo de asalariado es un decir, porque muchas veces ni eso) en el mundo de la comunicación. El caso es que en un punto de la entrevista, Évole saca a colación una parte del programa electoral de Pablemos en el que señala que no dejaría más del 15% de concentración de la propiedad en sectores como los medios de comunicación (lo cual no es para nada el problema real, pero luego sigo con esto). Entonces empieza el rollo de bien nacidos es ser agradecidos y “qué harías tú sin mí”. COMO SI TUVIERA ALGÚN TIPO DE RELACIÓN, Évole le recuerda a Pablemos la cantidad de minutos en prime time que generosamente y (con un par de huevos aquí el Follonero, que todo hay que decirlo) EN ARAS DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN le han dejado las teles privadas al Coleta, y Pablemos le torea bien diciendo que si no diera audiencia la cosa no sería igual. Una vez más, nos plantean un problema que no es el nuestro ni lo que nos interesa. ¿Podemos convenir que la concentración del poder decisorio, sea cual sea el ámbito del que hablemos, es algo negativo menos si eres un letizio creyente en la omnímoda visión de estado de los prohombres de la Transición? Sí, sin duda. Pero es que resulta que en la misma semana servidora se desayuna (vale, la noticia es anterior, pero yo me enteré la semana pasada) de que en el edificio de Gran Vía 32 de Cadena Ser si tiras una pared te encuentras a ochenta becarios montando cortes de voz para Aimar Bretos  y todavía Pepa Bueno tiene los SANTOS COJONES de hablar de parados mayores de 45 años como si no se hubiera ido en su empresa ninguno a la calle para meter “becarios vitalicios”. Y entonces se da una cuenta de que esa pelea en los términos en los que la plantean Évole y Pablemos está muy alejada de la básica, de la radicalmente importante: una cosa es el contenido del trabajo (el desarrollo de unas funciones determinadas, la dimensión subjetiva en las que cosas como la libertad de expresión y su -aparente- relación con la concentración de la propiedad son relevantes para el ejercicio profesional y todo eso), y otra cosa que tiene bastante más relación, PERO BASTANTE MÁS, son las condiciones contractuales, llámemosle la “atmósfera” laboral. Como asalariados andamos, una vez más, sumidos en el clásico debate-trampa en la que no se atajan los problemas porque no podemos fijar los términos de la discusión. En una sociedad en la que la determinación de tu grado de autonomía está lamentablemente ligada al dinero, tu libertad viene dada en gran parte por la retribución que recibas de tu trabajo -y en muchos casos y en especial en la industria que nos ocupa eso no ocurre, tener una retribución, me refiero-. Y si el medio tiene CAPACIDAD DECISORIA, independientemente de la concentración de propiedad que este esgrima, no ya para que publiques lo que quieras, sino para que te vayas a la calle aunque hagas tu trabajo acorde a las directrices dadas, cumplas tu horario y etc., incluso sin denunciarles a la inspección de trabajo aunque sabes que deberías hacerlo pero tienes MIEDO a perder tu sustento, si decide -y esto es crucial-, no ya cuanto cobras, sino el mero hecho de si cobras o no; ya no estás en un ámbito de libertad (esos enteraos que afeaban a los empleados de Canal Nou cuando cerró echándoles en cara que si sabían que había manipulación que se hubieran ido del trabajo; y que en caso de haberse ido hubieran dicho que a quién se le ocurre dejar un empleo en los tiempos que corren, porque esos enteraos siempre ganan). La concentración da igual: puede ser del 90, del 15 o de uno a uno (un empleador para un empleado). El problema es estructural, no hay teclas que tocar: los cimientos ya están mal: el problema es la mera existencia de asalariados y empleadores: porque unos deciden, y los otros, como mucho, pueden elegir. Y me imagino al encargao de la SER diciéndole a Jesús Gallego, amargado porque sus redactores van a tener que cargar con el trabajo de los becarios que “OYE, GALLEGO, QUE PUEDES ELEGIR, QUE O LOS DE PLANTILLA O LOS BECARIOS”. Y en aras de salvaguardar su empleo decir que bueno, que vale. Y a Jesús Gallego no verlo así porque “curro en lo que me gusta”. Pero en frío, sí, tú también, Jesús Gallego: eliges, pero no decides un cagao. Y si mañana le piden que dé palmas con las orejas, darlas, porque hay seis millones de parados y un empleo no se puede dejar así como así, claro. Da igual el contenido, da igual si te tratan mal. ¿Te pegan? Peor es el INEM: está tipificado como EMPLEO y dejarlo en los tiempos que corren es UNA ABERRACIÓN. Y así es como operan: no ofrecen nada, no ofrecen ya ni dinero. Todo lo que pueden decir es un “podría ser peor”. No, no vas al fondo: el problema no es la concentración o no, sino que uno tiene poder decisorio y otro renuncia a él para comer. Es trampa.

