La “nueva economía” en una servilleta

servilleta

Subía hace unos días a Twitter @repollo_ esta miniatura de terrorismo laboral  servilleta donde lo de menos es que los miembros de un departamento determinado de dicha empresa se autodenominen “militantes” (en el sentido más soviético del término, además), y lo de más puede que sea todo el resto. Nunca una cosa tan pequeña y desechable nos había dado tantas pistas sobre el mercado del chantaje construido con base en el empleo, apuntalado simultáneamente con la conclusión de que existen valores superiores que obligan a que eso sea así y no pueda ser de otra manera.

Lo que el texto de la servilleta retrata es solo un juego ilusorio en el que el cliente, esgrimiendo una alta conciencia ecológica (porque, ¿quién discutiría el ecologismo a estas alturas? ¿Quién pondría en duda su bondad?) puede de primera mano abroncar al empleado que se excede en el número de servilletas que utiliza al disponer un servicio. La relación parece muy directa, lógica e incluso deseable para engrasar a diario la maquinaria que pone en funcionamiento el mundo en el que vivimos: un jefe, visionario, ecologista, que se hace cargo de una supuesta “nueva realidad empresarial coparticipada” (una especie remix de “el cliente tiene siempre la razón” pero inserto en una visión de los negocios más sofisticada y global), en la que arenga al cliente diciendo que su intervención es necesaria (bueno, lo que dice literalmente es “mírales mal”, es decir, cuando entras en el establecimiento no has solo de consumir, has de educar), para asegurar una sostenibilidad y que, irremediablemente, pasa por afear al trabajador. Porque un valor como la ecología, una servilleta más o una servilleta menos, está por encima de todo. O eso parece. Y además necesitamos tu participación para que esto siga funcionando. Cliente: eres empresa.

¿Qué está mal aquí? Sin entrar a valorar otras cualidades de estos establecimientos como que en ellos no pagamos demasiado precisamente porque les ahorramos muchísimo trabajo aunque sí paguemos lo suficiente como para que las ganancias de sus cúpulas milmultipliquen las de sus empleados; podemos congratularnos de que al menos el tipo de relación que establecen las “instrucciones” de la servilleta deje a las claras que el currela es el último mono, ahorrándonos la habitual dopamina de SOMOS TEAM: al fin y al cabo son dos contra uno, y cliente y empresario parecen situarse en un mismo polo. Me recuerda un poco al emprendimiento, a ese “tú puedes ser uno de los nuestros”, a esa anulación de la lucha de clases cuando trabajador y empleador son la misma persona. Pero sobre todo, este nuevo estilo de management consigue la cuadratura del círculo: disolver esas órdenes que antes daban los jefes de viva voz dentro de una amalgama de responsabilidad social corporativa para que parezca que tales órdenes son cosa del pasado, y que ahora las da “el cliente”, no el jefe, sino el llamado “lado de la demanda” (es un vocabulario que ya utilizan personajes como Juan Roig, el de Mercadona), aderezado con unas gotitas de conciencia social, con enfoques supuestamente “neutrales” y “de sentido común” (TM) sobre cosas que nos afectan a todos, caso del cuidado del planeta. Parece que el jefe desaparece, o que no chilla -porque el del evil eye es el cliente, y si te mira mal, con lo que te quedas es que si te echan a la calle es por “deseo del cliente”-, o que transfiere su responsabilidad a otro montándonos sofismas. No está encima constantemente, dependiendo del tamaño de la empresa a veces no sabemos ni quién es, pero gana más que nunca, y más en una cadena como la que nos ocupa, Pret a Manger, que en su web se jacta de pagar a sus empleados “lo máximo que nos podemos PERMITIR, no lo mínimo a lo QUE ESTAMOS OBLIGADOS”. Descontando que quizá hay que subir un poco los sueldos para poder competir por trabajadores baratos en sitios como Londres (nunca creación de riqueza, siempre administración de miseria), realmente una cosa y otra son exactamente lo mismo.

