880.000 héroes sin capa entre nosotros: un recorrido histórico por el absentismo laboral

Es desconocida para nuestras autoridades médicas, aunque nuestros hacendados y capataces conocen bien su síntoma diagnóstico, el absentismo del trabajo […]. Para observar esta enfermedad, que hasta hoy en día no ha sido clasificada en la larga lista de males a los que está sometido el hombre, se hace necesario un nuevo término que la describa. En la mayoría de los casos, la causa que induce al negro a evadirse del servicio es tanto una enfermedad de la mente como otras especies de alienación mental, y mucho más curable por regla general. Con las ventajas de un consejo médico adecuado, si se sigue estrictamente, este comportamiento problemático de escaparse que presentan muchos negros puede prevenirse por completo, aunque los esclavos se hallen en las fronteras de un estado libre, a un tiro de piedra de los abolicionistas…

Este párrafo corresponde a un maravilloso PÉIPER (Diseases and Peculiarities of the Negro Race) publicado en un JOURNAL DE PRESTIGIO (The New Orleans Medical and Surgical Journal 1851: 691–715) por el psicólogo (cuidado con ellos) estadounidense Samuel A. Cartwright, que en el siglo XIX se sacó de la manga una enfermedad mental llamada drapetomanía, descrita como unas injustificadas ansias de libertad y tendencia a darse a la fuga de ciertos esclavos negros.

Quien lea asiduamente DeC sabe que uno de los dogmas con los que se trabajan en esta casa es que el “mercado de trabajo” ™ ha podido variar en: la deslocalización industrial, lo que le corresponde a cada país producir, la envergadura de ese mercado, los tipos de contratación, la formación requerida, el grado de redistribución de la riqueza (por parte además de quien no la crea, pero que simplemente reparte) que procura, la automatización y cualquier otra cosa que se te ocurra; pero como demuestra el párrafo anterior, las bases “antropológicas” del tema currar no se han modificado demasiado: vas cambiando los envoltorios y suele ser suficiente. Y con los envoltorios también me refiero a las disposiciones legales en las que encajas dichas labores. Veamos otro párrafo del chavea –el párrafo de remedios para curar la drapetomanía-:

Si son tratados con amabilidad, bien alimentados y vestidos, con suficiente leña para mantener ardiendo toda la noche un pequeño fuego -separados por familias, cada familia teniendo su propia casa -no permitiéndoles correr de noche para visitar a sus vecinos, recibir visitas o beber licores embriagantes, sin hacerlos trabajar en exceso ni exponerlos demasiado a la intemperie, ellos son fácilmente controlados-más que otros pueblos en el mundo. Si cualquiera o varios de ellos, en cualquier momento, están inclinados a levantar sus cabezas al mismo nivel que su dueño, o capataz, la humanidad y su propio bien precisan que sean castigados hasta que caigan en el estado de sumisión que les fue destinado ocupar -y a “pelear por tus derechos”, makina (esto es mío)-. Ellos solamente deben ser mantenidos en ese estado, y tratados como niños para prevenir y curarlos de la fuga.

Oh, vaya, las primeras líneas parecen incluso un protoestado del Bienestar, como cuando Franco “hizo la Seguridad Social” ™ y casas en antiguos barrios chabolistas, no porque creyera mucho en los derechos de nadie, sino para comprar paz social y, de paso, animar un poquillo al sector inmobiliario: la misma razón por la que te sacas de la manga unos Juegos Olímpicos, para asear un poco la cosa. Vamos, lo de siempre: tú crees que te dan “derechos” y “dignidad” y ellos simplemente reconvierten las formas de usar el palo y la zanahoria. Porque siguen teniendo el palo y la zanahoria, que es LA MOBIDA. Y lo peor es que nadie tiene demasiada intención de quitárselos.

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Oficina joven, dinámica y con ambiente internacional. ¿Tú que harías? Yo me ausentaría

Pero vayamos un poquito más atrás todavía. Marco Sidonio Falco (un personaje creado por por el profesor de Estudios Clásicos Jerry Toner, como modo de traernos a la actualidad el romano medio) nos enseña en la obra Cómo manejar a tus esclavos (aquí un señor que trabaja en temas de liderazgo diciendo lo útil que es el libro) que también en esta época se manejaba el palo y la zanahoria. Igual que en el XIX estadounidense, igual que ahora. Pueden cambiar la sociedad y el envoltorio, o el lenguaje. Pero un manual actual de RRHH, con un léxico quizá más acaramelado, no dice algo muy distinto de esto:

El palo:

En el campo, los esclavos te dirán que han sembrado más semillas de las que en realidad han utilizado. Te robarán las reservas del granero para suplementar sus raciones; amañarán los libros de cuentas para demostrarte que la cosecha no ha sido tan abundante como te imaginabas y venderán el exceso en el mercado del pueblo. O se tomarán su tiempo para hacer cualquier cosa, irán tan tranquilos que el trabajo que debería llevarse a cabo en un par de horas se prolongará el día entero. Y cuando tú te quejes, te jurarán por todos los dioses que era un trabajo mucho más complicado de lo que te imaginabas y que han hecho todo lo que han podido. Y si no te andas con cuidado, te creerás sus mentiras y, sin que te des ni cuenta, todas las tareas de la granja consumirán el doble de tiempo de lo que debían consumir. Los esclavos funcionan así. Fuerzan constantemente los límites para ver si se pueden salir con la suya.

Y la zanahoria:

Creo que tratar a los esclavos con cierta generosidad de espíritu es beneficioso. Muéstrate siempre educado con ellos si te trabajan bien. Evidentemente, nunca les permitas insolencias ni les concedas rienda suelta para expresar su libre opinión. Pero cuando ocupen puestos de autoridad, trátalos con respeto. Como ya te he mencionado, yo los consulto, solicito su opinión e incluso su consejo en asuntos que puedan conocer mejor que yo. Los esclavos responden bien si se los trata de esta manera y desempeñan su trabajo con mayor entusiasmo. Aplico incluso esta estrategia a aquellos que han recibido el castigo de pasar una temporada atados con cadenas en el calabozo. Los visito y verifico que estén encadenados, pero también les pregunto si consideran que han sido tratados de forma injusta.

Y ahora, al revés, un flashforward para volver a la historia relativamente reciente. En Los obreros contra el trabajo, una obra de Michael Seidman que dirime las diferencias entre la actividad obrera en Francia y España en el período 1936-1939, hace hincapié en cómo abordaban hombres y mujeres el boicot al trabajo en el caso español: mientras se mostraban más reacias a las huelgas por la necesidad de ingresos, lo que hacían las mujeres era boicotear la producción desde el interior empezando por identificarse cero con lo que hacían:

Algunos de sus métodos, como el absentismo y la disminución del rendimiento, eran semejantes a las de sus colegas masculinos. Otros, como el cotilleo y las reivindicaciones de baja biológicamente determinadas, constituían formas propias y particulares de lucha. Las mujeres se identificaban menos con su lugar de trabajo debido al carácter temporal y no cualificado de sus empleos, a unos salarios más bajos y a sus responsabilidades familiares. Su relativo rechazo de la participación organizativa e ideológica (tradicionales varas de medir de la conflictividad), no significa en modo alguno que fuesen menos conscientes que los varones. Si se considera como vara de medir de la conciencia de clase la huida del lugar de trabajo en lugar de la militancia partidista o sindical, entonces la exigua identificación de muchas mujeres con su papel de productoras podría llevarnos a la conclusión de que las mujeres formaron parte de la auténtica vanguardia y representaron la verdadera conciencia de la clase trabajadora.