Con lo que quiero concluir, cosa que trato de transmitir a mi familia con poco éxito, es con que es la estructura misma del trabajo asalariado la que constituye un problema social. Decir otra cosa sería como, por ejemplo, tratar de aislar los casos de violencia de género de un contexto de machismo (y sí, la violencia laboral -porque vamos a dejarnos ya de chorradas y a considerar el trabajo asalariado como violencia, independientemente de que sus consecuencias como una baja remuneración, baja autoestima o dolor físico, terminen por realizarse o no; porque el caso es que PUEDEN, en origen, realizarse y se fían A LA BUENA FE del empleador sin mecanismos de control: al revés, se les dan incentivos para que tengan las mangas bien sueltas-) o hablar de manzanas podridas cuando es la propia operatividad del sistema la que se lubrica con la corrupción. Esto está minado de falsos dilemas: entre cobrar en nómina o en B, entre temporal y fijo, entre industrias limpias o sucias, empleos con un código claro de Responsabilidad Social Corporativa y otros sin él, multinacional o pyme, autónomo o asalariado, qué majas son las empresas que me dejan aplazar mi maternidad (bueno, igual te están ordeñando, pero EH)… Todo es trampa. No hay escenario bueno. Todo esto es “mi marido me pega lo normal”. Nadie debería consentir que pasara como lógica una respuesta del tipo “en el trabajo ME TRATAN bien”. Porque ese ME deja a las claras quién manda aquí. Y no deberías renunciar a ocho horas para… comer, y a veces ni eso. No, no y no. Y seguimos escribiendo y perdiendo la fuerza por la boca en vez de construir alternativas, pero hay veces que nos agotamos simplemente queriendo hacer ver el problema. Pero algo se recoge, de verdad.

Me daría por satisfecha si cuando salieran los próximos datos mensuales de paro o cuando saliera la EPA, una sola persona conviniera conmigo en que el problema no es el paro, sino que es el trabajo.

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2 respuestas a Cotillard, Pablemos y el trabajo como problema

  1. A sus pies…
    Vi la película el sábado y con tu post puedo decir que “el libro me ha gustado más que la película.
    Tu frase “En una sociedad en la que la determinación de tu grado de autonomía está lamentablemente ligada al dinero, tu libertad viene dada en gran parte por la retribución que recibas de tu trabajo” me ha recordado letra por letra al libro “Por una vuelta al socialismo”, de Cohen.

  2. JL Ojeda dijo:

    Aun con todo, para cambiar esas cosas hay que empezar por el cambio del modelo y del paradigma de poder en nuestro país.

    Solo una cosica que me ha pitado en los oídos… yo se que cada uno se fija en lo que le duele, y le escuecen las heridas abiertas. En mi caso la aseveración que haces de “En una sociedad en la que la determinación de tu grado de autonomía está lamentablemente ligada al dinero, tu libertad viene dada en gran parte por la retribución que recibas de tu trabajo “. El grado de autonomía también tiene que ver con lo que necesitas, o lo que crees necesario, o lo que te hacen creer que es necesario para ser feliz. Empecemos a cambiar los términos de medición por términos de lo que te aporta o no felicidad.

    En el momento mismo en el que el ser humano deja de aplicar su trabajo a obtener los medios de su supervivencia directa, y aliena este trabajo en una fabrica por dinero, o trabajando para alguien por un salario, (podemos hablar del origen en la revolución industrial, o del marxismo, o socialismo,…) pero en ese momento se comienza a formar la bola que junta al crédito (que permite que ese trabajador puede consumir mas de lo que tiene hipotecando su trabajo futuro), la publicidad que le creará nuevas necesidades, y la obsolescencia que hará que estas necesidades se renueven, se pierde el rumbo, se deja de trabajar para vivir, se trabajar para tener dinero, para consumir y se olvida ser feliz.

    Ese creo que es el problema que subyace, que nos hemos olvidado de que el fin ultimo de vivir es ser feliz, y que las necesidades básicas reales son muy distintas a las que hoy en día nos han inculcado.

    Al final creo que es mas lo que nos une que lo que nos separa, así que hay que buscar una alternativa e intentar construirla entre todos.

    No he leído otras entradas tuyas y no entiendo muy bien lo de Pablemos (si es burla o si viene de otra entrada), pero si creo que Podemos puede abrir otro camino que permita afrontar este problema que planteas.

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