Si la ecología estuviera por encima de todo, pues Pret a Manger directamente no existiría. Por muy handmade y ecológica y sustainable y tal pascual que parezca la propuesta de esta cadena, al igual que un porcentaje altísimo de los consumos que hacemos de cafés y tentempiés varios a lo largo de nuestra jornada o laboral o de búsqueda de empleo o de tránsito a algún lugar (para ir a comprar más cosas), se basa en la rapidez, la irracionalidad, las prisas y la satisfacción inmediata porque hoy tengo mucha tarea y no puedo ni perder el tiempo ni ponerme a comparar precios. Por supuesto, como el señor este de la manzana que murió por temas magufos, ellos te dirán que satisfacen una necesidad que TIENES pero que tú aún NO LO SABES (solo por este trato que se hace de auténtico gilipollas al consumidor, cuando en realidad lo que tiene es prisa, habría que reconsiderar un poco la vida que llevamos. Si apuramos un poco se parece tanto a ese “tonta, tú dices que no, pero sí que te gusta”. Tú déjame a mí). No, definitivamente estos establecimientos no nos solucionan la vida ni respetan el planeta, así seamos sus clientes o sus trabajadores. De hecho, a veces esa irracionalidad y satisfacciones rápidas, ese correr para todo, ese trabajo basura (pero por lo menos tienes trabajo), acaba muy mal (morir en una siestas entre cuatro trabajos para poder comprarte un coche para poder ir a cuatro trabajos. Las tazas de papel, los cubiertos de plásticos, los millones de envoltorios… Pero cuida cuántas servilletas entregas, cuidado).

¿Y por qué seguimos con esto y no nos suena la campanita de alerta en el cerebro a la primera? Tragamos porque en el mundo flexible podemos ejercer durante un mismo día las tres categorías, quizá no siempre en la esfera laboral, pero sí en otras. Puedes ser ese empleado puteado al que un cliente mira mal porque le ha dado seis servilletas en vez de tres pero llegar a tu casa y exigirle a tu mujer que te haga la cena, o salir del establecimiento en el que trabajas y convertirte en cliente de otro: el control, como comentaba antes, lo ejercemos entre puteados, por mucho que ambas personas que se encuentran delante y detrás del mostrador sean en los dos casos empleado y cliente en algún momento del día. El equilibrio de la situación se mantiene (entre otras muchas cosas entre las que destacaría el miedo, claro), porque igual que en ciertos momentos apenas podemos ser sujetos de decisión, sí que podemos “compensarlo” esgrimiendo ventajas en otro instante (es esta situación ventajosa la que el reformismo llama “meritocracia”, una entelequia que hace que Benjamín Serra crea que ha firmado una especie de papel por el que por lo visto está totalmente incapacitado para limpiar váteres). Solo cuando percibimos que la situación de desventaja es global (clase+género+sexo+raza, u otro tipo de combinaciones), empieza a moverse algo. Digan lo que digan las servilletas o la RSC y por muy sutiles (“es que claro, imagínate que todos empezáramos a repartir las servilletas a puñaos”… Cuando es el que tiene poder ejecutivo y decisorio el que hace otra clase de cosas a puñaos que no son precisamente desperdiciar servilletas se le llama “incentivos” para captar a “los mejores”), que parezcan los mecanismos de contención. Nos equivocamos de objetivo. La luna, las servilletas y el dedo.

Y así, con ese control entre puteados en el que quienes deciden de verdad parecen casi el espíritu santo, ocurren cosas como eso que me gusta llamar “la paradoja de Amancio Ortega” (que ya ocurre en Walmart y McDonald’s -leedlo please-), en la que de facto somos todos los que sufragamos sus bajos salarios, y que consiste en ser considerado un prohombre que dona millones a Cáritas, cuando ese dinero debería formar parte de los sueldos de sus trabajadores, a los que dada la “redistribución” que esta clase de señores hacen, no les queda otra que tirar de seguros estatales cuando no de caridad eclesiástica . “No pago sueldos porque me sale más a cuenta la caridad, que encima me desgrava” es la cara B de “para qué voy a estar encima de los curritos si ya puedo utilizar la exigencia del cliente como arma para poner y quitar personal lavándome yo las manos”. Y esas consideraciones éticas… handmade, biodegradable, tuputamadre… La ética para los demás, por supuesto, jamás aplicada a uno, porque se lo pueden permitir. Porque les dejamos. Si alguien está en disposición de pedir a los demás sin que se le pida nada es exactamente ahí donde hay que golpear. Si la empresa considera ciertas cosas su “misión” es porque la clave está en otro sitio: en que desaparezcan.

 

 

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2 respuestas a La “nueva economía” en una servilleta

  1. Antonio dijo:

    Hola. ¿Te importa traducir lo que pone?
    Gracias.

    • Gurrupurru dijo:

      Más o menos sería: «Esta servilleta es 100% reciclable (el departamento de sostenibilidad de Pret es militante, estamos haciendo progresos). Si el personal de Pret te ha dado montones de servilletas (que no necesitas o quieres) por favor ponles mala cara. No queremos desechos.» Pero en inglés me da la sensación de que se usa un lenguaje más infantil aún.

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