Pero vengámonos al día de hoy. Como muchos fieles de este observatorio punki del (des)empleo sabréis, el pasado lunes El Mundo estimó, currela arriba, currela abajo con una infografía muy cuidada #datos, que 880.000 héroes de la clase obrera no van a trabajar ni un día al año. Nos da mucha pena que la perspectiva de contestación izquierdista a este tipo de titulares sea siempre la misma: intentar hacer ver que no somos unos putos vagos, que nos echamos el país a la espalda, que “esto lo arreglamos entre todos” (os acordáis), etc. qué más quieren las patronales que que les hagamos ver que tenemos ganas de trabajar. Pues no: el que esté enfermo que se coja la baja, y el que esté harto, que se coja la baja también. En la Fiat de Nanni Ballestrini, cogerse la baja era un agregado de acciones individuales que terminaba en acción colectiva.

Hay una parte muy tierna en la información gráfica de la propia pieza, cuando dice “(Del) 17,49% de los trabajadores que cogen alguna baja por contingencia común a lo largo del año, (el) 5,59% reincide con más procesos anuales, ACAPARANDO el 15,79% de las bajas”. A ver. ACAPARANDO. No es ni la quinta parte del total. Se acapara un 70 o un 80%, un 15,59% COMO MUCHO “supone” o algo así.

Los 880.000 drapetomaníacos del Estado español tienen también su Cartwright, que son precisamente la fuente del pestiño este de El Mundo: LAS MUTUAS. Mientras se infiltran en la 100CIA subvencionando estudios sobre absentismo laboral (que luego sirven para dar titulares de prensa), como bien explican los amigos de CGT Bizkaia en su Guía de Defensa frente a las Mutuas, básicamente asumen una transferencia de rentas por parte del sector público hacia el sector privado (lo que hace que el primero -su sistema de salud- asuma sobrecostes, y no pequeños, derivados de que las segundas determinen que son enfermedades comunes cosas que en realidad son enfermedad laboral. Hasta un 70% de las enfermedades laborales son tipificadas como contingencias comunes). Ya hablamos también en su día de la muerte como signo de recuperación económica (se muere más gente de camino a currar, la economía tira, yujú), o de qué demonios estamos pidiendo cuando decimos que una empresa no se vaya de Euskadi y estamos dispuestos a meter las horas que haga falta para que no lo haga, sabiendo que esa empresa es foco de muertes en el territorio; y no solo de muertes directas de los empleados. Es noticia de esta semana también que solo la mitad de personas que litigan para que se les reconozca la asbestosis como enfermedad laboral sobrevive al fallo.

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Así que dado que el trabajo de las mutuas es más bien decir que gente que está enferma en realidad no lo está, o al menos que no lo está por causa laboral;  no es que tengamos 880.000 héroes sin capa no yendo a currar ni un día al año, es que deberíamos tener muchos más. Y, en todo caso hagamos un par de operaciones más. ¿A cuántos “empleados ausentados” equivaldría lo siguiente?

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Y luego, esto otro, ¿cómo nos lo cobramos? Porque no vamos a quedarnos de brazos cruzados…

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Lo de siempre: no es que sea injusto, es que es irracional. No es solo que los 880.000 héroes sin capa no son unos jetas (o algunos sí, y brindamos por ello); sino que la que fuerza los límites siempre es la empresa, porque su figura legal está exactamente pensada para ello. La narrativa patronal sobre las bajas es exactamente la misma a lo largo de la historia, la que vemos en entes ‘científicos’ como las mutuas pero desplegada por psicólogos o por las clases altas, como en los textos arriba indicados: si ahora hay más absentismo es porque estos cabrones están más confiados en el puesto de trabajo, así que hay que jugar con que no estén muy cómodos, pero tampoco hacer que estén desesperados y se te rebelen. No estás allí para ‘desplegar tus habilidades’: estás allí para que ellos ganen dinero. Te necesitan ellos a ti más que a la inversa.

Pues parece que sí, que la patronal  -y sus entes @cienteficos asociados- entienden muy bien que la nuestra es una relación de tensión, no de colaboración (ni debería serlo) mientras en toda la formación laboral se nos enseña que “les tenemos que gustar”. A mí se me caía el alma cuando se dice que ‘el astillero x es productivo’ y lo dicen los trabajadores, asumiendo un relato patronal porque en 30 años no hemos dibujado nada para salir de ese callejón. Ya sé que el absentismo no es ninguna muestra de organización, pero sí que es un síntoma. Si Marco Sidonio Falco tenía claro que los esclavos forzaban los límites -y hacían bien-, ¿qué impide que los forcemos nosotros sin ningún tipo de apuro? Además, ¿y si el agregado de ausencias, dan igual las razones, nos es útil al fin y al cabo? ¿Qué hacer para que lo sea? No vivimos en una época en la que la presión sindical pase por su mejor momento, así que plantear este tipo de iniciativas se esté o no enfermo (recordemos, lo que dictamine la mutua da lo mismo) es absolutamente loable. Volviendo al tema muertes y enfermedades, antes de que venga el típico gracioso a decirnos que Marijose de RRHH que se va a las 10.30 a tomar un café y no vuelve a las 11.30 -quédate hasta las 12, Marijose- con una bolsa de Zara y que qué jeta, que cómo puede compararse esto con un señor que se cae del andamio si le pasa algo, recordamos que como buen país de sector terciario, van repuntando el número de muertes por infarto -y eso los infartos que se consideran accidente laboral, porque ahí están las mutuas para deslaboralizarlos, claro- para bajar la tradicional “muerte gloriosa, digna, heróica” del gas grisú y el tajo monumental con una máquina. El sol y playa, amigas.

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Y bueno, que el absentismo laboral también sirve para otra cosa muy sencilla: mantenernos con vida. 509 también es el número de asesinados en USA por la Policía en la primera mitad de 2016 (un país con 300 millones de habitantes). Vamos, que es una causa que da para hacer un telemaratón.

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Es que es lo que faltaba: que aparte de que haya que ir a trabajar haya que hacerlo de buena gana o al menos demostrar que así es. El lenguaje de la mutua resultará a nuestros nietos tan extravagante y pernicioso como nos resulta ahora el de Cartwright con respecto a la drapetomanía de los negros. Básicamente porque el mercado laboral ha fracasado y, si no asumimos su lenguaje, estamos condenados a ganar.

Bonus: Post sobre absentismo desde un punto de vista médico (y como subyace la centralidad -vamos, el chantaje- del trabajo para el acceso a prestaciones sanitarias).

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¿Y si Daniel Blake hubiera votado a Donald Trump?

(No leáis si la vais a ver)

No tenemos término medio: nos pasamos décadas sin que salga un carnicero en una película y de repente el mundo del curro pasa a ser importantísmo en las artes -que no en otros lugares, ya lo comentaremos después-. De este torrente de preocupación por qué pasa en el trabajo -más bien qué pasa cuando estás fuera de él- nace la última película de Ken Loach: Yo, Daniel Blake. La cinta en cuestión da cuenta de los mecanismos predatorios de los que tanto nos gusta hablar en esta casa y de la penalización por ser pobre en general, que es particularmente alta en países como Gran Bretaña o Alemania. Esto ya lo sabíamos. Lo que hace Ken Loach en esta película es hacer cierta -en mi opinión siempre- pornografía del tema, tratar de vislumbrar qué pasa si seguimos bajando esa calle de buscar algo que no existe e ir poniendo todas las barreras posibles para que se den vueltas en círculos en un mundo -el del trabajo- en el que mucho de lo que ocurre en los países del norte en estos últimos años lo hace porque su función principal ya no es la de proveer productos o servicios, sino la de actuar como auténtico categorizador y ordenador social mediante la colaboración público-privada. Si no hay límite aparecen, claro, el hambre, la enfermedad o la muerte. No hay más historia. El problema es que si el análisis es solo ese (dónde poner el límite y qué pasa si ese límite se traspasa), nos olvidamos de una pregunta más importante (quiénes tienen la potestad de determinar los caminos a transitar y, con ellos, los límites, y qué es eso que hay que limitar). Alguien de la PAH hacía referencia a esto mismo cuando los medios de comunicación se preocupan -guadianamente, como hacen con todo- por los desahucios. Hasta que llega el lanzamiento hay decenas de escollos en el proceso que casi nadie conoce y que unos pocos determinan. Y lo que el potencial desahuciado tiene que hacer es cumplir con lo que le pidan en cada escollo, sin que prácticamente nadie se pregunte qué pasa en toda la parte intermedia, hasta que llega la parte espectacular -y digo espectacular con toda la intención-: la de los coches de policía rodeando tu casa y los críos llorando. Aquí ocurre un poco lo mismo, vemos intermedios pero lo que nos impactan son los desenlaces. Mal.

Mientras la película trata de criticar que las prestaciones sociales británicas hayan virado del derecho al merecimiento, a la demostración de que se están dando tantas vueltas como la funcionaria tras la mesa te exija –y luego me lo cuentas todo por escrito-; incurre precisamente en otro error orientado a lo “meritocrático” pero en vez de en un apartado instrumental -vamos, hacer todos los papelitos y los cursos y presentarse en el día y en la hora tal en cualquier sitio-, en un apartado moral: Daniel Blake se merece las ayudas porque es una bellísima persona: le recoge los paquetes de Amazon a los vecinos, le hace una estantería a Katie -la otra protagonista, que tiene dos hijos; y con la que forma una especie de microcomunidad de apoyo mutuo- (o sea que sí, que aunque no sea capturado por una empresa, Daniel Blake trabaja, lo que muestra la propia irracionalidad de que sean estas -las empresas- quienes determinan, junto al Estado, quiénes son los ‘trabajadores’), renuncia al alcohol para no agravar sus problemas coronarios, cuidó a su mujer hasta el último día y la quiso mucho, etc. El único momento de “no subalternidad” y de no parecer un santo en vida que muestra Daniel Blake es cuando, tras hacer reparto de currículums –obligado el paseíto por el Jobcentre- en distintas carpinterías, finalmente le llaman de una para trabajar, pero antepone su salud ya que su médico le ha dicho que no puede hacerlo: es el único instante en el que no hace lo que como buenísima persona trabajadora se presupone que debe hacer.

Pero entonces se plantea otro interrogante. Supongamos lo contrario, que Daniel Blake es una persona más bien vaga, que encima que tiene un problema coronario va el tío y un día decide que sí, que se va de pintas con sus amigos. Que no era tan bueno con su mujer. Por ponerle nombres y apellidos a ese “no ser tan buenos”, supongamos que Daniel Blake fuera el Liam Gallagher pre-Oasis cuya vida, como narra el documental Supersonic, consistía en cobrar el paro los viernes y gastárselo en porros. De hecho, como señala David Graeber, los benefits tuvieron un papel crucial en el desarrollo de grupos musicales en los 70 británicos por lo que suponen de dinero por no hacer nada, que cuando tienes eso sale tu mejor versión (y aunque no salga). Jobs no hacía cosas en el garaje o donde fuera después de tirarse ocho horas poniendo cafés. Pero volvamos a “la bondad”. ¿Qué pasaría si Daniel Blake hubiera votado a Trump, si soñara con un retorno industrial a pesar de estar muriendo de silicosis, si fuera de los malos

¿Acaso el problema que retrata la película, y dado que es importantísima la bondad del parado y el hacer todo lo posible para salir de su situación, sería distinto? ¿Es correcto -o es un poco hastiante ya- que manifestemos todo esto en meros términos, como aquí se hace, de humanidad o inhumanidad; en el mismo ámbito -el del trabajo- en el que todo lo que se puede conseguir es que la explotación pase por digna y encima tengamos que aplaudir a un tío porque dice que no se puede pagar a las camareras de hotel dos euros por habitación -que sabemos además que no lo dice por una cuestión humanitaria sino por imagen de la cadena-? ¡Venga ya, hombre! ¿Dejaría de ser el papel de la administración cruel si las personas que tienen que rendir cuentas constantemente ante ellas no fueran suficientemente virtuosas? ¿Deberíamos hablar de las administraciones en meros términos de crueldad? Siempre hemos defendido en DeC que aquí nos preocupa más de todo esto la irracionalidad que la injusticia, porque la injusticia genera escenas plañidera que a los opresores les refuerzan en su poder. Por eso es mucho mejor -siendo plenamente consciente de que siglos de centralidad del trabajo operan de manera que es muy difícil imaginar otras maneras de vivir, hasta el punto de llamar victorias a cosas que son pactos– no pedir trabajo que pedir trabajo digno.

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Así que no, no tenemos termino medio. Si en 2013 todo lo que había que decir sobre la clase trabajadora, bebiendo del archiconocido Chavs, era que se la ridiculizaba culturalmente, con malos ejemplos además (Core de Gandía Shore es hija de un prestigioso médico; la familia de Ylenia Padilla tiene negocios inmobiliarios), ahora en 2016 nos vamos al otro extremo: somos, desde un punto de vista cristiano, inmaculados, y por eso toda esta historia es cruel, personas dignas de lástima. Observar con más aumento en la lupa al que padece que al que inflige. Más preocupante es que este tipo de enunciaciones vengan de directores que se suponen de parte. Se quejaba Arantxa Tirado en la presentación de La clase obrera no va al paraíso de que a los jóvenes les llamaban ni-nis cuando la realidad es que “ni les dejan estudiar, ni les dejan trabajar”. Pues yo reivindico al ni-ni, y que me lo llamen todo lo que quieran. Hay una obsesión enfermiza con la representación cuando en la frase de Tirado la parte central es que una gente “deja o no deja hacer cosas” a otra gente, y sin embargo no existe la discusión sobre no ya lo que nos dejen hacer, sino sobre cómo impedir que sean estos los que determinen qué se puede o no se puede hacer, y perdón por el trabalenguas. NO QUIERO SER IGUAL QUE LOS HIJOS DE MI JEFE. PUNTO.

Por estas mismas razones en la película también hay un solo conato de rebelión controlada, que es cuando Daniel Blake hace una pintada en la fachada de la oficina de empleo pidiendo que se resuelva su expediente antes de morir y mucha gente le jalea y le dice que qué par de huevos tiene, que ya está bien. Y ya está. Un héroe cinco minutillos y lo mismo sales en la tele y todo, enhorabuena. La rabia de un señor bueno que ya no puede más concentrada en un par de minutos y convertida en espectáculo que permite cierto desahogo personal y la creencia de cierta implicación con el tema porque mientras lo ves puedes soltar un ¡qué vergüenza! -porque ahora todo va de eso de personificar, de esta señora que se muere porque le cortaron la luz; de este que se quema a lo bonzo, y uno más uno más uno más uno para que al final no pase nada-, reacción airada del público general, aplausos y cierre. Y uno de estos todos los días con tus cinco minutos de cagarse en sus muertos y a las nueve a fichar. Volviendo a la peli, después del momento de la pintada, va todo rodado: lo detienen, lo sueltan, tiene una especie de vista para resolver su caso pero ni llega a ella: le da un infarto en el baño y al hoyo. Y luego, ya en el colmo de la aberración de seguir siendo suplicantes, la llorosa Katie lee en el funeral el alegato que iba a leer él en el juicio en el que dice que “ha pagado todas sus deudas” (y si no las hubiera pagado, qué) y que quiere ser tratado como “un ciudadano”. Pues no, dejemos de ser ciudadanos, por favor.

Epílogo: las “artes” como refugio (o sustituto)

Al final termino por reflexionar sobre algo que me preocupa desde hace tiempo (y de lo que creo que este blog forma parte también): las palabras, las artes, mi corto, esta obra teatral, este medio de comunicación como refugio ante todo esto, más que como inicio o reversión de nada, o victoria, que parece que da miedo la palabra. Como final de la calle y como culo de saco, yo he hecho mi obra y ya he hecho mi parte y te emerjo aquí todita esta mierda oculta. La precariedad la condena IU en un “festival”, como síntoma de incapacidad. Se suele pensar que las cosas se nombran y una vez nos hacemos una composición de lugar, aflora la acción y la posibilidad de ganar, de revertir situaciones. He dejado hace tiempo de pensar que esto es así. Otro libro más, otra peli más, otro documental más, otro NUEVO MEDIO más que añade casos n=1 como gotas -a veces aportando cierto contexto, sí-, como si se tratara de añadir un número significativo de testimonios para determinar que sí, que menuda puta mierda es todo lo del trabajo, que mira el Salvados de Mercadona, madremíaMariCarmen. Han encontrado el talón de Aquiles de la disidencia, y es que la disidencia piensa que con aflorar situaciones aberrantes está todo medio hecho, como si no supiéramos que ellos saben que sabemos que tanto los casos extremos como los intermedios están lo suficientemente engranados en la cadena como para que sea imposible que un mero retrato rompa esa cadena, ni siquiera una añadidura de un montón de retratos. Un retrato fidedigno, moderado o extremo, da igual. Está claro que el incremento de la representación de los oprimidos no ha hecho mella en la capacidad ni en el poder de los opresores, sino que lo han encajado divinamente. Juan Roig prefirió ponerse una vez rojo que ciento verde porque todo está lo suficientemente engrasado para que parezca que pasa algo importante pero en realidad no pase nada.

 

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Si prohibimos las puertas giratorias, ¿vamos a prohibir también las becas de La Caixa?

Vuelvo del verano y de unos días de duelo por el enlace de Alberto Garzón para hablaros de puertas giratorias. No, no estamos en 2012 (creo) ni yo acudiré el próximo fin de semana a Qué Tiempo Tan Feliz a cantar canciones de Karina (ojalá). Las puertas giratorias están dentro de ese puñado de cosas que, desde más o menos 2011 consideramos que están MU MALAMENTE junto con los desahucios, la currución (la puerta giratoria sería una subsección de la misma, aunque en medios se suele definir como currución el tema de meter la mano en la caja y darles algo a los coleguitas, siempre que ese movimiento no esté tipificado dentro de la legalidad vigente porque ya me diréis qué es un plan de empleo municipal sino sacar algo de pastuki para colocar a gente en paro y comprar su voluntad) y, desde que Albert Rivera llegó a nuestras vidas, que un presidente esté en el cargo más de ocho años *contiene fuertemente la risa*.

El peligro potencial de la puerta giratoria es que el tío o la tía que puede favorecer a una empresa determinada en el momento en el que curra en el sector público tenga luego como premio un carguito bastante bien remunerado en el sector privado, produciéndose un supuesto conflicto de interés. Lo jodido es eso: que no hay modo de prevenirlo y que te das cuenta cuando el exministro en cuestión ya ha hecho el transfer, como cuando Figo se piró al Madrid. No, si “les pagaran mejor en lo público” tampoco iban a dejar de hacer eso, porque además la formulación completa de la frase suele ser que “si les pagaran mejor en lo público *atención mofa* todo ese talento no se iría a la empresa privada”. Esto es mucho suponer, primero porque si la empresa privada tuviera algún talento real no estaría todo el día pidiendo ayuditas que si el PIVE que si tal, y porque los giratorios estos no son gente con talento, simplemente peña que estuvo situada en un plano en el que podía tomar una serie de decisiones. Con respecto al enunciante de esta maravilla de sentencia, que suele ser, de promedio, un gilipollas que lleva años dando vueltas para tratar de anidar en alguna administración o partido político, o saltando entre varios (y además son tan tontos que estamos todos viéndolo por Twitter), tampoco tienen talento alguno excepto, precisamente, hacer la pelota en Twitter, aunque diciendo estas frases de mierda se piensan que performan y ellos serán un día esos talentos requeridos por las grandes empresas. Que Marcos Benavent, el reconvertido yogui del caso Imelsa se convirtiera en un yonqui del dinero no tiene que ver con un quítame allá estos cien pavos que me hacen falta para la pagar la luz que con este sueldo de mierda que tengo porque estoy en lo público no llego, sino con querer vivir bien y tener un buen remanente ahí para comprar voluntades del personal. Por eso desde DeC llevamos años librando una batalla para que nos fijemos menos en cuál es el mínimo que una persona necesita para vivir y más en cuál es el máximo que estamos dispuestos a tolerar que una persona atesore. En Brasil no se ha hecho este ejercicio y está la cosa como está.

¿A dónde quiero ir a parar? Como decía, en el caso de la puerta giratoria, hasta que no se consuma el hecho del fichaje del cargo público no podemos saber qué va a hacer porque esto no es Minority Report. Sin embargo, hay un mecanismo muy habitual que suele pasar desapercibido y sobre el que hay muy poco cuestionamiento (vamos, se llega aquí a aplaudir como parte de la “responsabilidad social” *se hace un poco de pipí*). En vez de esperar al agradecimiento por los servicios prestados en forma de puesto ad hoc, las compañías han encontrado una forma mucho más efectiva de ganarse el favor no del tío que toma las decisiones que les afectan más directamente; sino del público general, comprando la voluntad A PRIORI, y en concreto me refiero a las políticas de becas de las entidades bancarias.

Confesiones sin Carlos Carnicero (chiste para gente ya mayor)

Bueno, la verdad es que hace ya muchos, muchos años, yo fui a una entrevista de estas (porque ya soy una persona mayor aunque mi desenfado y gracejo habituales lo oculten). Como podréis imaginar, no pasé la criba –afortunadamente- porque si no estaría en algún acto de networking, y me estoy comiendo un Maxibon, así que no. Se trata de procesos farragosos en sí mismos, quiero decir, todo el papeleo anterior está destinado a cribar agotando al personal porque, y yo ahora no lo entiendo siendo un poco más mayorcita; hay hostias para entrar (en un sitio que solo da pasta, encima a plazos y en el que no tienes ni paro, ni seguridad social ni nada, que en realidad es lo único importante de un curro). Sin embargo, al no haber técnicamente empleo (insisto, técnicamente, ya sabemos que sí lo hay pero que como en el entorno laboral simplemente las cosas se hacen porque se pueden hacer, y si una persona hace el trabajo de tres es porque al que así lo encarga no le supone ninguna consecuencia y sin embargo muchos beneficios al menos a corto plazo) y estar mal visto lo de no hacer nada; la gente echa el invierno-primavera que si sacándose el título de inglés, que si contactando a profesores de hace chorrocientos años para que le hagan una carta de recomendación (la parte en la que más apuro pasé, sin duda; el franquismo sociológico nuestro de cada día) e inventándose un proyecto de vida absurdo de aquí a diez años fingiendo que controla factores que en ningún caso podrá controlar. En la “carta de motivación” –es que ya te mofas con el nombre-, yo ponía que el voluntariado me parecía bien. Claro: entonces no sabía que el voluntariado se utilizaba para, entre otras cosas, poner la espada de Damocles sobre los parados o para limpiar la imagen de entidades como la propia Caixa. Mandé todo aquello, me llamaron para la entrevista presencial, me dediqué a ver El Programa de Ana Rosa en casa de mi amiga Lorena antes de ir al cásting este, y si tuviera que nombrar algún factor diferencial en mi caso era que sabía exactamente lo que NO quería hacer, así que contesté con mucha seguridad (y soy una persona bastante nerviosa). Me sugerían ir al extranjero o a Madrid o a Barcelona y yo decía que no me interesaba nada de eso, así que al final parecía que en vez de venderme yo como producto (atención marca personal), estaban tratando ellos de venderme las bondades de una educación bajo la tutela de La Caixa a mí.

La función secundaria es, en realidad, la principal

También si se echa un vistazo a las redes, hay una cantidad bastante apabullante de posts sobre qué hay que hacer para pasar el proceso, alguno bastante risas. El becario de La Caixa que se ha pasado el proceso es un poco el Mario Luna de la formación, un seductor científico educativo que da las técnicas de seducción a tribunales a otros pringaos. Me

Los Reyes, junto con el presidente de la Caixa y los becarios

Sofía disimulando perfecto (que va en el cargo) la puta gracia que le hacía ir a los actos con Juanki.

extraña la poca visión de negocio y que todavía no se hayan cascado un libro o unos cursitos presenciales bien cobrados sobre este particular. Vamos, que el banco pone en marcha la maquinaria de la industria del desempleo y el becario premiado es el reproductor de la dinámica, no hay más historia. Ya te han comprado y a partir de ahora va a ser muy difícil actuar en conciencia a no ser que rompas de cuajo con esa red, lo que se va convirtiendo más difícil a medida que pasan los años y vas atesorando experiencia que relacionas indirectamente con el hecho de que eres un “becario de La Caixa”. Desafortunadamente, esa presunta exclusividad es la piedra filosofal de muchos comportamientos sectarios, como ya saltara el caso del CREA de la Universidad de Barcelona, y que no son, en el mundo académico, una excepción sino la regla. Luego ya están los umbrales de tolerancia y cuánto le compensa a uno que le meen en la cara o que se descojonen en su jeta mientras lo marean haciendo informes que nadie lee (habitual en los partidos políticos para ir medrando). Igual no es talento y es solo obediencia, qué locura.

La clave es la enunciación. Si lo que hacen las entidades bancarias –desde cobrar comisiones abusivas, que si los desahucios, estafar ancianos, que si el armamento-, nos parece a priori mal; aquí tienes chaval unos billetes para que, aunque siga pareciéndote mal, te parezca un poco menos mal, e incluso de aquí a unos años, cuando vayas progresando en lo tuyo, todo eso te parezca incluso razonable. Se compra el presente para diseñar el futuro. Al fin y al cabo, a nadie le gusta pensar que recibe un estipendio de un mal sitio. Tan malos no serán si me premian a mí. Bueno, igual siguen siendo malos AUNQUE te premien a ti.

Tampoco es infrecuente que en aras de la ‘igualdad de oportunidades’ (TM) se busque a ciertos perfiles para hacerles la del sueño americano. Ya sabemos lo feíto que es contarles a los críos que gracias a su esfuerzo podrán salir de un entorno horrible (porque así nunca van a estudiar ni a hacer nada por gusto sino como huida, y les quitas lo mejor de lo que puede disfrutar un crío: de perder tiempo, de jugar, de la contemplación; obligándolo a ingresar en una maquinaria competitiva ‘porque tú vales mucho’). Como afirmaba arriba, estos sistemas aparte de tener la pátina de exclusividad, son una forma de trazar trayectoria de antemano. La Caixa ya pone, y perdónenme la expresión, los huevos en una única cesta por ti, jugando al todo o nada -si te sales de este círculo estás profesionalmente muerto-. No vas a hacer nada fuera de ese círculo (quitando igual ir a visitar a los yayos en verano), así que ellos te abren muchas puertas pero te ajustan -pagándote un ninerito- exactamente qué puertas quieren que se abran. Eso es lo que parece secundario (o ellos te venden como secundario), pero que en realidad es lo central: ahí está la inversión, mucho más que en “formación”. A más años metido en ese círculo, más difícil salir después. Puritito camino de servidumbre. Y es eso lo que se busca. Promocionamos a un individuo de un entorno x PRECISAMENTE para no tener que tocar el entorno X, del que saldrán algunos X más en los próximos años, a los cuales podremos dedicarnos a tratar como excepciones. Como los promocionamos nosotros, siempre estarán agradecidos.

Donde Luis y Pablo se encuentran

No quería dejar pasar esta ocasión para enlazar un post maravilloso de ese secundario de lujo de DeC que es Luis Garicano, comentándote lo que tienes que hacer para cursar un doctorado en LOS ESTATES. Hay una cosa muy buena en este señor, y es que sin querer es una persona criminalmente sincera. Si lees con un mínimo detenimiento muchas de las cosas que escribe o declara, queda meridianamente claro cuál es su visión del mundo y no hace ningún tipo de reinterpretación digerible del mundillo en el que se mueve. Por ejemplo, este parrafito me encanta.

garicano

Otra actitud habitual en los conseguidores de las tramas universitarias: narrar la

pablo

De preparao a preparao. ¡Y con Blesa!

explotación laboral como hazaña épica (que evidentemente no es). Saludamos desde aquí al coleguita al que su director de tesis le dijo que le regara las plantas de su casa. Nuestro Luigi se inventa una expresión (frontera del conocimiento), que no tiene otra finalidad que seguir la dinámica en la que entras: ¿que has estado puteado de jovencito? Pues la recompensa cuando te hagas mayor es sacudirte la humillación teniendo tus propios becarios, y para que ellos accedan te tienes que inventar una estructura narrativa, darle apariencia de historia que vale la pena, trascendencia, vamos, lo que han hecho las religiones toda la vida. Y encima tienen que pagar. Pero ya sabemos que queda muy bien decirle a la Tía Puri en nochebuena que estás EN JARVAR. Suena muy así aunque luego el contenido sea mierdoso, sobre todo, en este tipo de centros cuando eres una mujer.

mas cun

A lo cual sólo podemos contestar que:

 

Otro que cayó en esta estafa sin paliativos (y ahora vamos a ver las cifras, que te meas de la puta risa) fue Pablo Iglesias. Los de Periodista Digital dicen que ‘se dio la vida padre’ en Cambridge, pero la cosa es que la cuantía de la beca es irrisoria (algo más de 15.000 pavos para todo un curso académico, que en libras se queda en UNA PUTA BASURA y además ya sabéis que en DeC cualquier cosa por debajo de 2.000 euros por media jornada nos parece escaso, nos parece DE DESNUTRICIÓN), pero es que claro, era QUÉMBRICH amigas. No sé, a mí viene un banco y me dice que me va a dar dinero y ese dinero son solo 15.000 pavos y para eso me quedo currando en calzados Paco y la frontera del conocimiento ya la alcanzo en mi tiempo libre -otro timo de la carrera intelectual es que dejas de tener tiempo libre porque como tu identidad está tan intrínsecamente ligada a tu formación que te apasiona, todo lo que hagas, hasta sacarte un moco, ha de ser aprovechable para ella (jo, tía, pero QUÉMBRICH).

Y he puesto el ejemplo de las becas de La Caixa por ser el más popular, pero cuidadito también con los estados o con las organizaciones supraestatales y su uso de las becas como compra de voluntades por anticipado. Me refiero en concreto a las famosas Fulbright como modo de soft power yanqui/constitución apriorística de élites que no me pongan muchas pegas y me dejen montar aquí una colonia o las célebres becas Erasmus (no, no necesitamos ‘más Europa’ solo porque te hinchaste de follar en un intercambio en Alemania). Y es que ese es, no me canso de repetirlo, el objetivo PRINCIPAL de estas bolsitas económicas -porque la cuantía es ridícula-: que el hecho de vincular ciertas experiencias personales PREDISPONGA para asociarlas con ciertas medidas políticas. Como explica Asier Blas aquí tomando como ejemplo el Youth Program, ahora Erasmus +, existen casos en los que se pone dinero ya no para que haya estudios de por medio, sino para que estos chavales pasen igual una semana de mero intercambio cultural -lo que además en el caso de Ucrania supone que se les embolse, en algunos casos y trabajando para según qué organizaciones, dinero que duplica el salario medio de su país (aprovecho estas líneas para saludar a George Soros también)-. Son modos de atraerte para su proyecto -que claro, no será una cosa TAN MALA si me quieren a mí-: antes de que pienses mal, nosotros ponemos las condiciones para que pienses bien.

Epílogo: desde fuera

Anécdota muy tierna que me gusta mucho: un señor de 53 años les hace un owned a unos charlatanes psicólogos de prestigio sobre una supuesta fórmula matemática  de la felicidad. Evidentemente, no era un becario de La Caixa, y lo tiene muy claro en sus declaraciones:

” If you want to be a whistleblower you have to be prepared to lose your job. I’m able to do what I’m doing here because I’m nobody. I don’t have to keep any academics happy. I don’t have to think about the possible consequences of my actions for people I might admire personally who may have based their work on this and they end up looking silly. There are 160,000 psychologists in America and they’ve got mortgages. I’ve got the necessary degree of total independence”.

En fin, que lo que no puede ser es que lo que ex post se considera malo, ex ante se considere una “apuesta de futuro” y mierdas del palo. Por resumir: que si nos parece preocupante que se compre a la prensa mediante la publicidad institucional o las planas de grandes empresas, no entiendo que se siga contemplando este tipo de mecanismos como una “apuesta educativa”. No: es otra de esas cosas en las que hay que elegir si nadas a favor de obra o no. Eres muy bueno en lo tuyo, maybe, pero sobre todo, eres bueno para ellos. Y cuando se habla de los mejores, nunca se contesta a lo fundamental. Los mejores, ¿para quién?

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No hacer

Hace unos días me encontré con una antigua compañera de clase, Marta. No era de las personas con las que más relación tenía pero así y todo fuimos a tomarnos un café. Había hecho una especie de FP de inclusión social (de hecho muchos años antes ya la había visto como asistente a un congreso, cuando yo curraba de azafata). En un momento dado me comentó lo mucho que le gustaba leer (en el colegio OS PUTO JURO que no era su cosa favorita) y entonces soltó la frase…

Pues mira, yo así una librería con libros de temas que realmente me gustasen ya me montaría.

Y es en ese punto donde mi cabeza hace clic y me pregunto cuándo empezó la idea de que para ser consideradas triunfales, y no solo triunfales sino simplemente aceptables; nuestras actividades tenían que pasar necesariamente el filtro, el proceso y la aceptación de lo mercantil. Isaac Rosa llama a esto, con acierto en su prólogo de Compro Oro “el capitalismo que está dentro de nosotros, el que corre por nuestras venas”. Ese capitalismo imperceptible que ha reconvertido la tradicional casa de empeños de posguerra en algo llamado Wallapop, que ha conseguido verse como una oportunidad además -no sé cómo lo hace esta palabra, que siempre termina apareciendo- después de la travesía de los años de los extranjeros con carteles y panfletos de, precisamente, compro oro. La misma lógica que, mira qué maravilla, hace que tu casa pueda ser usada de manera permanente, y no por una cuestión de justicia social o de reformulación del derecho a la vivienda, no. ¿Que te Sin títulovas tres días a casa de tu madre? Nada de dejarle las llaves a la vecina para que te riegue las plantas: ponla en AirBnb y que te rente, que produzca, que nunca se sabe cuándo va a venir el apretón económico en estos tiempos y mira qué bien que puedes sacar un pico de aquí. Lo más dañino que han hecho -y lo han conseguido, conmigo desde luego lo han conseguido-, es meternos en el coco la idea permanente de que te estás perdiendo algo, de que las cosas no pueden estar quietas tranquilamente en un trastero porque esto equivale prácticamente a tirar dinero a la basura. Nos han metido en el coco, con éxito insisto, la misma lógica de esos magnates de los cuales rajamos, que ponen sus cosas y su dinero a producir, y que insisten en que el dinero no puede dormir. Si nuestros padres consideraban el avance y un signo de tener cierto encaje social esas pequeñas parcelas de propiedad, el pisito, de proletarios a propietarios, nosotros no nos hemos conformado con que todas las horas del día sean potencialmente laborables, qué va. Todas las horas del día son potencialmente terreno de venta de tu puto vestido de comunión. Que igual luego igual se lo tienes que mandar a una señora de Alicante que te llama a las 22.00 horas, negociar con ella una hora entera y escaparte cagando hostias de tu horario laboral, mandarlo en plazo. Y te lo devuelve porque tiene una manchita. Y hacerle el reembolso. No sé, igual por 100 pavos extender toda la cantidad de procedimientos engorrosos hechos deprisa y corriendo realmente no es un sustituto muy bueno tampoco de trabajo, sino una prolongación incesante por cuatro duros. Y no, el cuento de que con ese dinero vas a comprar cosas muy importantes y básicas pues… no, tampoco es un argumento muy sólido. Me comentaba una amiga eso, que a su hermano pequeño le parecía más intuitivo -y es normal en ausencia de empleo y con hostias por curro por horas- tratar de vender sus cosas por Internet que buscarse un trabajo. Vender y comprar cosas también se hacía en posguerra. Pero no es un avance nuestro, es la victoria de ellos, la aceptación tácita de que todo se puede comprar y vender, y no solo porque existan las tiendas 24 horas. Y rentar propiedad no es un modo de ayudar a quien no tiene ingresos, ni de ser colaborativos. No se puede colaborar con un algoritmo, no jodamos. 

Volviendo a Marta, que si Wallapop es el reverso, su idea es el anverso de esta comercialización del todo, me afané mucho en responderle. Tendemos a hablar de la visibilización y la invisibilización de los procesos y de sus resultados, y cuando tenemos enfrente una lógica de empresa -venga de la traducción de un hobby en negocio, por mucho que se diga que “a ver, que yo no quiero forrarme”; o venga de ver realmente “algo que va a petarlo” ej, másters de drones- la reacción inmediata es la colocación de todo ello en el lado de lo visible, incluso de lo excesivamente promocionado. Pero, como suele, se ocultan muchas cosas. Se oculta, y no me voy a detener mucho aquí porque ya he hablado mucho de ella, la passion based self exploitation que en realidad oculta una debt dependency que flipas. Lo pongo en inglés que ya sabéis que si no los de siempre dicen que esto no es serio. Y es que la parte de abrir una librería de un tema que te mole lleva detrás dar vueltas cual captador de ONG para promocionarla, pedir un crédito al banco que te atará a las ventas de la librería de por vida, relacionarte con bastante gente que no soportas, y que muy probablemente hará que tengas que diversificar ese tema que te apasiona y vender muchas otras cosas que te parezcan una puta mierda para aguantar -porque en ese punto ya habrás dejado cualquier traza de apasionamiento o gusto al margen- en una competición que te vendieron que iba a dar sentido a todo pero que en realidad ni te va ni te viene -y de la que mucho usurero vive muy bien-. O que en realidad te va. Te va a dar de hostias hasta el día en que te mueras, sí.

Nos convertimos en rentistas y patrimonialistas de pacotilla, en empresariuchos de medio pelo “pero humildes, que yo esto lo hago porque me gusta” o lo hago -esto es lo mejor de todo “como alternativa al (inserte aquí sector de su elección) tradicional” diciendo que “de algo hay que vivir” y que esto es un extra, como las señoras de Inditex que se llevaban pantalones a casa para cogerles los bajos en los años 70. Me cago en dios, pues para ser “un extra”, todos esos procesos de expectativa de aparición monetaria -como si fueran el Cristo de Medinaceli- ocupan todo el jodido día, eh. Nos escudamos en el escaso control que tenemos sobre las dinámicas para decir que qué quieres que haga. A ver, lo mismo, pero por lo menos reconociendo que es una mierda. Es un conflicto incesante entre lo que hemos hecho, los asideros (las migajas) a las que nos hemos agarrado y, sobre todo, lo que no hemos hecho y dónde no hemos estado. Y el resultado es esto que pasa cuando no estamos. Que terminamos hablando como ellos quieren: de autorregulación en el gasto y de algo hay que vivir. Que es verdad, pero coño, reconoce al menos que no es para estar orgulloso ni es muy defendible; y que tú, aunque parezca un chollo-oportunidad-formadecompletaringresospírricos (gradúe según la modulación en la autofragelación y autoestima del enunciante), no eliges nada.

Lo dije hace más de año y medio aplicado al tema de escribir  (y a por qué está este blog en el mundo): el éxito -en mi opinión siempre- radica más bien en poder sacar de aquellas lógicas atravesadas por la compra y venta -primordialmente el trabajo- todo eso que te gusta. El triunfo que yo llamo ratonera, porque se vende como bonito escaparate a los demás (que desconocen los procesos pero ven los resultados y conocen el discurso del triunfo pero el discurso está precisamente para tapar otro tipo de historias, bastante feas, y como basamento de espirales del silencio de todo pelaje). A estas alturas solo me siento un poco -solo un poco- capaz de hablar de petarlo como sinónimo de pedir pocos permisos y dar pocas explicaciones -esperando el día en que llegue el óptimo, que sería no darlas-.  El triunfo, o la superventa, o la excelencia que tiene como contrapartida perder la poca soberanía que te queda. Lo explican muy bien aquí recurriendo al ejemplo de Amy Winehouse: cuando tú o tu negocio destacáis, cuando “los sueños se hacen realidad” (™), puede terminar ocurriendo lo que le pasó a ella: “Amy ejemplifica, y paga con su vida, un problema típico del capitalismo: el de la imposibilidad práctica de la marcha atrás y de quedarse en un tamaño óptimo”. En ese punto es cuando te has quedado fuera de la posibilidad de ajustar tu elección, cuando la dinámica te come aunque se suponía que eso que todos ven era el objetivo final, el “no se puede pedir más”. Algo parecido les pasó a estos restauradores que, con buen criterio, decidieron devolver su estrella Michelin. Pierdes tu forma de hacer, pensar, tu criterio. Un inspector de la propia guía de los neumáticos lo reconoce: “Es una presión muy fuerte, y uno puede dejar de hacer lo que desea a cambio de pensar en qué es lo que desearía que hiciese la guía Michelin”.

Al final tanto el camino como la meta, tanto la alternativa que no quiere tener éxito, sino solo disfrutar; como lo presuntamente más adaptado a los éxitos anteriores, termina por cumplir sus requisitos. No, no vas a ser una excepción (e.g. “nuevos medios”). El hecho de que adaptemos su forma de estar en el mundo comprando, vendiendo, enseñando, comprándonos, vendiéndonos, visibilizandoyoquéséloqué porque si no parece que no haces nada, que te da

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todo igual. Pero no, igual lo que no queremos es que esa rueda no nos machaque. No queremos estar en el Retabet del trabajo/comercio, por muchos apellidos que se le pongan, por mucha pinta de desafío que se le dé, ni para petarlo másimo ni para buscarnos la vida ni para nada que oscile entre esos dos extremos. No queremos que, como ya dijo Margaret Thatcher, nadie pueda decir que “ya hemos ganado, la oposición es como nosotros”. Quieren eso, que nos compremos, que nos vendamos, que tengamos igualdad de oportunidades para estar en sus rankings, para decir que el pobre fulanito de tal LO HIZO. No quiero ser como vosotros, no quiero seguir vuestros ritos, no quiero que existáis, no quiero que me compréis. No quiero poder venderme bien. No quiero publicar más, por muy a la contra que esté lo que diga; porque publicar mucho ya es ir demasiado a favor. No quiero haceros la competencia. No quiero nada. Decían que el sujeto del rendimiento era más funcional que el de la obediencia, y han conseguido las dos: que seamos superobedientes -creyendo que no lo somos- rindiendo al máximo -. Lo que yo quiero es inventar otra manera de estar en el mundo. Que no pase por que me vean.

Así que le contesté a Marta con la máxima naturalidad que pude, haciéndole ver que no, que no se estaba perdiendo nada -al revés, se iba a ahorrar muchos quebraderos de cabeza y tiempo-, que el sentido no se encuentra contrayendo deuda y esperando, como veo en algunos sitios, a que entre una persona y se lleve algo como sea para justificar haber tenido levantada diez horas la persiana de tu local. Para que no parezca que ha sido un día en balde, aunque lo sean la mayoría.

Pero Marta, tú lo que tienes que hacer es seguir leyendo, no montar ninguna librería.

Y como ejemplo, este post. Que habla de no hacer, pero al final he terminado escribiéndolo. A estas trampas me refiero.

Y bueno, sobre el vestido de comunión… No sé, regaládselo a alguien.

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Post de urgencia: dicen unos ingleses que te echas tres horas de siesta

Y yo digo que ojalá.

Bueno, pues unos señores de un periódico británico que ha dejado de imprimir en papel hace poco y que es muy famoso Robert Fisk por sus reportajes de Oriente Medio y total, mira para decir qué gilipolleces ha quedado esta gente; dicen que Mariano va a “quitar la siesta” para que la jornada laboral baje “dos horas”. Ya comentamos someramente de qué va eso de “salir antes”, pero no me resisto a dar mi visión sobre la perspectiva INTERNASIONÁ. Aydeverdá, que si se piensan que somos unos vagos no me van a dar una beca FULBRÁIT y no podré ser como los yanquis que no paran para comer porque tienen Soylent y/o se comen un sándwich –y decir sándwich es ya asumir que comen bastante más sano de lo que realmente comen; si comen- delantelordenador. Qué maravilla. Antes muerto y desnutrido que que me llamen vago, por favor.

Porque la parte más “divertida” no es la prensa internacional diciendo cuñaladas, son las ventajitas de conocer bastante bien el medio y las condiciones en las que se trabaja y el clickbait y que me dé la puta risa floja con que sin periodismo no hay democracia ni seguro médico privao; la parte más curiosa es la del ESPAÑOL INDIGNAO, endevé, que nos dicen que no trabajamos, que vamos vestidos de toreros y salimos con sombrero mejicano a la calle. Que somos unos vagos. PUES ES LO MEJOR QUE TE PUEDE PASAR. La mejor inversión de futuro en España en la humilde visión de DeC es que, realmente, piensen que eres un vago y se lleven la pasta a otro sitio -si total, ya se la llevan, ¿o no has visto las noticias esta semana?-, porque si no vas a ser una colonia toda tu vida. Y ya tenemos la hipoteca de tener que cargar con los herederos ancestrales de la nación española y sus mierdas, que son las mismas cuatro familias desde hace siglos, así que no necesitamos que venga nadie más a invertir en franquicias de Yogurlado ni a “internacionalizarse” (la semana pasada conocíamos también la otra cara de la internacionalización, la internacionalización pobre). Que sí, que a los esclavos sale mejor importarlos, no es “una oportunidad”. Que lo han dicho hasta en Mariló. Así que no solo no indignación sino APOYO ABSOLUTO desde estas líneas a que se diga que la siesta dura seis horas si hace falta, y nuestro odio más exacerbado a quien quiere presumir de europeo y eficiente, que este país de catetos no me merece; que vamos, está Europa ahora como para presumir. A mí la siesta no me interrumpe el trabajo. El trabajo me interrumpe la siesta, que es distinto.

En fin, que ojalá cuando a un jubilao de estos le dé el soroche en Torrevieja y ya estén metidos en pleno Brexit –DeC vota sí a que no os vayáis a Bristol a hacer el tolái- podamos decir, HOYGA, PERO CÓMO LE ÍBAMOS A ATENDER SI ESTÁBAMOS EN HORARIO DE SIESTA, ¿ACASO NO LEE USTED LOS PERIÓDICOS DE SU PAÍS?

Bonus conciliación bolivariana. En DeC damos nuestros dieses

También esta ecstraña semana conocíamos que Maduro ha dado fiesta los viernes “para ahorrar”. A muerte con este señor. Primeramente, porque si eso es así desaparece la infecta noción de JUERNES de nuestro vocabulario, igual que nadie dice VISÁBADO. Y segundo porque yo personalmente tengo jornada intensiva el viernes y a las 8 de la mañana entrando por la puerta parezco un figurante de The Walking Dead.

Además, que siguiendo la denominable “doctrina Chenche” en la cual la izquierda debe de ser definida por sus fines y no por sus medios –que es una de las razones que dan para instaurar los complementos salariales y nos paguemos los sueldos de nuestros propios impuestos sin que el empresaurio tenga que hacer nada aparte de ir ganando poder así en general; no sé, voy a tener que pensar o que tienen intenciones oscurísimas o que son córtimers del ala-, y sabiendo que hemos tenido una cumbre del clima en París de estas con mucho boato pero que luego nunca pasa nada –y me flipa la candidez de algunos ecologistas con estas cosas, sinceramente- porque EL FIN es de hecho que NO PASE NADA; la medida de Maduro queda como plenamente socioliberal. Ecología, ahorro -que hay que cumplir el déficit- y conciliación familiar all in one, no sé que hace Tinder Sánchez que no está firmando esto ahora mismo. Si los ‘países desarrollaos’ ™ han quedado que esto del cambio climático es importante, y los medios dan igual, ¿a ti que cojones te importa si eso se consigue NO TRABAJANDO o de otra manera? Si lo que importa es el fin, ¿no? Si lo que importa es el fin sin medios, pues toma fin, moreno. ¿O esta mierda solo aplica cuando los motivos –autorregulación aunque nos sobre vs. gestión de la escasez bolivariana, ikastola norcoreana- por los que se hace uso de estos medios para buscar aquellos fines responde a tu narración completa de la historia? Que luego también hay que explicar si la escasez es por producción o distribución. Pero bueno, esto ya es una vieja historia.

venezuela

El redactora de esta pieza, ya con pie y medio en El Español.

PD: He recibido la aterradora cifra de CERO EUROS de Venezuela por escribir esta pieza pero si tenéis algún contacto con la embajada, ruego me lo hagáis llegar. Que mi tiempo vale dinero también.

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